Una planta carnívora es, para la botánica, algo mucho más preciso que «una planta que atrapa bichos». Para entrar en la categoría hace falta cumplir tres condiciones a la vez: atraer a la presa, capturarla con una estructura especializada y digerirla para absorber sus nutrientes. Si falta alguno de los tres pasos, hablamos de otra cosa. Muchas plantas pegajosas atrapan insectos sin comérselos, y a esas se las llama protocarnívoras.

Se conocen alrededor de 800 especies repartidas en una docena de géneros relevantes, y lo más interesante es que la carnivoría no apareció una vez, sino que ha evolucionado de forma independiente al menos media docena de veces en linajes que no tienen nada que ver entre sí. Cuando distintos grupos de plantas resuelven el mismo problema del mismo modo, suele ser porque el problema es muy fuerte. Y aquí el problema tiene nombre: suelos sin nitrógeno ni fósforo.

Por qué existen las plantas carnívoras

Casi todas viven en turberas, arenales encharcados, paredes rezumantes o suelos ácidos permanentemente lavados por el agua. En esos sitios hay luz de sobra y agua de sobra, pero los nutrientes minerales se han ido con la lluvia. Una planta normal no prospera ahí porque no puede fabricar proteínas sin nitrógeno.

La solución carnívora consiste en dejar de buscar el nitrógeno bajo tierra y buscarlo en el aire, dentro del cuerpo de un insecto. A cambio, hay que pagar un precio: las hojas transformadas en trampas son malas fotosintetizando. Una hoja plana capta luz mucho mejor que un jarro o una bisagra. Por eso la carnivoría solo compensa donde el suelo es realmente pobre y la luz abundante, y por eso casi ninguna carnívora tolera la sombra.

Esta idea, que se conoce como el modelo coste-beneficio, explica de paso el error más caro que comete quien empieza: abonar la maceta. Al añadir nutrientes al sustrato desaparece la ventaja de ser carnívora, y encima las raíces, adaptadas a medios ultrapobres, se queman con concentraciones de sales que cualquier otra planta ni notaría.

Los tipos de trampa

Toda la diversidad del grupo se reduce a unos pocos mecanismos. Conocerlos ayuda mucho, porque cada tipo de trampa suele ir asociado a unas necesidades de cultivo concretas.

Trampas adhesivas

Son hojas cubiertas de glándulas que segregan un mucílago pegajoso. El insecto se posa, se queda adherido, y al debatirse activa más glándulas. En muchas especies la hoja además se enrolla lentamente sobre la presa para aumentar el contacto con las glándulas digestivas.

Es el sistema de las droseras (Drosera), con sus tentáculos rojos rematados en una gota que parece rocío, de las grasillas (Pinguicula), cuyas hojas parecen simplemente untadas en grasa, y del drosofilo (Drosophyllum lusitanicum), una rareza ibérica de la que hablaremos luego.

Drosera glanduligera con sus tentáculos adhesivos

Trampas de resorte

Solo dos especies vivas en todo el planeta las tienen: la venus atrapamoscas (Dionaea muscipula) y su prima acuática Aldrovanda vesiculosa. Ambas pertenecen a la familia Droseraceae, lo que indica que este mecanismo evolucionó una única vez a partir de una trampa adhesiva.

La hoja está dividida en dos lóbulos unidos por un nervio central. En el interior hay pelos sensibles: cuando uno se dobla se genera un potencial de acción, y si llega un segundo estímulo en unos veinte o treinta segundos, la trampa se cierra en menos de una décima de segundo. Ese doble estímulo es un filtro contra falsas alarmas: una gota de lluvia toca una vez, un insecto que camina toca varias.

Trampas de caída o jarro

Una hoja enrollada en forma de cucurucho, con néctar en el borde para atraer, una superficie resbaladiza en la boca y un líquido digestivo en el fondo. El insecto entra, resbala, y los pelos orientados hacia abajo de la pared interior le impiden salir.

Aquí entran las sarracenias (Sarracenia) del este de Norteamérica, las nepenthes (Nepenthes) tropicales del sudeste asiático, las heliamforas (Heliamphora) de los tepuyes venezolanos, la australiana Cephalotus follicularis y la planta cobra (Darlingtonia californica).

Jarros de Sarracenia rubra

Trampas de succión

Son las más rápidas del reino vegetal y también las más difíciles de ver, porque miden menos de un milímetro. Las utricularias (Utricularia) desarrollan pequeñas vejigas que bombean agua hacia fuera hasta quedar con presión negativa, como una jeringa cargada. Cuando un microcrustáceo roza los pelos de la puertecilla, esta se abre y el agua entra de golpe arrastrando a la presa. Todo el proceso dura menos de un milisegundo.

Trampas de nasa

Funcionan como las nasas de pesca: la entrada es fácil y la salida imposible porque todos los pelos apuntan en el mismo sentido, obligando a la presa a avanzar en una sola dirección. Es el sistema del género Genlisea, cuyas hojas subterráneas en forma de Y capturan protozoos y microorganismos del sustrato.

La Darlingtonia californica combina la nasa con el jarro: su cúpula tiene zonas translúcidas que parecen salidas de luz, y el insecto se agota chocando contra esas falsas ventanas hasta caer.

Especies carnívoras que crecen en España

No hace falta irse a Borneo. La península ibérica tiene su propia flora carnívora, y merece la pena conocerla aunque solo sea para no arrancarla nunca del campo.

