Pocas plantas de interior imponen tanto como una oreja de elefante bien cultivada. Hojas de medio metro o más, sostenidas por peciolos gruesos y erguidos, con esa textura acharolada y los nervios marcados en relieve: una sola planta llena un rincón entero. También es una planta que genera muchos fracasos, casi siempre por dos motivos: se la riega como si fuera una planta de pantano y se la da por muerta en cuanto pierde las hojas en invierno.

Vamos por partes, porque lo primero es saber qué planta tienes exactamente entre manos.

Qué es realmente una oreja de elefante

"Oreja de elefante" es un nombre popular que se aplica a tres géneros distintos de la familia de las aráceas, todos con hojas enormes en forma de corazón o de flecha: Alocasia, Colocasia y Xanthosoma. Se parecen mucho de lejos, pero necesitan cuidados bastante diferentes, y confundirlas es el origen de la mitad de los problemas.

La que se vende como planta de interior en España es casi siempre una Alocasia, normalmente Alocasia macrorrhizos —la de porte más grande, con hojas verde brillante— o alguno de sus parientes de moda: Alocasia × amazonica 'Polly', de hoja oscura y nervios plateados, Alocasia zebrina, con el peciolo rayado, o Alocasia odora. Todas proceden de sotobosques tropicales del sudeste asiático y Oceanía.

Distinguirla de una Colocasia es fácil si sabes dónde mirar. En la Alocasia, las hojas apuntan hacia arriba, se sostienen erguidas y el peciolo se une a la hoja justo en el borde de la escotadura. En la Colocasia, las hojas cuelgan hacia abajo, con la punta mirando al suelo, y el peciolo se inserta en pleno centro del limbo, como el mango de un paraguas. Esa diferencia importa mucho: la Colocasia —el taro, la malanga— es una planta palustre que crece con los pies literalmente en el agua, mientras que la Alocasia es una planta de suelo forestal drenado y se pudre con el sustrato encharcado. Si has leído por ahí que la oreja de elefante se puede tener en un plato siempre lleno de agua, ese consejo es para la Colocasia, y aplicado a una Alocasia la mata en pocas semanas.

Hojas de Alocasia macrorrhizos

Un matiz sobre lo que suele decirse en las etiquetas de vivero: la Alocasia no es exactamente una bulbosa. Lo que tiene bajo tierra es un rizoma carnoso y erguido, a veces acompañado de pequeños tubérculos laterales que sirven para multiplicarla. Se comporta como una bulbosa en el sentido de que puede perder toda la parte aérea y rebrotar, pero no forma un bulbo de túnicas como una cebolla o un narciso.

Luz: clara, abundante y nunca directa al mediodía

En su hábitat crece en claros y bordes de bosque, con luz muy filtrada por el dosel arbóreo. Dentro de casa eso se traduce en luz indirecta pero intensa: cerca de una ventana grande al este, o a uno o dos metros de una ventana al sur o al oeste, siempre con visillo si le llega el sol de mediodía.

El sol directo del verano peninsular, especialmente entre las once y las seis, quema el limbo y deja manchas secas de color pardo claro que ya no se recuperan. Las variedades de hoja oscura, como 'Polly', son todavía más sensibles. En el otro extremo, si la pones en una habitación mal iluminada, verás peciolos larguísimos, hojas cada vez más pequeñas y una planta que se desmorona hacia los lados por su propio peso.

Como en casi todas las plantas de hoja grande, conviene girar la maceta media vuelta cada dos semanas para que el crecimiento sea equilibrado, y limpiar el polvo de las hojas con un paño húmedo una vez al mes. Una hoja de cincuenta centímetros acumula muchísimo polvo, y eso reduce de forma real la luz que llega al tejido.

Riego: menos de lo que crees, y mucho menos en invierno

Este es el punto que decide si la planta vive o no. La Alocasia quiere el sustrato ligeramente húmedo durante el crecimiento activo y bastante más seco en reposo, y no perdona el encharcamiento.

De abril a septiembre, con la planta creciendo, riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos. En un piso normal eso suele significar una o dos veces por semana, según el tamaño de la maceta y el calor. Riega en abundancia hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, espera diez minutos y vacía el plato. El cepellón nunca debe quedar reposando en agua.

