El pulgón y la araña roja se llevan toda la atención, y por eso mucha gente que cultiva rosales sabe reconocerlos al vuelo. El problema llega con la segunda fila de plagas: insectos que hacen daños característicos pero que casi nadie identifica, y que acaban tratándose con el insecticida equivocado o, peor, achacándose a una enfermedad.

Esta segunda entrega recorre esas plagas menos evidentes del rosal: qué las produce, cómo se distingue el daño de otras causas y qué se puede hacer en un jardín doméstico sin recurrir a productos que además se llevan por delante a los polinizadores.

Cómo leer el daño antes de tratar

Antes de cualquier producto conviene un diagnóstico de treinta segundos. En un rosal, el tipo de daño delata al culpable con bastante fiabilidad:

Hoja con agujeros limpios y de borde neto: masticadores, casi siempre larvas de himenóptero u orugas. Hoja transparente, como papel de fumar, con las nervaduras intactas: larvas que raspan la epidermis, típico de la babosilla del rosal. Hoja punteada de blanco o plateada: picadores-chupadores, cicadélidos o trips. Hoja enrollada hacia abajo en tubo: tentredínido enrollador. Semicírculos recortados con precisión de sacabocados en el borde: abeja cortadora, y no es una plaga. Brote que se marchita de golpe con el resto de la planta sana: barrenador dentro del tallo. Flor deformada, con pétalos manchados de pardo: trips.

Ese esquema evita el error más común, que es pulverizar un insecticida de contacto contra un insecto que está dentro del tallo o dentro del capullo, donde el producto no llega.

Rosal en floración en el jardín

Tentredínidos: las falsas orugas del rosal

Son himenópteros de la familia Tenthredinidae, parientes lejanos de las avispas. Sus larvas parecen orugas, pero no lo son, y esa distinción tiene consecuencias prácticas: el Bacillus thuringiensis var. kurstaki, que resuelve casi cualquier oruga, no les hace absolutamente nada. Es uno de los tratamientos fallidos más repetidos en el jardín.

Para distinguirlas: una oruga verdadera tiene como máximo cinco pares de falsas patas abdominales; una larva de tentredínido tiene seis o más, y la cabeza suele ser brillante y bien diferenciada.

Babosilla del rosal (Endelomyia aethiops, y también Caliroa spp.). Larvas verdosas, translúcidas y de aspecto viscoso, de menos de un centímetro, que se instalan sobre la hoja y raspan la epidermis dejándola convertida en un encaje transparente. Aparecen en mayo y junio, con una segunda generación posible en septiembre. Con pocas plantas, la retirada manual y un chorro de agua a presión bastan. Si hay muchas, jabón potásico al 1-2 % mojando bien el envés, repetido a los siete días.

Tentredínido enrollador (Blennocampa phyllocolpa). La hembra pincha el limbo al poner el huevo y la hoja se enrolla hacia abajo formando un tubo apretado, sin que se vea ningún insecto por fuera. Es un daño estético, no compromete la planta. El tratamiento eficaz es retirar y destruir las hojas enrolladas en cuanto aparecen, en mayo, antes de que la larva caiga al suelo a pupar. Pulverizar no sirve de nada porque la larva está protegida dentro del tubo.

Tentredínido de las rosas (Arge ochropus, Arge pagana). Este es más serio. La hembra abre con su oviscapto una hendidura longitudinal en el brote tierno y deposita ahí una hilera de huevos: se reconoce por una cicatriz oscura en línea sobre el tallo verde, que a menudo se confunde con un daño mecánico. Las larvas, verdes con puntos negros, comen en grupo y pueden defoliar una rama entera en pocos días. Se controla a mano si se detecta pronto; en ataques fuertes, un insecticida a base de spinosad es eficaz, aplicándolo al atardecer y nunca sobre flores abiertas.

Cicadélido blanco del rosal

Edwardsiana rosae es un pequeño saltahojas de 3-4 mm, blanco amarillento, que salta o vuela en cuanto se mueve la rama. Se sitúa en el envés y chupa el contenido celular, dejando el haz con un punteado blanquecino difuso que en ataques fuertes hace que la hoja parezca decolorada o plateada.

