Hay plantas que llaman la atención por su tamaño y otras por la desproporción. La Arenaria montana pertenece al segundo grupo: una mata rastrera de apenas diez centímetros de alto, con hojitas minúsculas, que en mayo se cubre de flores blancas de dos centímetros y medio hasta el punto de que no se ve el follaje. El efecto es el de una nevada sobre un muro de piedra. Y encima es una planta ibérica, adaptada a nuestros suelos ácidos y a nuestro clima.

Origen y características

Es una cariofilácea, de la misma familia que los claveles y las siléneas, aunque no lo parezca. Su área natural es muy concreta: el noroeste y centro-oeste de la Península Ibérica y el suroeste de Francia. Crece en Galicia, León, Zamora, Salamanca, el Sistema Central y el norte de Portugal, sobre suelos silíceos, en repisas rocosas, taludes, brezales y claros de bosque de montaña, entre unos 300 y 1.800 metros de altitud.

Ese origen explica todo su cultivo: es una planta de suelo ácido, pobre y con drenaje perfecto, acostumbrada a inviernos fríos y a veranos no excesivamente tórridos. El nombre del género viene del latín arena, por la afición del grupo a los terrenos arenosos.

Forma una mata perenne rastrera, densa, de 5 a 15 cm de altura y hasta 40 o 50 cm de diámetro, con tallos finos y algo leñosos en la base que se extienden y ramifican formando un cojín irregular. Las hojas son opuestas, muy pequeñas —de 5 a 15 mm—, lineares o lanceoladas, de un verde intenso algo grisáceo, y se mantienen todo el año: es perenne y siempreverde, lo que la hace útil también en invierno como cubierta.

Mata de Arenaria montana cubierta de flores blancas

La flor es lo que justifica cultivarla. Aparece solitaria o en grupos de dos o tres sobre pedúnculos cortos, tiene cinco pétalos blancos puros, redondeados y algo solapados, y mide de 1,5 a 2,5 cm de diámetro, un tamaño enorme en relación con la planta. En el centro destacan los estambres amarillos. La floración principal va de mayo a julio, con una duración de cuatro a seis semanas, y en años favorables repite ligeramente en septiembre.

Existe el cultivar 'Avalanche', seleccionado por su floración especialmente densa y por su porte compacto, que es el que se encuentra con más frecuencia en viveros.

Dónde encaja en el jardín

Es una planta de rocalla por definición. Sus usos naturales:

Entre piedras y en juntas de muros de piedra seca, donde encuentra el drenaje que necesita y donde su porte colgante luce mejor. Es una de las mejores especies para coronar un muro bajo y dejar que caiga por él.

Como tapizante en zonas pequeñas, bordes de macizo y primeras filas de arriate, siempre que el suelo sea suelto.

En maceta y jardinera, sola o combinada, y muy especialmente en cuencos anchos y bajos donde desborda por el borde.

En alcorques y bandas estrechas junto a caminos, donde otras plantas se ahogan por falta de tierra.

Combina bien con aubrietas, sedum, armerias, campanulas de rocalla, tomillos y con bulbos pequeños de primavera, que asoman entre el cojín antes de que este florezca.

Cuidados

Ubicación

A pleno sol en el norte peninsular, donde da su mejor floración. En el centro y el sur, y en general en cualquier lugar donde el verano pase habitualmente de 33-35 °C, conviene darle sol de mañana y sombra por la tarde. Es una planta de montaña atlántica y el calor seco del verano meseteño o mediterráneo la castiga: se apaga, adelgaza y a veces se pierde por el centro de la mata.

Este es, con diferencia, el factor que más limita su cultivo en España. En Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y las zonas de montaña del interior es una planta fácil. En Sevilla o Murcia es un reto que requiere sombra, drenaje impecable y algo de suerte.

Tierra

Tres condiciones, todas importantes. Ácida o neutra: no tolera bien la caliza y en suelos básicos amarillea. Muy drenante: arenosa, pedregosa, ligera. Y pobre: en tierra rica y fértil crece blanda, se ahíla y florece menos.

