El ciclamen que se vende por millones en otoño e invierno en cualquier centro de jardinería español es Cyclamen persicum, una especie de tubérculo originaria del Mediterráneo oriental (Turquía, Chipre, Líbano, Israel) y no de Persia, pese a lo que sugiere su nombre. Esa procedencia explica casi todo lo que hay que saber sobre él: es una planta de clima mediterráneo, adaptada a crecer y florecer durante el invierno húmedo y fresco, y a desaparecer bajo tierra durante el verano seco y caliente.

La mayoría de los ciclámenes que acaban en la basura mueren porque se los trata como plantas de interior convencionales: calefacción, riego constante y poca luz. Justo lo contrario de lo que piden.

Flores de Cyclamen persicum en tonos rosados

Qué es exactamente un ciclamen

Es una herbácea perenne tuberosa de la familia Primulaceae. El órgano de reserva es un tubérculo aplanado, con forma de disco o de bollo, que en Cyclamen persicum emite raíces por toda la superficie inferior y por los laterales. Este detalle importa a la hora de plantar: el tubérculo debe quedar con su parte superior asomando ligeramente sobre el sustrato, nunca enterrado del todo.

Las hojas son acorazonadas, largamente pecioladas, de un verde oscuro con jaspeados plateados o grisáceos que forman dibujos característicos de cada planta. Salen directamente del tubérculo formando una roseta densa.

Las flores son la firma del género: cinco pétalos reflejos, doblados hacia atrás, sobre un pedúnculo carnoso que se eleva por encima del follaje. Los colores van del blanco puro al rojo carmín, pasando por todos los rosas y malvas, y muchas variedades llevan un ojo más oscuro en la garganta. Existen formas de pétalo rizado, flecos y bicolores. Las variedades modernas se dividen a grandes rasgos en dos grupos comerciales: los de flor grande (planta de 25-30 cm, flores de 5-6 cm) y los llamados mini o midi, más compactos, que suelen aguantar mejor en interior porque proceden de cruces con material más rústico.

Un rasgo curioso: tras la polinización, el pedúnculo floral se enrolla en espiral como un muelle y acerca la cápsula al suelo, donde las semillas, provistas de un apéndice azucarado, son dispersadas por las hormigas.

El ciclo anual: la clave de todo

Si hay un solo dato que retener sobre esta planta es este: el ciclamen es de crecimiento invernal y reposo estival. En su hábitat, brota con las primeras lluvias de otoño, vegeta y florece durante el invierno y la primavera, y en cuanto el calor aprieta amarillea, pierde las hojas y pasa el verano seco como un tubérculo dormido bajo la hojarasca.

Por tanto, cuando en mayo o junio tu ciclamen se pone amarillo, no se está muriendo: se está durmiendo. Es el error de interpretación más frecuente. La reacción típica es regar más para "salvarlo", y ese exceso de agua sobre un tubérculo que ha dejado de absorber es lo que efectivamente lo mata, por pudrición.

El manejo correcto es acompañar el ciclo:

De septiembre-octubre a abril es la fase activa. Riego regular, luz abundante, fresco y abonado. Es cuando florece.

De mayo a agosto es el reposo. Se van reduciendo los riegos a medida que las hojas amarillean, hasta suprimirlos casi por completo. La maceta se deja en un lugar fresco, sombreado, ventilado y seco: el fondo de un patio, bajo un banco, en un trastero fresco. Un riego muy ligero cada tres o cuatro semanas basta para que el tubérculo no se deshidrate por completo.

A finales de agosto o principios de septiembre se reanuda el riego, se trasplanta si hace falta y la planta rebrota. La segunda floración suele ser algo menos espectacular que la de la planta recién comprada, pero llega y se mantiene.

Temperatura: el factor limitante

Cyclamen persicum quiere frío moderado. Su rango ideal en floración está entre 12 y 16 °C, con noches de 8-10 °C. Por encima de 20 °C sostenidos empieza a pasarlo mal: los pedúnculos se alargan y se doblan, las flores duran la mitad y la planta acaba entrando en reposo prematuro.

Es precisamente por eso que fracasa en tantos salones. Una vivienda española con calefacción a 21-22 °C y aire seco es un ambiente hostil para él. Si además se coloca sobre un radiador o cerca de una salida de aire caliente, no dura ni tres semanas.

En cuanto al frío, la especie tolera bien hasta unos 2-3 °C y soporta heladas muy ligeras y puntuales, pero no es rústica de verdad: por debajo de -2 o -3 °C las hojas y flores se dañan. En el litoral mediterráneo y en el sur peninsular puede vivir todo el invierno a la intemperie sin problemas; en el interior de la meseta o en zonas de montaña conviene protegerlo o entrarlo las noches de helada fuerte.

Luz

Necesita mucha luz, pero no sol directo intenso. La ubicación óptima en interior es junto a una ventana orientada al este o al norte, donde reciba claridad abundante durante todo el día. En invierno, el sol directo de una ventana al sur durante unas horas por la mañana no le hace daño e incluso favorece la floración, pero cuidado con el efecto invernadero detrás del cristal en días soleados.

En exterior, semisombra: bajo la copa de un árbol de hoja caduca, en un porche orientado al este o al norte, o entre arbustos. La sombra fresca es su sitio.

La falta de luz se detecta enseguida porque los peciolos se estiran, la roseta se abre y se descompone, y los capullos abortan sin llegar a abrirse.

Riego: por abajo y sin mojar el corazón

Aquí se concentra la mayor parte de los fracasos. El tubérculo del ciclamen y la base de los peciolos son extraordinariamente sensibles a la humedad estancada; si les cae agua encima y no se evapora rápido, aparece la pudrición del cuello, a menudo causada por Erwinia o por Fusarium, y la planta se viene abajo en pocos días.

