La cinta lleva más de un siglo siendo la planta de interior por defecto en las casas españolas, y no por casualidad: aguanta la sombra de un pasillo, perdona tres semanas de olvido, se multiplica sola y no envenena a nadie. Es también la planta sobre la que circulan más consejos equivocados. Este artículo va sobre lo que realmente necesita Chlorophytum comosum, y sobre cómo resolver el único defecto que casi todo el mundo le encuentra: las puntas marrones.

Cinta o Chlorophytum comosum con sus hojas arqueadas rayadas de blanco

De dónde viene y qué explica eso

Al contrario de lo que suele decirse, la cinta no es una planta de selva tropical húmeda. Chlorophytum comosum es una asparagácea originaria del sur de África, donde crece en el sotobosque y en zonas rocosas sombreadas, con estación seca marcada.

Dos rasgos de su anatomía se derivan de ahí y explican todo su comportamiento en casa.

El primero: bajo tierra desarrolla raíces tuberosas engrosadas, blancas y carnosas, que funcionan como depósito de agua. Esa es la razón de que sobreviva a los olvidos de riego cuando cualquier otra planta de interior se habría secado. También es la razón de que, con los años, las raíces lleguen a levantar el sustrato por encima del borde y a deformar una maceta de plástico.

El segundo: creció adaptada a luz filtrada, no a sol directo. En una ventana al sur sin cortina, las hojas se decoloran y aparecen manchas blanquecinas quemadas.

Las variedades y las otras cintas

Bajo el nombre de «cinta» se venden varias plantas distintas que conviene diferenciar, porque no todas se comportan igual.

Chlorophytum comosum 'Vittatum' es la clásica: hoja verde con una banda blanca central. Es la más vigorosa y la que más estolones produce.

Chlorophytum comosum 'Variegatum' lleva el dibujo al revés, con el centro verde y los márgenes blancos, y tiene un porte algo más ordenado.

'Bonnie' es una selección de hojas rizadas y curvadas, muy compacta, ideal para un espacio pequeño.

Chlorophytum laxum, vendido a menudo como C. bichetii, es una planta más baja, de hojas cortas y estrechas con el margen blanco, que forma una mata densa y no produce estolones colgantes. Quien la compra esperando los famosos «hijos» se lleva un chasco.

Chlorophytum capense es de porte mayor, con hojas largas y anchas, y tampoco emite estolones: se multiplica solo por división de mata.

Chlorophytum orchidastrum, comercializado como 'Green Orange' o 'Fire Flash', no se parece a las demás: hojas anchas, verde oscuro y brillantes, con el pecíolo y el nervio central de un naranja intenso. Es más exigente en humedad y luz que la cinta común, pero muy decorativa.

Chlorophytum orchidastrum con los pecíolos anaranjados

Luz

Su rango ideal es la luz brillante indirecta: junto a una ventana al este o al norte, o a un metro de una ventana al sur con visillo.

Tolera la luz media y hasta la luz baja, y ahí está buena parte de su éxito: sobrevive en un pasillo o en una estantería alejada. Pero conviene saber el precio, que es doble. Crece mucho más despacio, y el contraste del jaspeado se pierde: las hojas nuevas salen casi enteramente verdes. Si tu cinta ha ido perdiendo el blanco, no es una degeneración de la variedad, es falta de luz.

El sol directo, en cambio, le quema el follaje. En verano, tras un cristal orientado al sur o al oeste, aparecen manchas pálidas irreversibles en cuestión de días.

En verano se le puede sacar a un balcón o una terraza, siempre a la sombra, y allí se pone espléndida. Hay que entrarla en octubre.

Riego

Gracias a sus raíces tuberosas, la cinta prefiere quedarse algo corta de agua que pasarse. Riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos: en verano viene a ser una vez por semana, en invierno cada diez o quince días.

Riega a fondo, hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y vacía el plato pasados unos minutos. El agua estancada bajo la maceta le pudre las raíces carnosas, que se vuelven blandas y translúcidas.

