No existe ninguna prueba de campo que permita averiguar si una planta silvestre se puede comer. Ni por el olor, ni por el sabor, ni frotándola en la piel, ni observando qué comen los animales. La única vía fiable es identificar la especie con nombre y apellido y saber de antemano que esa especie es comestible, en qué parte y de qué manera. Todo lo demás son atajos, y algunos de esos atajos han matado gente.

Conviene decirlo de entrada porque el desconocimiento aquí no se paga con una planta mustia. En la península hay especies capaces de provocar una intoxicación grave con la cantidad que cabe en una ensalada, y varias de ellas crecen en cunetas, ribazos y arroyos por los que se pasea cualquier domingo.

Por qué la "prueba universal de comestibilidad" no sirve

Circula en manuales de supervivencia un protocolo que consiste en frotar la planta en la muñeca, después en el labio, luego en la lengua, esperar unas horas, tomar un bocado pequeño, esperar de nuevo, y así hasta darla por buena. Suena razonable. Es peligroso por tres motivos concretos.

Muchos tóxicos vegetales no dan aviso inmediato. Los glucósidos cardiotónicos de la digital (Digitalis purpurea) o de la adelfa (Nerium oleander) no producen quemazón ni ardor en la boca; los síntomas cardíacos aparecen horas después, cuando ya se ha absorbido la dosis. Con las amanitas mortales ocurre lo mismo y aún peor: el periodo de latencia supera las seis horas.

La dosis tóxica de algunas especies es minúscula. Con Oenanthe crocata, el nabo del diablo, que crece en arroyos y acequias de toda la mitad norte y del oeste peninsular y cuya raíz tiene sabor dulzón y agradable, un trozo pequeño basta para provocar convulsiones. Un "bocado de prueba" no es una cantidad segura.

El sabor no correlaciona con la toxicidad. La achicoria, el diente de león o la endibia son amargos y perfectamente comestibles. La cicuta (Conium maculatum) huele desagradable, sí, pero la raíz de Oenanthe sabe a chirivía y las bayas de belladona (Atropa belladonna) son dulces. Es justamente lo que explica las intoxicaciones infantiles.

Los mitos que hay que tirar a la basura

"Si los pájaros lo comen, yo puedo comerlo." Falso y peligroso. Los mirlos comen el arilo del tejo (Taxus baccata) y dispersan las semillas intactas; esas semillas contienen taxinas y son letales para una persona. Las aves ingieren frutos de aligustre, de dulcamara o de acebo sin problema, y todos ellos son tóxicos para nosotros. El metabolismo de un ave no es el nuestro.

"El látex blanco indica veneno." Es un buen indicio de precaución, no una regla. Todas las Euphorbia —lechetreznas, la flor de Pascua, los cactus-euforbia de jardín— tienen un látex irritante que puede provocar quemaduras en la piel y lesiones graves si llega al ojo. Pero la higuera, la lechuga y el diente de león también sueltan látex y se comen sin más.

Euphorbia con látex blanco, planta irritante

"Hervir elimina los tóxicos." A veces. La cocción destruye las lectinas de las judías crudas, reduce oxalatos si se descarta el agua y elimina buena parte de los compuestos cianogénicos volátiles. No hace nada contra los alcaloides tropánicos de la datura, ni contra la digitoxina, ni contra las amatoxinas de las setas. Cocer una planta que no has identificado no la vuelve segura.

"Si es una flor bonita de campo, como mucho me sentará mal." El vuelco de estómago no es el riesgo principal. Muchas de las plantas más peligrosas de nuestra flora tienen flores llamativas: la digital, la adelfa, el estramonio, el cólquico.

"Lo silvestre es más sano que lo cultivado." Lo silvestre no está seleccionado para el consumo humano. Y además crece donde crece: cunetas con residuos de vehículos, márgenes de campos tratados con herbicidas, terrenos con excrementos de perro o de ganado.

Cómo se identifica de verdad una planta

Identificar no es reconocer una hoja parecida a la de una foto. Es comprobar varios caracteres diagnósticos a la vez hasta llegar a la especie, y contrastar activamente con las especies tóxicas que se le parecen.

Lo que hay que mirar, como mínimo:

El porte y el tipo de tallo: herbácea o leñosa, tallo hueco o macizo, sección redonda o angulosa, liso o con pelos, con o sin manchas. La cicuta, por ejemplo, tiene el tallo hueco, glabro y con manchas rojizas o púrpuras características en la base, un rasgo que no aparece en las umbelíferas comestibles con las que se confunde.