La joya es el drosofilo o atrapamoscas portugués (Drosophyllum lusitanicum), endémico del suroeste peninsular y el norte de Marruecos, y una absoluta anomalía: es la única carnívora del mundo que vive en suelo seco, en jarales y brezales sobre arenas ácidas del Estrecho y de la costa atlántica andaluza. Sus hojas filiformes huelen a miel y capturan insectos con enormes gotas de mucílago. En cultivo es exigente precisamente por eso: no tolera el método de la bandeja que sirve para las demás.

También hay varias grasillas en zonas de montaña, algunas endémicas y muy localizadas, como Pinguicula nevadensis en Sierra Nevada o Pinguicula vallisneriifolia en las paredes rezumantes de las sierras de Cazorla y Segura. Y hay droseras (Drosera rotundifolia, D. intermedia) en turberas del norte, sobre todo en la cornisa cantábrica y Galicia, además de utricularias en lagunas y charcas de media España.

Los cuidados: cuatro reglas y una excepción

Aunque el grupo es muy diverso, las especies que se venden en viveros y grandes superficies comparten un cultivo bastante uniforme. Con estas cuatro reglas se resuelve el 90 % de los problemas.

1. Agua sin sales. Es la regla más importante y la que más gente incumple. Estas plantas están adaptadas a agua de lluvia, con una conductividad prácticamente nula. El agua de grifo de buena parte de España lleva entre 300 y 800 microsiemens de sales disueltas, y esas sales se acumulan en el sustrato riego tras riego hasta quemar las raíces. La planta no muere de golpe: se va apagando durante meses, y el jardinero concluye que «las carnívoras son difíciles».

Usa agua de lluvia, agua de ósmosis inversa o agua destilada. Como referencia práctica, por debajo de 50 ppm de sólidos disueltos vas sobrado. El agua del descalcificador doméstico no vale: cambia calcio por sodio, y el sodio es aún peor.

2. Sustrato ácido y pobre. La mezcla estándar es turba rubia de esfagno sin abonar con perlita o arena de sílice, en proporciones que van del 2:1 al 3:1. La turba debe ser rubia (pH entre 3,5 y 4,5) y venir sin fertilizantes añadidos: revisa el saco, porque casi todas las turbas de jardinería llevan NPK incorporado. Nada de sustrato universal, mantillo, humus de lombriz ni compost. La arena tiene que ser silícea, no de playa ni caliza.

3. Humedad constante por bandeja. El sistema es sencillo: coloca la maceta en un plato hondo con dos o tres centímetros de agua y deja que suba por capilaridad. Rellena cuando se vacíe. En verano puedes mantener la bandeja permanentemente con agua; en invierno conviene reducirla y dejar que el plato se seque entre riegos, porque con frío y sustrato empapado aparecen podredumbres.

Usa macetas de plástico, altas mejor que anchas. El barro cocido sin esmaltar cede minerales al sustrato y se seca de forma irregular.

4. Sol directo. Las más comunes (Dionaea, Sarracenia, la mayoría de Drosera) quieren seis horas o más de sol directo. Una venus atrapamoscas en el interior de una casa, junto a una ventana, se estira, pierde el color rojo y acaba muriendo en unos meses. Su sitio es el exterior: balcón, terraza o jardín. Las excepciones son las nepenthes de tierras bajas y algunas grasillas mexicanas, que prefieren luz brillante pero tamizada.

Y la excepción: el reposo invernal. Esta es la parte que las etiquetas comerciales suelen ocultar. Dionaea muscipula, las Sarracenia y muchas droseras son plantas de clima templado, no tropicales. Necesitan pasar entre tres y cuatro meses de invierno con temperaturas frescas, aproximadamente entre 0 y 10 °C, y días cortos. Durante ese tiempo pierden las trampas, se reducen a una roseta pequeña y parecen muertas. No lo están.

Si se les niega esa parada, aguantan uno o dos años y luego se agotan. En casi toda la península basta con dejarlas fuera todo el invierno; resisten heladas suaves sin problema y las de Sarracenia toleran bastante más. En el litoral mediterráneo y en Canarias, donde el invierno es demasiado suave, el reposo es más corto e incompleto, y ahí conviene apostar por especies subtropicales que no lo requieren.

Errores frecuentes

Darles de comer. No hace falta. Al aire libre cazan lo que necesitan. Y jamás carne, jamón ni queso: la grasa animal pudre la trampa, que se vuelve negra y se pierde.

Cerrar las trampas con el dedo. Cada cierre consume energía y cada trampa de Dionaea solo puede cerrarse un puñado de veces antes de agotarse. Jugar con ella es debilitarla.

Mantenerla dentro del terrario de plástico con el que se vendió. Ese envase es para el transporte. Sin ventilación aparecen hongos en pocas semanas.

Cortar el tallo floral... o no cortarlo. Depende. En una Dionaea joven o débil, la floración consume tanta energía que conviene cortar el escapo cuando apenas mida unos centímetros. En una planta grande y bien cultivada puede dejarse.

Confundir el envejecimiento normal con enfermedad. Que se ennegrezcan trampas viejas mientras salen brotes nuevos del centro es normal. Se recortan y ya está.

En resumen

Las plantas carnívoras no son plantas difíciles, son plantas con requisitos poco intuitivos. Atraen, capturan y digieren presas porque viven en suelos sin nitrógeno, y toda su fisiología está construida sobre esa pobreza. De ahí salen las reglas: agua de lluvia o destilada sin excepción, turba rubia sin abono con perlita o arena silícea, humedad constante por bandeja, mucho sol directo y reposo invernal frío para las especies templadas. Nunca abono, nunca agua de grifo, nunca de comer a mano. Quien cumple esa lista descubre que una Dionaea o una Sarracenia son bastante más resistentes que un rosal.


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