Los Pleiospilos son suculentas que llevan el mimetismo al extremo: dos pares de hojas gruesas, grisáceas y salpicadas de puntitos oscuros que, plantadas entre grava, resultan indistinguibles de un canto rodado partido. De ahí su nombre inglés, split rock, piedra partida. Luego, en pleno otoño, ese guijarro se abre por el centro y saca una flor amarilla o anaranjada que puede ser más grande que la propia planta.

Son plantas de cultivo fácil si se entiende su calendario, y de muerte segura si se tratan como una suculenta cualquiera. La mayoría de los ejemplares que se pierden no mueren por descuido, sino por exceso de cuidados aplicados en el mes equivocado.

Ejemplar de Pleiospilos con sus hojas carnosas grisáceas

Qué es un Pleiospilos

Pleiospilos es un género de la familia Aizoaceae, la misma de los Lithops, los Conophytum y las uñas de gato. Son originarios de las regiones semiáridas del Karoo, en Sudáfrica, donde crecen semienterrados entre pedregal, con precipitaciones anuales muy escasas y una estación seca larguísima.

La especie que se encuentra en cualquier vivero es Pleiospilos nelii, con un cuerpo casi esférico formado por dos hojas hemisféricas de 5 a 8 cm, de color verde grisáceo o pardo, con puntitos translúcidos que son cavidades llenas de savia. Existe un cultivar muy difundido, 'Royal Flush', de tono púrpura rojizo y flores magenta, que se cuida exactamente igual. También se cultivan Pleiospilos bolusii, con hojas más angulosas y de aspecto casi triangular, y Pleiospilos compactus, más alargado y con tendencia a formar grupos.

La flor aparece del final del verano al otoño, entre septiembre y noviembre en la península. Es una flor grande, de 5 a 7 cm, con muchísimos pétalos finos, que abre a media tarde y cierra al anochecer durante varios días seguidos. Muchos ejemplares desprenden un aroma dulzón que recuerda al coco.

El ciclo anual: la clave de todo

Antes de hablar de riegos y sustratos hay que entender cómo funciona esta planta, porque de ahí se deducen todos los cuidados.

Un Pleiospilos produce, en condiciones normales, un solo par de hojas nuevas al año. Ese par nace del interior de la hendidura y crece consumiendo el agua y las reservas del par viejo, que se va arrugando, adelgazando y secando hasta quedar reducido a dos membranas de papel a los lados del cuerpo nuevo. El proceso ocurre a lo largo del invierno y la primavera.

La consecuencia práctica es determinante: mientras el par viejo se está reabsorbiendo, la planta no necesita agua, porque ya la tiene dentro. Si se riega en ese momento, el par viejo no se seca, se queda hinchado, y la planta acaba con dos, tres o cuatro pares de hojas apilados. El resultado es un ejemplar deforme, blando, que crece hacia arriba en vez de compactarse y que se pudre a la primera de cambio. Es el error número uno con este género.

El calendario aproximado en clima peninsular queda así:

Verano (junio-agosto). Reposo por calor. La planta se detiene. Sin riego o casi.
Otoño (septiembre-noviembre). Despertar y floración. Es cuando más agua admite.
Invierno (diciembre-febrero). Crecimiento del par nuevo y reabsorción del viejo. Riego mínimo o nulo.
Primavera (marzo-mayo). Final de la reabsorción. Riegos muy espaciados hasta que el par viejo esté seco como el papel; después, se corta.

Riego

Con lo anterior en la cabeza, la norma es simple: riega abundantemente pero pocas veces, y solo cuando la planta está en fase activa.

En otoño, un riego a fondo cada dos o tres semanas, empapando el sustrato hasta que salga agua por el drenaje y dejándolo secar del todo antes del siguiente. En invierno, si la planta está en interior fresco o en invernadero, uno al mes escaso, y ninguno si el par viejo todavía está gordo. En primavera se va reduciendo, y en verano lo mejor es no regar en absoluto durante las semanas de más calor; si el ejemplar es pequeño o está en maceta muy diminuta, un chorrito ligero cada tres o cuatro semanas para que no se deshidrate del todo.

La señal de que la planta pide agua es que las hojas pierden turgencia y se arrugan ligeramente en la base. Una planta hinchada y tersa no necesita nada. Y una planta que se abre por la mitad, con las dos hojas separándose hacia los lados y aplastándose contra el sustrato, está diciendo que sobra agua.

Riega siempre por la mañana, y mejor por inmersión de la maceta o dirigiendo el agua al sustrato, evitando que quede encharcada la hendidura central.

Sustrato y maceta

El sustrato de "cactus y crasas" que se vende embolsado no sirve tal cual para Pleiospilos: retiene demasiada humedad. Hay que mineralizarlo.

Una mezcla que funciona bien es 70-80 % de material mineral y 20-30 % de materia orgánica. Como mineral valen la pumita, la arena de sílice gruesa (de 2 a 5 mm, nunca arena de playa ni de albañilería fina), el picón o lapilli volcánico, la akadama o la arcilla expandida machacada. Como parte orgánica, sustrato de cactus o turba con perlita, en poca proporción. La textura final debe quedar suelta, sin apelmazarse al apretarla con la mano mojada.