La disposición de las hojas: alternas, opuestas o en verticilo; simples o compuestas; el tipo de borde; si abrazan el tallo o tienen peciolo; si hay vaina envolvente.

La inflorescencia: número de pétalos, simetría de la flor, si es umbela, espiga, capítulo o racimo. La familia se decide casi siempre aquí.

El olor al estrujar una hoja, que es un carácter muy útil en labiadas, umbelíferas y aliáceas, aunque nunca sea prueba suficiente por sí solo.

El hábitat, la altitud y la época. Una planta identificada como especie que no vive en tu zona ni florece en esa fecha está mal identificada.

Trabaja con una flora regional o una guía de campo seria, y usa las aplicaciones de identificación por foto sólo como punto de partida. Estas aplicaciones fallan con regularidad justo donde más importa: en géneros con especies muy similares y en material sin flor. Una propuesta de la app no es una identificación.

Los géneros y familias donde nunca hay que improvisar

Las umbelíferas (Apiaceae). Aquí conviven la zanahoria silvestre, el hinojo y el perejil con la cicuta (Conium maculatum), la cicuta menor (Aethusa cynapium) y el nabo del diablo (Oenanthe crocata), que es probablemente la planta más tóxica de la flora ibérica. Todas ellas son hierbas de hoja finamente dividida con flores blancas en umbela. Si no eres capaz de separar unas de otras con criterios firmes, la norma sensata es no recolectar ninguna umbelífera silvestre.

Las solanáceas. Belladona (Atropa belladonna), estramonio (Datura stramonium), beleño (Hyoscyamus niger), dulcamara (Solanum dulcamara). Los alcaloides tropánicos que contienen producen cuadros neurológicos serios con cantidades pequeñas, y el estramonio es abundante en escombreras y bordes de camino de media España.

Los bulbos con hoja de aspecto alargado. La confusión clásica y bien documentada en Europa es la del ajo de oso (Allium ursinum) con el cólquico (Colchicum autumnale) o con Arum italicum. La colchicina no tiene antídoto y el cuadro es de mortalidad alta. El ajo de oso huele intensamente a ajo al frotar la hoja; el cólquico no huele a nada. Esa es la comprobación, y hay que hacerla hoja por hoja, no de la mata entera.

Cualquier planta ornamental de jardín. Adelfa, ricino (Ricinus communis), tejo, aro, evónimo, hortensia, cala, dieffenbachia. Ninguna se come, por mucho que las hojas parezcan tiernas. La adelfa es especialmente traicionera porque conserva la toxicidad seca, y ha habido intoxicaciones por usar sus ramas como brochetas o por quemarla y respirar el humo.

Cuidado con los frutos

Los frutos concentran el problema porque son atractivos, sabrosos y se comen sin cocinar, muchas veces por niños que no preguntan.

Empecemos por la falsedad más extendida: no existe una regla de color. Se repite que las bayas rojas son peligrosas y las azules o negras seguras, y no se sostiene ni en un sentido ni en el otro. Son rojas la fresa silvestre y el madroño, comestibles; y son rojas las del tejo, el aro y la nueza, tóxicas. Son negras las moras y los arándanos, y también las de la belladona y las del aligustre.

Casos concretos que conviene tener presentes:

Tejo (Taxus baccata). La pulpa roja y carnosa del arilo es la única parte no tóxica del árbol, pero la semilla que hay dentro es letal y las hojas también. No es un fruto para recolectar.

Saúco (Sambucus nigra). Las flores y los frutos bien maduros y cocinados se usan tradicionalmente. Los frutos crudos, verdes, y los tallos y hojas contienen glucósidos cianogénicos y provocan vómitos y diarreas. Además hay que distinguirlo del yezgo (Sambucus ebulus), que es herbáceo, no leñoso, y bastante más tóxico.

Bellotas (Quercus). Sí se comen, y se han comido mucho en la península en épocas de escasez, pero no directamente del árbol en la mayoría de las especies: los taninos las hacen astringentes y agresivas para el aparato digestivo. El procesado tradicional consiste en pelarlas, trocearlas y lavarlas en varias aguas, o hervirlas cambiando el agua hasta que deja de teñirse, antes de tostarlas o molerlas. Las de encina (Quercus ilex) suelen ser más dulces que las de roble (Quercus robur).

Bellotas de Quercus robur en la rama

Huesos y pepitas de rosáceas. Las semillas de albaricoque, melocotón, cereza, ciruela y manzana contienen amigdalina, que libera cianuro al digerirse. Una pepita tragada sin masticar no pasa nada; comer un puñado de almendras amargas o de semillas de hueso machacadas sí es un problema real.

