Más plantas de interior mueren entre noviembre y marzo que en todo el resto del año, y no es por el frío. La inmensa mayoría se pierde por exceso de riego. La rutina que funcionaba perfectamente en agosto —regar los martes y los sábados, por ejemplo— se convierte en diciembre en una sentencia lenta: el sustrato ya no se seca entre riego y riego, las raíces finas se asfixian, y para cuando las hojas empiezan a amarillear el daño lleva semanas produciéndose bajo tierra.

La pregunta "¿cuándo hay que regar en invierno?" no tiene una respuesta en forma de calendario, y cualquiera que te dé una cifra fija para todas las plantas te está engañando. Pero sí tiene una respuesta práctica, y consiste en entender qué cambia exactamente en invierno y cómo comprobarlo en cada maceta.

Por qué la planta bebe menos aunque la casa esté más seca

El motor del consumo de agua de una planta no es el calor ni la sequedad del aire: es la luz. La luz alimenta la fotosíntesis, la fotosíntesis obliga a abrir los estomas de las hojas, y por esos estomas se pierde el vapor de agua que la raíz tiene que reponer. Menos luz significa menos fotosíntesis, estomas más cerrados, menos transpiración y, por tanto, mucha menos agua absorbida.

Y en invierno la luz cae de forma brutal. En Madrid, el 21 de diciembre hay unas nueve horas de sol frente a las quince del solsticio de verano, y encima el sol está mucho más bajo y hay muchos más días nublados. Dentro de una casa, a dos metros de la ventana, la diferencia de luz recibida entre julio y enero puede ser de cinco a diez veces. A eso se suma que las temperaturas más bajas frenan el metabolismo de la planta y la actividad de la raíz: muchas especies tropicales prácticamente dejan de crecer por debajo de 15-18 °C.

Aquí aparece el malentendido más extendido del invierno: "con la calefacción el aire está muy seco, así que hay que regar más". Es falso, y ha matado muchas plantas. El aire seco es un problema real —en un piso con radiadores la humedad relativa baja del 30%—, pero es un problema de la parte aérea de la planta, no de la raíz. Se resuelve con humedad ambiental: bandejas con arcilla expandida y agua, agrupar las macetas, un humidificador. Echar más agua al sustrato no sube la humedad del aire de la habitación de forma apreciable, y en cambio sí encharca el cepellón.

La regla que resume todo esto: en invierno hay que regar menos y humidificar más.

Planta de interior junto a una ventana en invierno

Cómo saber si toca regar: comprueba, no calcules

Olvídate de la frecuencia fija. Lo que hay que hacer es comprobar el estado del sustrato antes de cada riego, y hay varias formas de hacerlo, de menos a más fiables.

El dedo. Es el método más sencillo y sirve para la mayoría de las plantas. Introduce el dedo en el sustrato hasta el segundo nudillo, unos tres o cuatro centímetros. Si a esa profundidad notas humedad, no riegues. La superficie miente: en invierno se seca por arriba mientras el fondo de la maceta sigue empapado.

El palito de madera. Una brocheta de cocina clavada hasta el fondo de la maceta y sacada al cabo de un minuto te dice mucho más que el dedo, porque muestra el estado de toda la columna de sustrato. Si sale con tierra oscura pegada, hay humedad abajo. Si sale limpia y seca, es momento de regar. Para macetas grandes y profundas, que son precisamente las más fáciles de pudrir, es el mejor sistema.

El peso de la maceta. El truco de los profesionales. Levanta la maceta justo después de regar y memoriza esa sensación; levántala unos días después. La diferencia es enorme y se aprende en dos o tres ciclos. Funciona especialmente bien con macetas de plástico.

Sobre los medidores de humedad de aguja baratos: son poco fiables. Miden en realidad la conductividad eléctrica del sustrato, que depende también de las sales disueltas, y suelen marcar "húmedo" en sustratos secos con mucho abono acumulado. Si los usas, contrástalos con el palito.

