Al caer la tarde, en una habitación en silencio, las hojas de una calatea se pliegan hacia arriba y el movimiento se oye: un crujido leve, como de papel. A la mañana siguiente vuelven a abrirse. Ese gesto diario, que en botánica se llama nictinastia, es el mejor argumento para meter una de estas plantas en casa, muy por encima del catálogo de dibujos que llevan en el envés y en el haz.

Las calateas son herbáceas perennes de la familia Marantaceae, originarias del sotobosque de las selvas tropicales de Sudamérica, sobre todo de la cuenca amazónica. Ese origen explica prácticamente todo lo que hay que saber sobre ellas: viven a la sombra de árboles enormes, con luz filtrada, humedad ambiental altísima y una temperatura que apenas varía a lo largo del año. Reproducir eso en un piso de Valladolid en enero, con la calefacción a 22 grados y el aire a un 30 % de humedad, es el verdadero reto.

Un apunte sobre el nombre: de Calathea a Goeppertia

Conviene saberlo aunque en el vivero sigan usando la etiqueta antigua. En 2012 una revisión del género basada en filogenia molecular trasladó la práctica totalidad de las especies cultivadas al género Goeppertia. Así, la calatea cebra pasó a ser Goeppertia zebrina, la calatea pavo real Goeppertia makoyana, y Calathea lancifolia resultó ser en realidad Goeppertia insignis. El género Calathea sigue existiendo, pero se ha quedado con un puñado de especies que rara vez llegan al comercio ornamental.

En el uso corriente «calatea» sigue siendo un nombre perfectamente válido y nadie va a entenderte mal. Pero si buscas información fiable sobre una especie concreta, el nombre nuevo te llevará a fuentes mejores.

Por qué encajan tan bien en una casa española

La primera razón es la más práctica: no toleran el sol directo, y eso las convierte en una de las pocas opciones decentes para las habitaciones que nadie sabe cómo llenar. Un pasillo interior, un rincón a tres metros de la ventana, una estancia orientada al norte. Donde una Ficus se estira y una suculenta se ahíla, la calatea está en su elemento.

La segunda es que las Marantaceae no son tóxicas para perros ni para gatos. La lista de plantas de interior con hoja grande y decorativa que cumplen ese requisito es corta: buena parte de lo que compite con ellas —potos, monsteras, dieffenbachias, filodendros, espatifilos— lleva cristales de oxalato de calcio. Si hay animales en casa, ese detalle pesa más que cualquier consideración estética.

La tercera es el repertorio. Goeppertia zebrina tiene hojas grandes y aterciopeladas con bandas verde oscuro sobre verde claro. Goeppertia ornata lleva finas líneas rosas que van blanqueando con la edad. Goeppertia insignis, la de hoja alargada y ondulada con manchas alternas, es la más tolerante de todas y la que recomiendo para empezar. Y Goeppertia crocata es la excepción del grupo: se cultiva por sus brácteas de un naranja encendido, no por el follaje, y florece de verdad en interior si le das luz suficiente.

Hojas de Calathea zebrina con sus bandas aterciopeladas

Luz: sombra no, luz indirecta

Aquí está el malentendido más extendido. Que sean plantas de sotobosque no significa que vivan a oscuras. En la selva, la luz que atraviesa el dosel es abundante en términos de intensidad difusa; lo que no reciben es radiación directa. Una calatea en un rincón sin ventana visible se estanca, pierde el contraste de los dibujos y acaba soltando hojas viejas sin reponerlas.

El sitio bueno es a uno o dos metros de una ventana orientada al norte, o junto a una ventana este u oeste con visillo. En una ventana sur peninsular, ni con cortina en verano: el vidrio concentra y las hojas se decoloran en cuestión de días. La señal de exceso de luz es un blanqueado general del limbo, no manchas concretas.

El agua: lo que mata a las calateas no es la cantidad

Es la calidad. Estas plantas son notablemente sensibles al flúor, al cloro y a las sales disueltas, y el agua de red de buena parte de España —Madrid es una excepción por su agua blanda, pero el Levante, el valle del Ebro, Andalucía o Baleares no lo son— llega con una dureza que las quema. El síntoma es inconfundible: borde de la hoja marrón, seco y quebradizo, con una línea amarilla estrecha justo por dentro. No es falta de riego; es acumulación de sales.