Una mezcla que funciona bien en maceta es dos partes de sustrato para plantas acidófilas, una parte de arena de sílice gruesa y una parte de grava fina o picón. En jardín, si el terreno es arcilloso, monta un lomo elevado con esa misma mezcla o instálala en rocalla con buena capa drenante debajo.

Un acolchado superficial de grava o gravilla alrededor del cuello no es un adorno: mantiene la base seca, evita que el follaje toque la tierra húmeda y previene la podredumbre, que es su principal causa de muerte.

Riego

Moderado y regular durante el crecimiento y la floración: en primavera, cuando no llueve, un riego por semana. En verano, dos por semana en clima cálido, siempre dejando secar la superficie entre riegos y regando al pie, sin mojar el follaje, para evitar hongos.

En invierno, riego escaso o nulo. La combinación de frío y sustrato encharcado le es letal; aguanta muchísimo mejor la sequedad invernal que el exceso de agua.

Abonado

Muy poco. Un abono de liberación lenta a media dosis en primavera, o un aporte ligero de materia orgánica bien madura, es todo lo que necesita. El guano, muy rico en fósforo, favorece la floración si se aplica en primavera de forma muy diluida, pero úsalo con mesura: es un abono concentrado y esta es una planta de suelo pobre a la que el exceso de nutrientes perjudica más que beneficia.

Guano, abono orgánico rico en fósforo apto para plantas de rocalla

Mantenimiento

Un recorte tras la floración, en julio, quitando las flores marchitas y rebajando ligeramente la mata, mantiene el porte compacto y evita que se abra por el centro. Es una operación de cinco minutos con unas tijeras y marca la diferencia entre una mata redonda y una mata con un agujero en medio a los tres años.

Cada tres o cuatro años conviene renovar la planta por división, porque el centro tiende a envejecer y a lignificarse.

Rusticidad

Excelente. Resiste heladas de hasta unos -15 °C sin daño, y siendo una planta de montaña ibérica es perfectamente rústica en toda la Península salvo, paradójicamente, en las zonas más cálidas, donde el problema es el verano y no el invierno. La nieve no le afecta.

Plagas y enfermedades

Poco atacada por insectos. Los caracoles y babosas son su enemigo más real, sobre todo en primavera y en zonas húmedas, y pueden arrasar los brotes tiernos en pocas noches; cerco de gravilla, trampas o fosfato férrico según convenga. El pulgón aparece ocasionalmente en los tallos florales.

El verdadero problema son los hongos de cuello y raíz en sustrato húmedo y compacto, especialmente en invierno o tras riegos por aspersión en verano. Cuando una mata empieza a amarillear y a morir por zonas, casi siempre es eso, y la prevención —drenaje, acolchado de grava, riego al pie— es la única defensa práctica.

Multiplicación

División de mata, el método más sencillo. En primavera temprana o a comienzos de otoño, levanta el cepellón y sepáralo en trozos con raíces, replantando de inmediato y regando. Los fragmentos de la periferia son más vigorosos que los del centro.

Esquejes de tallo de 4-5 cm tomados a finales de primavera o en verano, después de la floración, retirando las hojas inferiores y plantando en arena húmeda a la sombra. Enraízan en tres o cuatro semanas.

Semilla, sembrada en otoño en bandeja con sustrato arenoso y dejada al exterior para que reciba el frío invernal, que mejora bastante la germinación. Nace en primavera. También puede sembrarse en primavera con una estratificación previa de tres o cuatro semanas en nevera.

En resumen

Arenaria montana es una tapizante ibérica perenne y siempreverde que en mayo y junio desaparece bajo una masa de flores blancas grandes. Necesita suelo ácido, pobre y muy drenante, riego moderado en verano y prácticamente nulo en invierno, y un acolchado de gravilla para mantener seco el cuello. Aguanta hasta -15 °C sin problema; su límite no es el frío sino el calor estival, por lo que al sur del Sistema Central conviene plantarla a media sombra. Recórtala tras la floración para que no se abra por el centro, divídela cada tres o cuatro años y vigila los caracoles en primavera. Es la planta ideal para coronar un muro de piedra o rellenar una rocalla ácida.


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