Órdenes de magnitud según el tipo de planta

Con la advertencia de que cada casa es distinta y de que hay que comprobar siempre, estas son referencias razonables para un piso español con calefacción, entre diciembre y febrero. En general, la frecuencia invernal es entre un tercio y la mitad de la de verano.

Plantas de hoja tropical resistentes (poto, filodendro, monstera, ficus, cinta, esparraguera, aspidistra): riego cada 10 a 15 días, frente a los 4-7 del verano. Dejar secar los tres primeros centímetros.

Plantas de hoja que exigen humedad constante (helechos, calatheas, marantas, espatifilo, alocasias en actividad): siguen necesitando el sustrato ligeramente húmedo, nunca seco del todo. Cada 5 a 8 días según la temperatura de la habitación. Son las que peor llevan el aire de la calefacción, y a las que más hay que ayudar con humedad ambiental.

Cactus y suculentas (echeverias, crasas, cactus de desierto): en invierno están en reposo. Con la casa fría (por debajo de 15 °C) se pueden dejar completamente sin regar de noviembre a marzo; con calefacción y buena luz, un riego ligero una vez al mes es más que suficiente. Regarlas cada quince días "porque tienen sed" es la forma más habitual de perderlas.

Sansevierias y zamioculcas: prácticamente lo mismo que las suculentas. Una vez al mes como mucho.

Plantas que entran en reposo total (caladios, alocasias que pierden la hoja, algunos bulbos tropicales): apenas un chorrito cada dos o tres semanas para que el rizoma no se deshidrate, sin llegar nunca a humedecer todo el cepellón.

Y una excepción importante que casi nadie menciona: no todas las plantas descansan en invierno. El ciclamen (Cyclamen persicum), la azalea de interior (Rhododendron simsii), la flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) o el cactus de Navidad (Schlumbergera) están precisamente entonces en plena floración o crecimiento. Esas hay que seguir regándolas con regularidad, manteniendo el sustrato fresco. Aplicarles el régimen de sequía invernal es matarlas.

Cómo regar en invierno, no solo cuándo

El "cómo" importa tanto como el "cuándo".

Agua a temperatura ambiente. En enero, el agua del grifo sale en muchas zonas a 8 o 10 °C. Volcar eso sobre un cepellón que está a 20 °C provoca un choque térmico que frena la absorción de la raíz durante horas y, repetido, daña el sistema radicular. La solución cuesta cero: llena la regadera la noche antes y déjala en la misma habitación que las plantas. En algunas especies, como la violeta africana, el agua fría además deja manchas permanentes en las hojas.

Riega por la mañana. A media mañana, mejor. Así el exceso de agua se evapora durante las horas de más luz y temperatura, y el sustrato no pasa la noche frío y empapado, que es la combinación que dispara las pudriciones radiculares.

Riega a fondo y vacía el plato. Cuando toque regar, hazlo bien: agua hasta que salga por los agujeros de drenaje, de forma que se moje todo el cepellón y se laven las sales acumuladas. Espera diez o quince minutos y tira el agua sobrante del plato. Este es el gesto que más plantas salva en invierno. Un plato con dos dedos de agua durante tres días en enero es una condena. Si la maceta es grande y pesada, usa una jeringa de cocina o una perilla para retirar el agua.

Nada de "un poquito cada día". El riego escaso y frecuente moja solo la capa superior, deja el fondo seco y compacta el sustrato. Mucho mejor pocas veces y en cantidad.

Cuidado con el sustrato hidrófobo. Si un sustrato con mucha turba se seca del todo, el agua deja de penetrar y se escurre por los laterales hasta el plato: parece que has regado y en realidad el cepellón sigue seco. Se detecta porque el agua sale por los agujeros a los pocos segundos. La solución es regar por inmersión: sumergir la maceta en un barreño con agua templada hasta media altura durante quince o veinte minutos, hasta que la superficie se oscurezca, y escurrir después.

El sitio donde está la planta cambia la ecuación

Dentro de la misma casa puede haber diferencias de tres a uno en la frecuencia de riego, según dónde esté cada maceta.