La maceta debe ser profunda más que ancha: Pleiospilos nelii desarrolla una raíz principal engrosada que en la naturaleza baja bastante. Un tiesto de 10-12 cm de profundidad para un ejemplar adulto es razonable. El barro sin esmaltar es preferible al plástico porque evapora por las paredes y perdona errores de riego. Agujero de drenaje amplio, siempre, y sin plato con agua debajo jamás.

Un acabado de grava gruesa en superficie, de 1 cm de espesor, mantiene el cuello seco, reduce la proliferación de mosquitas del sustrato y, de paso, refuerza el efecto de piedra entre piedras.

Luz y temperatura

Necesita sol directo, y mucho. Con poca luz se estira, las hojas se alargan, pierden el jaspeado y la planta pierde el aspecto compacto que la hace interesante. En interior, solo prospera pegado a una ventana orientada al sur; a un metro de esa ventana ya se ahíla.

El matiz importante para el clima español: en el interior peninsular y en el sur, el sol directo de julio y agosto a mediodía puede quemarlo, sobre todo si la planta viene de invernadero o si se riega justo antes de una ola de calor. Una malla de sombreo del 30-40 % en esos dos meses, o un emplazamiento con sol de mañana y sombra de tarde, resuelve el problema. En primavera y otoño, todo el sol que se le pueda dar.

En cuanto al frío, tolera bien los inviernos secos y frescos, que además favorecen la compactación. Aguanta sin problema temperaturas de 5 °C y, en sustrato completamente seco, breves bajadas hasta cerca de 0 °C. No expongas la planta a heladas con el sustrato húmedo: la combinación de frío y agua es lo que revienta los tejidos. En la costa mediterránea puede vivir todo el año a la intemperie bajo alero; en la meseta y en el norte, lo sensato es entrarlo a un porche o galería fría y sin riego durante el invierno.

Abonado, trasplante y multiplicación

Abonado. Es una planta de suelos pobres y el exceso de fertilizante la hincha y la vuelve blanda. Basta con uno o dos aportes al año, en otoño, con abono para cactáceas bajo en nitrógeno y a la mitad de la dosis de la etiqueta. Nada de abono en verano ni en pleno invierno.

Trasplante. Cada tres o cuatro años, al final del verano o principio de otoño, justo antes de que arranque el crecimiento. Saca el cepellón, retira el sustrato viejo, revisa las raíces y corta las secas o podridas. Replanta y no riegues durante una semana o diez días, para que cicatricen las heridas de las raíces. Regar inmediatamente tras un trasplante es la segunda causa de pérdida más común.

Multiplicación. Por semilla es el método habitual y no es difícil: se siembra en verano o principio de otoño, a voleo sobre sustrato mineral fino, sin cubrir o apenas espolvoreando arena, con el tiesto tapado para mantener humedad y a 20-25 °C. Germina en una o dos semanas. Las plántulas se cultivan sin dejarlas secar del todo durante el primer año, que es la única etapa en la que el riego es más frecuente. También se pueden separar las cabezas de los ejemplares viejos que han formado grupo, con corte limpio, dejando secar la herida dos o tres días antes de plantar.

Problemas más habituales

La planta se abre y se aplasta. Exceso de agua, casi siempre combinado con poca luz. Suspende el riego y busca más sol. Si la base está blanda y translúcida, la pudrición ya ha empezado y solo cabe intentar salvar la parte alta como esqueje.

Hojas apiladas en varios pares. Se ha regado durante la reabsorción invernal. No tiene arreglo retroactivo, pero corrigiendo el calendario la planta vuelve a un solo par en una o dos temporadas.

Manchas pardas hundidas en la cara al sol. Quemadura. Sombrea en verano y no muevas de golpe una planta de interior a pleno sol de junio.

Cochinilla algodonosa en la hendidura o en las raíces. Es la plaga típica del género y se esconde justo en el pliegue central. Se trata con alcohol isopropílico aplicado con bastoncillo, o con aceite de neem en pulverización fina, siempre sin sol directo. Revisa las raíces en cada trasplante, porque la cochinilla radicular pasa desapercibida hasta que la planta se para.

No florece. Falta de luz, exceso de abono nitrogenado o riegos de verano que impiden el reposo. Un verano seco y luminoso es lo que dispara la floración de otoño.

En resumen

El Pleiospilos no pide atención, pide sincronía. Riega a fondo y espaciado en otoño, que es cuando crece y florece; retira el agua en invierno mientras el par de hojas nuevo se come al viejo; mantenlo prácticamente seco en verano. Súmale un sustrato con al menos un 70 % de mineral, una maceta profunda con buen drenaje y todo el sol que puedas darle salvo en los dos meses más duros del estío.

Si al final de la primavera tu planta tiene un solo par de hojas gordas y compactas con dos membranas secas a los lados, lo estás haciendo bien. Si tiene tres pares apilados y blandos, sobra riego. Es una regla de diagnóstico que se ve de un vistazo y que resume casi todo lo que hay que saber de este género.


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