La solución es agua de lluvia, agua de ósmosis o agua destilada. Y una precisión importante, porque circula mucho el consejo de «dejar reposar el agua 24 horas»: eso solo permite que se evapore el cloro libre. El flúor, el calcio y el magnesio siguen exactamente donde estaban. Si tu agua es dura, dejarla reposar no sirve de nada.

En cuanto al ritmo: riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos al tacto, moja hasta que salga agua por el drenaje y vacía el plato a los diez minutos. En un piso con calefacción eso puede ser cada cuatro o cinco días; en invierno sin calefacción, cada diez o doce. El sustrato nunca debe llegar a secarse del todo, pero tampoco quedarse encharcado: la asfixia radicular y la podredumbre por Pythium son la otra mitad de las bajas.

Humedad ambiental: pulverizar no es la respuesta

Las calateas quieren por encima del 60 % de humedad relativa y agradecen el 70 %. Un salón español con calefacción central en enero anda entre el 25 % y el 35 %. Esa diferencia es el motivo real de que se compren en octubre y estén hechas un desastre en febrero.

Pulverizar las hojas no arregla el problema, y en las especies aterciopeladas como G. zebrina es contraproducente: el agua se queda retenida entre la pilosidad del limbo y favorece manchas foliares por hongos y bacterias. El efecto sobre la humedad del aire, además, dura unos minutos. Lo que funciona de verdad, por orden de eficacia: un humidificador en la habitación, agrupar varias plantas juntas para que transpiren en conjunto, y una bandeja con arcilla expandida y agua bajo la maceta sin que el fondo toque el agua.

El cuarto de baño se recomienda mucho y a veces es buena idea, pero solo si tiene ventana y entra luz. Un baño interior con luz artificial es un mal sitio, por húmedo que esté.

Temperatura, sustrato y abonado

El rango cómodo va de 18 a 26 °C. Por debajo de 15 °C se paran, y por debajo de 10 °C empiezan los daños en el tejido. Cuidado con dos trampas domésticas de invierno: el alféizar de una ventana de vidrio simple, que de madrugada puede estar seis u ocho grados por debajo del resto de la habitación, y el radiador, que además de calor lanza una corriente de aire seco directa sobre la planta.

El sustrato debe ser ligero, aireado y ligeramente ácido: turba o fibra de coco con un 30 % de perlita, y un puñado de corteza fina si quieres más porosidad. Nada de tierra de jardín ni de mezclas universales compactas.

Abona de abril a septiembre, cada dos o tres semanas, con un fertilizante líquido para plantas verdes a la mitad de la dosis del envase. La mitad no es prudencia excesiva: dado lo sensibles que son a la salinidad, el exceso de abono produce exactamente el mismo borde quemado que el agua dura. En invierno, nada.

El trasplante toca cada dos años, en primavera, subiendo solo un número de maceta. Es también el momento de multiplicarlas: se dividen las matas separando con cuidado los rizomas, dejando al menos tres o cuatro hojas por porción, y se mantienen calientes y en ambiente húmedo hasta que arrancan.

Las plagas que hay que vigilar

La araña roja (Tetranychus urticae) es la enemiga número uno, y no por casualidad: prolifera justo en las condiciones de aire seco y caliente que castigan a la planta. Revisa el envés en busca de punteado amarillento y telillas finas en las axilas. Si el ambiente está bien humidificado, rara vez aparece.

Detrás vienen la cochinilla algodonosa, en las axilas de los peciolos, y los trips, que dejan un plateado característico. En infestaciones tempranas, jabón potásico aplicado por el envés cada cinco días durante tres semanas suele bastar.

En resumen

Una calatea decora donde no decora nada más: rincones sin sol directo, habitaciones al norte, casas con mascotas. A cambio pide tres cosas concretas y ninguna imposible. Agua sin cal —de lluvia o de ósmosis, y sin creer que dejarla reposar sirve para algo—, humedad ambiental real mediante humidificador o bandeja de arcilla en vez de pulverizaciones, y luz indirecta abundante, que no es lo mismo que sombra. Resuelto eso, el resto es rutina: sustrato aireado, abono a media dosis de abril a septiembre, lejos del radiador y del cristal frío. Y cada noche, el pliegue de las hojas para recordarte que la planta está viva y a gusto.


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