Los bordes secos y quebradizos de las hojas de una calatea rara vez significan sed. Casi siempre son la firma de dos cosas que van juntas en una casa española: el agua del grifo cargada de cal y de flúor, y el aire reseco que deja la calefacción de noviembre a marzo. Entender eso resuelve la mitad de los problemas de esta planta; el resto es cuestión de luz y de riego con cabeza.

Bajo el nombre de calatea se venden plantas de los géneros Calathea y Goeppertia, de la familia de las marantáceas, originarias del sotobosque tropical de Sudamérica, sobre todo de la cuenca del Amazonas y de Brasil. Esa procedencia lo explica todo: viven a media sombra, bajo la copa de árboles altos, con temperatura estable, humedad ambiental alta y un suelo que nunca llega a secarse del todo ni a encharcarse.

Hojas de calatea con su dibujo característico

Se cultiva por la hoja, no por la flor

Conviene deshacer un malentendido bastante extendido: la calatea no es una planta de flor. En interior, las variedades más habituales apenas florecen, y cuando lo hacen sacan una espiga discreta que pasa desapercibida. La excepción es Calathea crocata, la llamada calatea eterna, que sí produce unas brácteas naranjas muy vistosas, y en menor medida Calathea lancifolia o Calathea warscewiczii. Si has comprado una calatea esperando flores llamativas, el atractivo real está en el envés púrpura y en el dibujo de la lámina.

Las más comunes en vivero español son Calathea makoyana, de hoja fina y translúcida; Calathea orbifolia, de hojas grandes y redondeadas con franjas plateadas; Calathea roseopicta, con el borde rosado; Calathea zebrina, aterciopelada; y Calathea lancifolia, la de hoja alargada y ondulada. Todas piden lo mismo, con matices: la orbifolia y la makoyana son las más exigentes con la humedad ambiental, y la lancifolia es la que mejor perdona a un principiante.

Otro detalle que sorprende: las hojas se levantan por la noche y vuelven a abrirse de día. Es un movimiento llamado nictinastia, controlado por un engrosamiento en la base del peciolo llamado pulvínulo. No es un síntoma de nada, es su ritmo normal. Ahora bien, si las hojas siguen cerradas y enrolladas a media mañana, ahí sí hay un aviso de sed o de exceso de luz.

Luz: mucha claridad, ningún rayo directo

La calatea quiere luz abundante pero filtrada. Una ventana orientada al norte le va perfectamente. En orientación este aguanta bien el sol suave de primera hora. En sur y oeste hay que retranquearla un metro o dos de la ventana, o dejar una cortina fina de por medio, porque el sol directo del mediodía peninsular le quema la hoja en cuestión de horas y le decolora el dibujo hasta dejarlo lavado.

El error opuesto también existe. Puesta en un rincón oscuro sobrevive, pero pierde contraste, alarga los peciolos y saca hojas cada vez más pequeñas. Si no puedes leer un libro cómodamente en ese punto sin encender la luz, es demasiado poco para ella.

El agua importa más que la frecuencia

Aquí es donde se tuercen más calateas. La calatea es sensible al flúor, al cloro y a las sales disueltas del agua de red, que se acumulan en el sustrato y queman la punta y el margen de la hoja. Dejar reposar el agua en un cubo una noche elimina algo de cloro, pero no elimina ni el flúor ni la cal: es una precaución que se repite mucho y que sirve menos de lo que se cree.

Lo que sí funciona es cambiar de agua. Agua de lluvia recogida, agua osmotizada o, si no hay otra, agua embotellada de mineralización muy débil. Esto es especialmente relevante en el Levante, Andalucía oriental, Baleares y buena parte del valle del Ebro, donde el agua es dura. En Madrid, Galicia o el norte de Cáceres, con aguas blandas de embalse de sierra, el problema es mucho menor y el grifo suele bastar.

En cuanto al ritmo, no hay calendario que valga: se riega cuando el primer par de centímetros del sustrato ha perdido humedad, dejando el resto del cepellón ligeramente húmedo. En un piso con calefacción eso puede ser cada cuatro o cinco días; en enero sin calefacción, cada diez. Riega despacio hasta que salga agua por el drenaje y vacía el plato a los diez minutos. El cepellón encharcado de forma continuada pudre las raíces finas y el primer síntoma, hojas amarillas y blandas desde abajo, se confunde con demasiada frecuencia con falta de riego.

Humedad ambiental: donde se gana o se pierde la planta

La calatea pide del 60 % de humedad relativa para arriba. Un salón con radiadores encendidos en Madrid o Zaragoza en enero baja tranquilamente del 30 %. Esa diferencia es la causa número uno de bordes tostados.