Un síntoma útil: las hojas se doblan y pierden turgencia cuando lleva demasiado sin agua, y se recuperan en unas horas tras el riego. Si en cambio amarillean desde la base y el sustrato está siempre húmedo, el problema es el contrario.

Las puntas marrones: por qué salen y cómo evitarlas

Es la queja universal con esta planta, y merece un apartado propio porque casi siempre se atribuye a la causa equivocada. No suele ser falta de riego.

Causa principal: el flúor y el cloro del agua del grifo. La cinta es una de las plantas de interior más sensibles al flúor que existe. Lo acumula en los extremos de las hojas —el punto final del recorrido del agua dentro del tejido— y ahí produce necrosis. Los compuestos de cloro y el boro tienen un efecto parecido. Muchas aguas de red española llevan flúor añadido o presente de forma natural, y en zonas con agua dura el problema se agrava.

Segunda causa: exceso de sales del abono. Fertilizar de más, o hacerlo a dosis completa cada semana, deja sales acumuladas en el sustrato que producen exactamente el mismo daño en las puntas.

Tercera causa: aire seco. De diciembre a marzo, con la calefacción funcionando, la humedad relativa de un piso baja del 30 % y las hojas transpiran más de lo que la planta puede reponer.

Las soluciones, en orden de eficacia:

Cambia el agua. Agua de lluvia recogida, o agua destilada, o embotellada de baja mineralización. Si usas la del grifo, déjala reposar veinticuatro horas en un recipiente abierto: se evapora buena parte del cloro, aunque no el flúor, que no se va con el reposo.

Lava el sustrato dos o tres veces al año. Lleva la maceta al fregadero y hazla pasar agua abundante durante unos minutos, dejándola escurrir del todo. Arrastra las sales acumuladas.

Baja la dosis de abono. Media dosis, cada tres o cuatro semanas, y solo de abril a septiembre.

Sube la humedad ambiental en invierno con una bandeja de arcilla expandida y agua, o agrupando plantas, y aléjala del radiador.

Sobre las puntas ya marrones: no se recuperan. Puedes recortarlas con tijeras siguiendo el perfil de la hoja en punta, no en corte recto, y el resultado pasa desapercibido.

Sustrato, maceta y trasplante

Un sustrato universal de calidad con un 20 % de perlita le va perfectamente. Lo único imprescindible es que drene bien y que la maceta tenga agujeros.

Crece deprisa y llena la maceta de raíces tuberosas en poco tiempo. Toca trasplantar cada uno o dos años, en primavera, subiendo un solo número de maceta. Sabrás que le urge cuando veas raíces blancas asomando por los agujeros o levantando el sustrato, cuando el agua atraviese el cepellón sin empaparlo o cuando la maceta de plástico esté visiblemente deformada.

Dicho esto, hay un matiz interesante: una cinta ligeramente apretada en su maceta produce más estolones que una recién trasplantada a un tiesto grande, que dedicará un par de temporadas a hacer raíz. Si lo que buscas son hijos, no la sobredimensiones.

Flores, estolones e hijuelos

Una cinta adulta emite en primavera y verano largos estolones colgantes con pequeñas flores blancas de seis tépalos, discretas y sin aroma apreciable. De las axilas de esas flores brotan después las plántulas hijas: rosetas en miniatura que ya vienen con raicillas aéreas formadas.

Es el rasgo más divertido de esta planta y el que la convirtió en un clásico de intercambio entre vecinos. Para que los produzca hace falta que la planta sea adulta, que tenga luz suficiente y que no esté en una maceta desproporcionada. Los estolones aparecen con más facilidad en la época de días más cortos, motivo por el que a menudo se disparan al final del verano y en otoño.

Cómo multiplicarla

Hay tres métodos, y uno es claramente mejor que los otros.

