En un vivero puedes encontrar la misma planta etiquetada como «cardo mariano», Silybum marianum, «cardo lechero» o «cardo de María». Tres de esos nombres cambian según la región y uno no cambia en ningún sitio del mundo. Entender por qué, y aprender a leer una etiqueta botánica completa, es probablemente la habilidad que más rentabiliza el tiempo de cualquier aficionado a las plantas.

No hace falta saber latín. Basta con conocer la estructura del sistema y unas cuantas raíces que se repiten hasta la saciedad.

Por qué el nombre común no basta

El nombre popular tiene dos defectos graves. El primero es que una misma planta recibe nombres distintos según la comarca. El segundo, más peligroso, es que un mismo nombre designa plantas distintas.

El caso clásico en España es el «geranio». En el lenguaje corriente llamamos geranios a las plantas de balcón de flores rojas o rosas, que botánicamente son Pelargonium, mientras que el género Geranium agrupa a plantas muy diferentes, muchas de ellas vivaces rústicas de jardín. Confundirlos lleva a errores prácticos: los Pelargonium son sensibles a la helada y los Geranium de jardín aguantan inviernos duros sin inmutarse.

Ocurre lo mismo con «pino», que en el habla común incluye abetos y cipreses; con «malvavisco», con «laurel» o con «acacia». Y con las plantas tóxicas el asunto deja de ser académico: quien busca «cicuta» puede encontrar tres especies distintas, dos de ellas mortales.

La nomenclatura binomial: género y epíteto

El sistema que usamos hoy lo formalizó Carl von Linné en el siglo XVIII. Cada especie recibe un nombre de dos palabras: el género, que se escribe con mayúscula inicial, y el epíteto específico, siempre en minúscula. El conjunto va en cursiva, o subrayado si se escribe a mano.

Así, Rosmarinus officinalis es el romero. Rosmarinus es el género, que agrupa especies emparentadas; officinalis es el epíteto que distingue esta especie de las demás de su género. Ninguna otra especie del mundo se llama Rosmarinus officinalis, y ese es todo el objetivo del sistema: un nombre, una planta, en cualquier idioma.

El género nunca va solo en cursiva por capricho tipográfico. Es la convención internacional recogida en el Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas, y respetarla es lo que hace que un texto se lea sin ambigüedad.

Qué significan los apellidos que van después

En una etiqueta de vivero rara vez aparecen solo dos palabras. Conviene saber leer el resto:

subsp. (subespecie) y var. (variedad) señalan poblaciones naturales con rasgos propios dentro de una especie. Se escriben en redonda, y lo que sigue en cursiva: Olea europaea var. sylvestris es el acebuche, el olivo silvestre.

El nombre entre comillas simples y en redonda es un cultivar, es decir, una selección obtenida y mantenida por el ser humano: Lavandula angustifolia 'Hidcote'. Aquí está la información que más importa en la práctica, porque dos cultivares de la misma especie pueden diferir en porte, color, resistencia al frío o época de floración.

El signo × indica híbrido. Mentha × piperita es la menta piperita, híbrido entre Mentha aquatica y Mentha spicata. Que sea híbrido explica por qué no da semilla fértil y hay que multiplicarla por esqueje.

El apellido final abreviado es el autor que describió la especie. La «L.» de Bellis perennis L. remite a Linné. Es información para botánicos; puedes ignorarla sin perjuicio.

sp. significa una especie no identificada del género, y spp. se refiere a varias o a todas las del género. Ninguna de las dos va en cursiva.

Cardo mariano visto de cerca

Los epítetos te están dando información útil

El epíteto no es decorativo: casi siempre describe algo de la planta, de su origen o de su comportamiento. Reconocer una docena te permite deducir cosas de una especie que ves por primera vez.

Sobre el hábitat y las condiciones, que es lo que más ayuda al cultivo: sylvestris (de bosque), arvensis (de campo de cultivo), maritima (de costa, tolera salinidad), palustris (de zonas encharcadas, quiere humedad constante), montana o alpina (de altura, suele implicar rusticidad al frío y mala tolerancia al calor húmedo), saxatilis (de roca, exige drenaje extremo).

Sobre el aspecto: alba (blanca), rubra (roja), nigra (negra), grandiflora (de flor grande), macrophylla (de hoja grande), repens o reptans (rastrera, tapizante), nana (enana), pendula (de ramas colgantes), tomentosa (cubierta de pelo, rasgo típico de plantas adaptadas a la sequía).

Sobre el uso o el origen: officinalis indica uso medicinal reconocido en las antiguas oficinas de farmacia; sativa o sativus, que es una especie cultivada; vulgaris o communis, que es la especie común del género; japonica, chinensis, hispanica o canariensis, su procedencia geográfica.

Con esto, un nombre como Cistus albidus ya te dice que es una jara de aspecto blanquecino, y Nymphaea alba que es un nenúfar blanco de aguas quietas.

Por qué los nombres cambian y qué hacer con eso

Una queja frecuente es que los nombres científicos «tampoco son estables». Es cierto en parte: el análisis genético de las últimas décadas ha reorganizado géneros enteros. El caso más conocido en España es el del romero, que pasó de Rosmarinus officinalis a Salvia rosmarinus al comprobarse que estaba anidado dentro del género Salvia. Muchas crasuláceas, y buena parte de las antiguas Chrysanthemum, han sufrido el mismo destino.

Para el cultivo esto tiene poca consecuencia práctica: la planta es la misma y los cuidados no cambian. El nombre antiguo queda como sinónimo y los catálogos suelen recogerlo. Si necesitas comprobar cuál es el nombre aceptado hoy, los repertorios de referencia (POWO, del Real Jardín Botánico de Kew, o Flora Iberica para la flora peninsular) resuelven la duda en un minuto.

En resumen

El nombre común sirve para hablar en el mercado; el nombre botánico sirve para no equivocarse. Aprende a leer la etiqueta completa: género en cursiva y mayúscula, epíteto en cursiva y minúscula, cultivar entre comillas simples y en redonda, × para híbridos, subsp. y var. para variantes naturales. Memoriza una docena de epítetos frecuentes y podrás deducir el hábitat y el porte de plantas que no conoces. Y cuando compres, fíjate sobre todo en el cultivar: es el dato que más determina cómo se comportará la planta en tu jardín.


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