Pulverizar las hojas con un espray es la solución que todo el mundo repite y la que menos resultado da: el efecto dura unos minutos y, si el agua es dura, deja cercos de cal. Además, el agua estancada entre las hojas jóvenes favorece manchas foliares. Lo que de verdad cambia las cosas:

Un humidificador cerca de la planta, que es la medida más eficaz con diferencia. Una bandeja con arcilla expandida o grava y un dedo de agua bajo la maceta, cuidando de que la base no toque el agua. Agrupar varias plantas, porque entre ellas se crea un microclima más húmedo. Y sobre todo, alejarla de radiadores, estufas y salidas de aire acondicionado: una calatea encima de un radiador está condenada por muy bien que la riegues. Un cuarto de baño con ventana es, en muchas casas, el mejor sitio que puede tener.

Sustrato, maceta y trasplante

Necesita un sustrato aireado, ligeramente ácido y con capacidad de retener agua sin compactarse. Una mezcla que funciona bien: dos partes de turba rubia o fibra de coco, una parte de perlita y una parte de corteza de pino fina o humus. La tierra universal de saco, sola, se apelmaza y termina asfixiando el sistema radicular.

La maceta, con agujeros de drenaje sin discusión, y solo un par de centímetros más ancha que el cepellón anterior. Un tiesto excesivamente grande retiene agua en la periferia, donde no hay raíces que la consuman, y eso es una invitación a la podredumbre. El trasplante toca cada dos años, en primavera, y es el momento de dividir la mata si quieres multiplicarla: la calatea se propaga por división de rizomas, no por esquejes de hoja o de tallo, porque carece de nudos donde enraizar.

Abonado

De abril a septiembre, un abono líquido para plantas verdes rico en nitrógeno, a la mitad de la dosis que indique el envase, cada tres o cuatro semanas y siempre sobre sustrato ya húmedo. La calatea sufre con el exceso de sales tanto o más que con la falta de nutrientes, y una planta sobreabonada muestra exactamente el mismo borde quemado que una regada con agua dura. En otoño e invierno se suspende el abonado por completo.

Si sospechas acumulación de sales, con costra blanquecina en la superficie del sustrato, lava el cepellón: riego abundante con agua de lluvia hasta que drene con soltura, repetido dos o tres veces.

Temperatura y ubicación durante el año

Su rango cómodo va de los 18 a los 26 ºC. Por debajo de 15 ºC detiene el crecimiento y por debajo de 12 ºC empieza a aparecer daño en el tejido, con manchas oscuras translúcidas. No es planta de terraza en invierno en ningún punto de la Península salvo, con matices, la costa de Canarias.

En verano se puede sacar a un patio interior, un porche o una terraza orientada al norte, siempre a la sombra y resguardada del viento seco. Agradece muchísimo las noches frescas al aire libre del norte peninsular. Lo que no tolera son las corrientes: una calatea junto a una puerta que se abre y se cierra en invierno acumula daño rápido.

Plagas y problemas frecuentes

La araña roja (Tetranychus urticae) es su enemiga principal, y no por casualidad: prolifera justo en las condiciones de aire seco y caliente que ya de por sí dañan a la planta. Se detecta por un punteado amarillento fino en el haz y telarañas muy tenues en el envés y en las axilas. Se combate subiendo la humedad, duchando las hojas con agua templada y aplicando jabón potásico en el envés, repitiendo cada siete días durante tres semanas.

También aparecen cochinilla algodonosa en las axilas de los peciolos, que se retira con un bastoncillo mojado en alcohol, y mosca del sustrato cuando la superficie se mantiene siempre empapada, que se corrige dejando secar el primer centímetro entre riegos.

Como diagnóstico rápido: bordes marrones y secos apuntan a aire seco o sales; hojas amarillas y blandas desde la base, a exceso de agua; hojas enrolladas todo el día, a sed o a demasiada luz; dibujo apagado y descolorido, a sol excesivo; y manchas marrones con halo amarillo, a agua fría o encharcamiento. La hoja dañada no se recupera, así que se corta por la base y se juzga el acierto de los cambios por las hojas nuevas.

Un apunte útil para casas con animales: la calatea no es tóxica para perros ni gatos, algo poco habitual entre las plantas de interior de hoja vistosa.

En resumen

La calatea no es difícil, es exigente en un solo eje: el ambiente. Dale luz clara sin sol directo, riégala con agua de lluvia u osmotizada manteniendo el sustrato apenas húmedo, mantenla lejos de radiadores y por encima del 60 % de humedad, abónala a media dosis solo en primavera y verano, y trasplántala cada dos años dividiendo la mata. No esperes flores: lo que compras es el dibujo de la hoja, y ese dibujo se conserva justo cuando resuelves el agua y el aire.


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