Una planta encima o al lado de un radiador se seca a toda velocidad y sufre además de aire caliente y seco: hay que regarla más a menudo, aunque lo ideal es directamente moverla. Una planta en un alféizar frío, pegada al cristal, está en el extremo contrario: el sustrato se mantiene húmedo y frío durante días, y las raíces pueden sufrir daños por frío si el cristal se queda a 5 °C una noche. Ahí hay que regar muy poco y, si es una tropical, separarla unos centímetros del vidrio o poner un aislante bajo la maceta.

También influye el material del tiesto: el barro sin esmaltar transpira y seca el cepellón bastante más rápido que el plástico o la cerámica esmaltada. Y el tamaño: una maceta grande con una planta pequeña retiene humedad muchísimo tiempo, lo que en invierno es un riesgo añadido.

Distinguir exceso de riego de falta de riego

El problema es que ambos producen síntomas parecidos —hojas caídas, amarilleo, aspecto mustio—, porque en los dos casos la planta acaba sin poder absorber agua: por raíz podrida en un caso, por falta de agua en el otro. Y mucha gente, al ver una planta mustia, riega más y remata el problema.

Señales de exceso de riego: hojas amarillas empezando por las de abajo, blandas al tacto; sustrato húmedo y pesado varios días después de regar; olor agrio al acercar la nariz a la maceta; costra verdosa o mohosa en la superficie; mosquitas del sustrato (esciáridos) revoloteando, cuyas larvas necesitan sustrato permanentemente húmedo; tallos blandos en la base. Si sacas el cepellón, las raíces sanas son blancas o claras y firmes; las podridas son marrones, blandas y se deshacen entre los dedos.

Señales de falta de riego: hojas mustias pero que se recuperan a las pocas horas de regar; bordes y puntas secos y crujientes, no blandos; sustrato que se ha encogido y se separa de las paredes de la maceta; maceta muy ligera al levantarla; caída de hojas viejas ya secas.

Ante la duda en invierno, espera un par de días más. Una planta ligeramente sedienta se recupera en horas; unas raíces podridas, a veces no se recuperan nunca.

Lo que también hay que cambiar en invierno

El abonado. Suspéndelo de noviembre a febrero en las plantas que están en reposo. Una planta que no crece no consume nutrientes, y el abono se acumula en forma de sales que queman las raíces. Las que florecen en invierno son, de nuevo, la excepción: siguen agradeciendo un abono para plantas de flor cada tres o cuatro semanas.

El trasplante. No es época. Trasplantar en invierno rompe raíces que no tienen capacidad de regenerarse rápido y deja un exceso de sustrato nuevo húmedo alrededor del cepellón. Espera a marzo, salvo urgencia por pudrición.

La limpieza de las hojas. Con menos luz disponible, el polvo acumulado penaliza mucho más. Un paño húmedo una vez al mes ayuda de verdad.

La vuelta a la normalidad

El cambio no es de un día para otro. A partir de finales de febrero o marzo, según la zona, los días se alargan de forma perceptible y las plantas empiezan a mover brotes nuevos. Es el momento de ir subiendo la frecuencia de riego de forma progresiva, retomar el abonado a media dosis y planificar los trasplantes.

La señal fiable no es la fecha del calendario, sino la propia planta: cuando veas hojas nuevas desplegándose, el sustrato empezará a secarse notablemente más rápido y podrás volver al ritmo de la temporada de crecimiento.

En resumen

En invierno las plantas de interior beben mucho menos porque hay mucha menos luz, no porque haga frío. La calefacción reseca el aire, pero eso se corrige con humedad ambiental, no con más riego. Deja de regar por calendario y comprueba el sustrato antes de cada riego con el dedo, un palito de madera o el peso de la maceta.

Como orden de magnitud, las plantas de hoja resistentes pasan a un riego cada 10-15 días, las suculentas y cactus a uno al mes o ninguno, y las de humedad constante siguen cada 5-8 días. Usa agua a temperatura ambiente, riega por la mañana, riega a fondo y vacía siempre el plato. Suspende el abonado y aplaza los trasplantes hasta marzo. Y ante la duda, en invierno siempre es mejor esperar dos días de más que adelantarse dos días.


Contenidos relacionados