De octubre a marzo la cosa cambia radicalmente. Con menos luz y temperaturas más bajas, la planta apenas consume agua y sus raíces son especialmente vulnerables a la pudrición si están frías y mojadas. En ese periodo espacia mucho los riegos: cada diez o quince días es habitual, y a veces menos. La combinación de sustrato húmedo y menos de 15 °C es la causa número uno de Alocasia muertas en España.

Verás que por las mañanas aparecen gotas de agua en la punta de las hojas. Es gutación, un proceso normal: la planta expulsa el exceso de agua por unos poros del margen foliar. No es una enfermedad, aunque si ocurre a diario y de forma abundante es una pista de que estás regando con demasiada generosidad.

Sobre el agua: prefiere agua blanda y ligeramente ácida. En zonas de agua muy calcárea, que son muchas en la Península, las puntas de las hojas se secan y aparecen depósitos blancos. Usar agua de lluvia, filtrada o al menos reposada mejora bastante el aspecto de la planta a medio plazo.

Temperatura y humedad

El rango cómodo va de los 18 a los 28 °C. Por debajo de 15 °C detiene el crecimiento y por debajo de 10 °C empieza a sufrir daños serios en el rizoma. No resiste heladas: en el interior peninsular hay que entrarla sin excepción antes de que lleguen los primeros fríos de noviembre. Solo en la costa mediterránea más templada, el sur de Andalucía y Canarias puede vivir todo el año en el exterior, siempre en sombra y protegida del viento.

La humedad ambiental es el otro requisito serio: por encima del 60%, cuando en un salón con calefacción en enero el higrómetro marca 30% o menos. Ese aire seco es lo que produce los bordes marrones y crujientes de las hojas, y lo que dispara la plaga de araña roja. Colocar la maceta sobre un plato con arcilla expandida y agua (con la base de la maceta por encima del nivel del agua), agrupar plantas o usar un humidificador funcionan; pulverizar las hojas apenas sirve, porque el efecto dura minutos y, si el agua es dura, deja manchas de cal.

Aléjala de radiadores, de la salida del aire acondicionado y de puertas que se abren al exterior en invierno. Los cambios bruscos de temperatura le hacen tirar hojas.

Sustrato, maceta y trasplante

Necesita un sustrato muy aireado y con drenaje rápido, del tipo que se usa para aráceas: por ejemplo, tres partes de sustrato universal de calidad o fibra de coco, dos partes de corteza de pino de calibre medio, dos de perlita y una de humus de lombriz. La corteza es la clave: mantiene huecos de aire alrededor de las raíces incluso cuando el conjunto está húmedo. Un sustrato universal solo, sin airear, se compacta en pocos meses y termina asfixiando la planta.

La maceta debe tener drenaje generoso y no ser desproporcionadamente grande. Un exceso de sustrato alrededor del cepellón tarda demasiado en secarse y aumenta el riesgo de pudrición. Como es una planta alta y con hojas grandes, conviene una maceta pesada o con base ancha para que no vuelque.

Se trasplanta en primavera, cada uno o dos años, subiendo solo un par de centímetros de diámetro. Es buen momento para revisar el rizoma: debe estar firme al tacto. Si está blando o huele mal, corta la parte afectada con un cuchillo limpio, deja secar el corte unas horas y replanta en sustrato nuevo, regando muy poco las primeras semanas.

Abonado

Es una planta glotona mientras crece. De abril a septiembre, abona cada dos o tres semanas con un fertilizante líquido equilibrado para plantas verdes, a media dosis de la indicada en el envase. Alternar con un abono rico en materia orgánica o añadir humus de lombriz al trasplante da muy buen resultado en el tamaño de las hojas.

De octubre a marzo, suspende el abonado por completo. Fertilizar una planta que no está creciendo solo consigue acumular sales en el sustrato y quemar raíces.

El reposo invernal: no la tires

Aquí está el segundo gran malentendido. Muchas Alocasia, especialmente si pasan el invierno en una habitación fresca o con poca luz, pierden todas sus hojas entre noviembre y febrero. La planta parece muerta y acaba en la basura. No lo está: ha entrado en reposo y el rizoma sigue vivo bajo tierra.