La técnica correcta es el riego por inmersión o por platillo: se llena el plato con agua, se deja que el sustrato la absorba durante 15-20 minutos y se vacía el sobrante. Nunca dejar la maceta con el pie en agua permanentemente.

Si se riega desde arriba, hay que hacerlo por el borde de la maceta, apartando las hojas, y evitando absolutamente que caiga agua en el centro de la roseta.

La frecuencia en plena floración, en interior fresco, ronda los 2-3 riegos por semana, pero más vale guiarse por el peso de la maceta y por el tacto del sustrato que por el calendario. El sustrato debe estar fresco, no encharcado ni seco del todo. Un ciclamen sediento avisa: baja las hojas y las flores de golpe. Si se riega en ese momento se recupera en un par de horas, pero repetir el episodio varias veces le pasa factura.

Tampoco conviene pulverizar las hojas. El ambiente húmedo sobre el follaje favorece la botritis (Botrytis cinerea), que aparece como manchas pardas afelpadas y es el otro gran enemigo de la planta. Si se quiere subir la humedad ambiental, mejor una bandeja con arcilla expandida húmeda debajo de la maceta, sin que el fondo toque el agua.

Sustrato y trasplante

Sustrato suelto, aireado y con buen drenaje, de reacción ligeramente ácida a neutra (pH 5,5-6,5). Una mezcla que funciona bien es turba rubia o fibra de coco con un 25-30 % de perlita, más un puñado de arena gruesa. La turba sola compacta con el tiempo y retiene demasiada agua.

El trasplante se hace a finales de verano, al reanudar el riego, no durante la floración. Se pasa a una maceta un par de centímetros más ancha, con agujeros de drenaje amplios, y se coloca el tubérculo de forma que su tercio superior quede visible por encima del sustrato. Enterrarlo del todo es un billete directo a la pudrición.

Ojo también con las macetas decorativas sin agujero en las que vienen envueltos muchos ciclámenes de regalo. O se les hace un agujero, o se saca la maceta de plástico para regar y se devuelve escurrida.

Abonado

Durante la fase activa, un abono líquido para plantas de flor, rico en potasio y con microelementos, cada 15 días a la mitad de la dosis indicada en el envase. El exceso de nitrógeno produce mucha hoja tierna, blanda, atractiva para los pulgones, y poca flor.

Se suspende por completo el abonado cuando la planta empieza a amarillear en primavera y no se reanuda hasta el rebrote de otoño.

Mantenimiento durante la floración

Las flores marchitas y las hojas amarillas no se cortan con tijera. Se retiran tirando del pedúnculo con un movimiento firme y un pequeño giro, de modo que salgan enteros desde la base. Un trozo de tallo cortado que queda pudriéndose sobre el tubérculo es una puerta de entrada para los hongos.

Retirar lo marchito con regularidad no es solo estética: estimula la emisión de nuevos capullos y reduce mucho el riesgo de botritis. Una planta bien limpia y bien ventilada puede estar en flor de noviembre a marzo sin interrupción.

Plagas y problemas frecuentes

Pulgón. Coloniza los capullos y los peciolos tiernos, sobre todo si se ha abusado del nitrógeno. Se trata con jabón potásico o con un insecticida específico, insistiendo en el envés.

Araña roja. Aparece con calor y aire seco, precisamente las condiciones que no le convienen a la planta. Provoca un punteado amarillento y aspecto polvoriento en el envés. Su presencia suele indicar que la planta está demasiado caliente.

Trips y ácaro del ciclamen. Este último (Phytonemus pallidus) es microscópico y deforma las hojas nuevas y los capullos, que salen arrugados y no abren. Es difícil de controlar en casa; a menudo lo más razonable es descartar la planta.

Hojas amarillas en pleno invierno. Casi siempre exceso de riego o exceso de temperatura. Revisa primero el plato y luego el termómetro.

La planta se desploma entera y no se recupera al regar. Es el cuadro típico de pudrición del tubérculo. Sácalo de la maceta: si está blando y huele mal, no hay solución.

El ciclamen en el jardín

En zonas de clima suave —litoral mediterráneo, Andalucía, Canarias, franja atlántica sin heladas fuertes— Cyclamen persicum se puede plantar directamente en el jardín, en semisombra y en suelo bien drenado, incluso calizo y pedregoso. Da un resultado excelente en macizos de temporada otoño-invierno, en jardineras de balcón y en rocallas, combinado con prímulas, pensamientos o brezos.

Para quien vive en zonas más frías conviene conocer una alternativa: existen ciclámenes verdaderamente rústicos, de flor mucho más pequeña pero resistentes a heladas de -10 °C o más. Cyclamen hederifolium florece a finales de verano y en otoño, antes de emitir las hojas; Cyclamen coum lo hace en pleno invierno, de enero a marzo. Ambos se naturalizan solos bajo los árboles, se resiembran y forman con los años manchas espectaculares sin ningún cuidado. Para un jardín de interior peninsular son mucha mejor opción que el persicum.

En resumen

El Cyclamen persicum no es una planta difícil, es una planta mal ubicada. Pide fresco (12-16 °C), mucha luz sin sol abrasador, riego por el plato sin mojar el tubérculo y sustrato drenante con el tubérculo asomando. Florece cuando el resto del jardín está parado, de noviembre a marzo, y en primavera se duerme: si respetas ese reposo estival manteniéndolo seco, fresco y a la sombra, rebrotará cada otoño durante muchos años. Si vives donde hiela con frecuencia y lo quieres para el jardín, planta Cyclamen hederifolium o Cyclamen coum en lugar de este.


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