Frutos verdes de solanáceas cultivadas. El tomate inmaduro, las hojas de tomatera y de patatera, y las patatas verdes o germinadas contienen solanina. Una patata con zonas verdes se pela generosamente o se descarta.

Silvestres comestibles fáciles de reconocer

Con lo anterior en mente, hay un puñado de especies comunes en España con caracteres tan claros y sin sosias peligrosos que constituyen un buen punto de partida.

Ortiga (Urtica dioica, U. urens). Inconfundible por el picor. Se recolectan los brotes tiernos con guantes y basta escaldarlas o cocerlas un minuto para que pierdan el efecto urticante. Excelentes en crema o en tortilla.

Diente de león (Taraxacum officinale). Roseta basal de hojas dentadas, capítulo amarillo solitario sobre un escapo hueco y con látex. Hojas jóvenes en ensalada; las viejas amargan mucho.

Collejas (Silene vulgaris). Clásicas en la cocina manchega y aragonesa. El cáliz inflado en forma de vejiga las delata sin lugar a dudas.

Verdolaga (Portulaca oleracea). Rastrera, de tallos rojizos carnosos y hojas suculentas en forma de espátula. Se come cruda o guisada.

Acedera (Rumex acetosa). Hojas sagitadas de sabor ácido inmediato. Buena en pequeña cantidad; su contenido en oxalatos desaconseja comerla a diario o en gran volumen, especialmente si hay antecedentes de cálculos renales.

Malva (Malva sylvestris) y borraja (Borago officinalis), ambas de uso tradicional bien asentado.

Sobre los berros silvestres (Nasturtium officinale) hay que hacer una advertencia que se omite a menudo: son comestibles, pero los que crecen en arroyos por los que pasa ganado pueden portar metacercarias de Fasciola hepatica, un parásito que causa fasciolasis hepática y que sigue registrándose en España. Los berros de recolección silvestre conviene comerlos cocinados, no crudos en ensalada.

Precauciones que no se saltan nunca

Si no tienes certeza absoluta, no lo comas. "Creo que es" y "se parece mucho a" no valen. Es la única regla que no admite excepción.

Una especie no es comestible en bloque. Casi siempre lo es una parte y en un estado concreto: los brotes tiernos, el fruto maduro, el tubérculo cocido. El ruibarbo es el ejemplo de manual, con peciolos comestibles y hojas cargadas de oxalatos.

Mira dónde recolectas. Evita cunetas de carreteras, márgenes de cultivos tratados, suelos de antiguas actividades industriales y los primeros treinta centímetros junto a caminos muy transitados por perros. Y no recolectes en espacios naturales protegidos sin conocer su normativa.

Prueba poca cantidad la primera vez, incluso con una especie correctamente identificada. Las intolerancias y las reacciones alérgicas individuales existen, y algunas plantas perfectamente comestibles sientan mal a según quién.

Ojo con embarazo, lactancia, niños y medicación. Varias silvestres de uso común interfieren con anticoagulantes o están desaconsejadas en el embarazo.

Guarda un ejemplar entero. Si vas a probar algo nuevo, conserva una muestra completa con hojas, flor y raíz. En caso de intoxicación es lo que permite al servicio médico identificar la planta y decidir el tratamiento. En España, el Instituto Nacional de Toxicología atiende consultas por teléfono las 24 horas.

Ante síntomas, no esperes. Vómitos, alteraciones de la visión, palpitaciones, confusión, sequedad de boca intensa o convulsiones tras haber comido una planta silvestre son motivo de urgencias inmediatas, no de esperar a ver si se pasa.

En resumen

Saber si una planta es comestible no se resuelve con trucos de campo: se resuelve identificando la especie con caracteres diagnósticos —tallo, hojas, flor, olor, hábitat, época— y sabiendo de antemano que esa especie, esa parte y esa preparación son seguras. Olvida la prueba del bocado, lo que comen los pájaros, el color de las bayas y la idea de que hervir neutraliza cualquier veneno. Desconfía por sistema de las umbelíferas, de las solanáceas, de los bulbos con hoja alargada y de todo lo ornamental. Empieza por unas pocas especies inconfundibles como la ortiga, la colleja o la verdolaga, recolecta lejos de cunetas y cultivos tratados, prueba cantidades pequeñas y, ante la mínima duda, deja la planta donde está.


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