Lo correcto en ese caso es dejar la maceta en un sitio fresco pero sin heladas, entre 15 y 18 °C, con luz tenue, y regar solo lo justo para que el sustrato no se seque del todo —un poco de agua cada dos o tres semanas suele bastar—. Nada de abono. Cuando llegue marzo o abril y suba la temperatura, retoma el riego normal y verás salir un brote nuevo desde el centro del rizoma. Si mantienes la planta caliente y bien iluminada todo el invierno, puede que no llegue a perder las hojas, pero incluso así crecerá mucho más despacio en esos meses.

Y una observación relacionada: la Alocasia mantiene pocas hojas a la vez. Es normal que, cada vez que despliega una hoja nueva, la más vieja amarillee y se seque. Eso no significa que la estés cuidando mal. Solo hay motivo de preocupación cuando pierde hojas más rápido de lo que las produce.

Multiplicación

La forma más sencilla es la división en primavera, aprovechando el trasplante. Saca el cepellón, límpialo de sustrato y busca los hijuelos: rizomas laterales con sus propias raíces, y también pequeños tubérculos redondeados del tamaño de una avellana, adheridos al rizoma principal.

Los hijuelos con raíces se plantan directamente en macetas pequeñas con el mismo sustrato. Los tubérculos se colocan en un recipiente con vermiculita o musgo húmedo, tapados con plástico transparente, a 22-25 °C; brotan en varias semanas y luego pasan a maceta. Ten paciencia: los primeros meses crecen despacio.

Toxicidad: un aviso serio

Todas las partes de la planta contienen rafidios de oxalato cálcico, unos cristales microscópicos en forma de aguja. Si un niño o una mascota mastica una hoja, provoca dolor intenso, inflamación de labios, lengua y garganta, babeo y dificultad para tragar. La savia también irrita la piel y, sobre todo, los ojos.

Por eso conviene colocarla fuera del alcance de niños pequeños y animales y usar guantes al podar, dividir o trasplantar, lavándose bien las manos después. No es una planta que haya que temer, pero sí una que exige sentido común.

Problemas frecuentes

Punteado amarillento fino en las hojas y telillas en el envés. Araña roja (Tetranychus urticae), la plaga número uno en interiores secos y con calefacción. Sube la humedad, ducha la planta y trata con jabón potásico o aceite de neem, insistiendo en el envés y repitiendo cada siete días durante tres semanas.

Hojas amarillas de forma generalizada, empezando por las de abajo, con el sustrato húmedo. Exceso de riego. Deja secar, comprueba que el drenaje funciona y revisa el rizoma si no mejora.

Bordes y puntas marrones y secas. Aire demasiado seco, o agua con exceso de cal y sales.

Manchas pardas irregulares con halo amarillo. Suelen ser hongos foliares por exceso de humedad sobre la hoja y poca ventilación. Retira las hojas afectadas y evita mojar el follaje.

Peciolos largos, débiles y hojas pequeñas. Falta de luz. Acércala a la ventana de forma progresiva.

Algodoncillos blancos en las axilas de los peciolos. Cochinilla algodonosa. Se limpia con un bastoncillo con alcohol de 70° y se revisa cada semana.

En resumen

La oreja de elefante que se vende como planta de interior es una Alocasia, y eso implica sustrato drenante y nunca encharcado, al contrario que su prima la Colocasia. Dale luz clara pero filtrada, entre 18 y 28 °C, humedad ambiental alta y un sustrato aireado con corteza y perlita. Riega cuando los primeros dos o tres centímetros estén secos de abril a septiembre, abonando cada dos o tres semanas a media dosis, y reduce mucho el riego y suspende el abono de octubre a marzo.

Si pierde las hojas en invierno, no la tires: mantén el rizoma fresco, con luz tenue y apenas húmedo, y volverá a brotar en primavera. Vigila la araña roja en cuanto encienda la calefacción, maneja la planta con guantes por su savia irritante y mantenla lejos de niños y mascotas. Con eso tienes cubierto el noventa por ciento de lo que necesita.


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