Acodo, el más fiable. Sin cortar el estolón, apoya un hijuelo sobre una maceta pequeña con sustrato húmedo colocada al lado, sujetándolo con una horquilla o una piedra. Sigue alimentándose de la planta madre mientras enraíza, así que no sufre ningún estrés. En dos o tres semanas habrá echado raíces propias, y entonces cortas el estolón. La tasa de éxito es prácticamente del cien por cien.

Esqueje directo en sustrato. Corta el hijuelo del estolón y plántalo en una maceta pequeña con sustrato húmedo, en un sitio luminoso sin sol directo. Funciona bien, especialmente si el hijo ya traía raicillas visibles.

En agua. El más popular y el menos recomendable. Enraíza deprisa y es vistoso verlo, pero las raíces que forma en agua son estructuralmente distintas de las de tierra y se dañan al trasplantar, de modo que la planta se para varias semanas. Si lo haces, pásala a sustrato en cuanto las raíces midan dos o tres centímetros, sin esperar más.

División de mata. Es la única vía para las especies sin estolones, como C. capense o C. laxum. Aprovecha el trasplante de primavera, desmolda y separa la mata en dos o tres porciones con raíz, con las manos o con un cuchillo limpio.

Plagas y problemas

Es una planta notablemente sana. Cuando hay problemas suelen ser estos:

Araña roja. El único enemigo serio, y siempre en invierno con calefacción. Punteado amarillo fino en el haz y telaraña muy tenue en el envés y entre las hojas. Lava el follaje con agua a presión en la ducha, sube la humedad y, si persiste, trata con aceite de neem.

Pulgón. Aparece a veces sobre los estolones y las flores, sobre todo si la planta ha estado en el balcón. Jabón potásico.

Cochinilla algodonosa. Ocasional, escondida en la base de la mata. Bastoncillo con alcohol.

Hojas verdes sin jaspeado. Falta de luz. Acércala a la ventana.

Centro de la mata que amarillea y se pudre. Exceso de riego o maceta sin drenaje.

Planta que no produce hijos. Es joven, tiene poca luz o está en una maceta demasiado grande.

Cintas y mascotas

Es uno de sus mejores argumentos: la cinta no es tóxica para perros ni para gatos, y figura en todas las listas de plantas seguras. Frente a potos, espatifilos, drácenas y ficus, que sí lo son, resulta una de las pocas opciones tranquilas para una casa con animales.

Con un matiz práctico: a muchos gatos les atrae y la mordisquean con entusiasmo. No les hace daño, pero si comen mucha cantidad pueden vomitar por simple irritación mecánica, y a la planta le queda un aspecto lamentable. La solución habitual es colgarla alta, que además es donde mejor luce.

Sobre eso de que purifica el aire

La cinta aparece en todas las listas de plantas «purificadoras» por el estudio de la NASA de 1989, que midió absorción de formaldehído y otros volátiles. Conviene contextualizarlo: aquello se hizo en cámaras herméticas de un metro cúbico, y las estimaciones posteriores indican que en una habitación real harían falta decenas o cientos de plantas para acercarse a lo que consigue abrir una ventana unos minutos.

Tener una cinta en casa está muy bien por su aspecto, por su facilidad y porque aporta algo de humedad al ambiente. Como sistema de ventilación, no.

En resumen

La cinta es sudafricana, no tropical, y sus raíces tuberosas le permiten aguantar la sequía mucho mejor que el encharcamiento. Dale luz brillante indirecta —cuanta más luz, más marcado el jaspeado blanco—, riega cuando los primeros centímetros del sustrato estén secos, no la abones más de una vez cada tres o cuatro semanas y solo en primavera y verano, y trasplántala cada uno o dos años.

Si tiene las puntas marrones, el culpable casi seguro es el flúor del agua del grifo, seguido del exceso de abono y del aire seco de la calefacción: cambia a agua de lluvia y lava el sustrato dos veces al año. Y cuando saque estolones, no cortes el hijuelo: apóyalo en otra maceta sin separarlo de la madre y déjalo enraizar ahí. Es el método más seguro y, de paso, el más antiguo.


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