Se confunde constantemente con araña roja. La diferencia se ve con una lupa de bolsillo: la araña roja deja telilla y ácaros diminutos; el cicadélido deja exuvias blancas pegadas al envés, como pequeñas mudas translúcidas, y no hay telaraña.

Tiene dos o tres generaciones anuales e inverna como huevo insertado en la corteza de los tallos de dos años. La poda de invierno bien hecha, retirando y quemando la madera vieja, elimina buena parte de la puesta. Durante la temporada, jabón potásico o aceite de parafina mojando exhaustivamente el envés; los productos de contacto solo funcionan si tocan al insecto.

Trips: el enemigo de las flores claras

Frankliniella occidentalis y Thrips spp. son insectos alargados de 1-2 mm que se meten dentro del capullo antes de que abra. El resultado es una flor que abre deformada, con los bordes de los pétalos pardeados y manchas plateadas. Curiosamente afectan mucho más a las variedades blancas, crema y rosa pálido, que son las que los atraen.

Aparecen con calor seco, de junio en adelante, y son especialmente activos en el interior peninsular. Los detectas sacudiendo una flor abierta sobre una hoja de papel blanco: verás moverse motitas oscuras.

Son difíciles de controlar porque están resguardados dentro del capullo. Lo que funciona: trampas cromáticas azules para vigilar la población, retirar y destruir las flores atacadas y pasadas, evitar el exceso de abono nitrogenado y, si el ataque es grave, spinosad o extracto de Chrysanthemum. Mantener el ambiente algo más húmedo con riegos regulares también les perjudica.

Cochinillas

En rosales aparecen sobre todo dos tipos. La cochinilla algodonosa (Pseudococcus, Planococcus) forma masas blancas algodonosas en las axilas y en el envés, y va acompañada de melaza pegajosa y negrilla. Y la cochinilla del rosal (Aulacaspis rosae), un cóccido con escudo blanco, plano y circular, que se instala en los tallos leñosos y en ataques serios los cubre por completo, como si estuvieran encalados.

Esta segunda es la más dañina y la más ignorada, porque no se mueve y parece suciedad. Debilita la planta drenándole savia durante años. El control eficaz es invernal: tras la poda de enero-febrero, un tratamiento con aceite mineral de invierno mojando toda la madera hasta el punto de goteo asfixia a las hembras protegidas bajo el escudo. En temporada, jabón potásico repetido cada 10-12 días y cepillado manual de los tallos más afectados.

Otiorrinco y otros ataques nocturnos

Otiorhynchus sulcatus es un gorgojo negro, sin alas funcionales, que solo se ve de noche. El adulto recorta muescas semicirculares en el borde de las hojas, un daño feo pero tolerable. El problema real es la larva: blanca, en forma de C y con cabeza parda, vive en el sustrato y devora las raíces. Es la causa habitual de que un rosal en maceta se marchite sin explicación y salga del tiesto casi sin raíz.

Afecta mucho más a rosales en contenedor que a los plantados en suelo. El control biológico con nematodos entomopatógenos (Heterorhabditis bacteriophora o Steinernema kraussei) aplicados en riego funciona bien, siempre que se haga con el sustrato húmedo y a temperatura por encima de 12 °C: es decir, en abril-mayo o en septiembre, no en pleno invierno.

Ojo con confundir su daño con el de la abeja cortadora (Megachile), que recorta del borde de la hoja semicírculos perfectos, limpios, como hechos con un sacabocados, para forrar sus nidos. Es un polinizador beneficioso y no causa ningún perjuicio real a la planta. No se trata.

Barrenadores del tallo

Varias especies de himenópteros y coleópteros perforan el interior de los tallos, especialmente cuando encuentran un corte de poda con la médula al aire. El síntoma es inconfundible: una rama se marchita entera de un día para otro mientras el resto del rosal está perfecto, y al cortarla se ve el centro hueco y oscuro.

No hay tratamiento químico razonable, porque el insecto está dentro. La solución es mecánica y preventiva: cortar por debajo de la galería hasta encontrar madera sana y blanca, destruir el resto, y realizar los cortes de poda en bisel y justo por encima de una yema, para que cicatricen deprisa y no queden tocones con médula expuesta.

Ácaros que no son la araña roja

Además de Tetranychus urticae, el rosal puede sufrir el eriófido del rosal (Phyllocoptes fructiphilus), un ácaro microscópico. En España su presencia es marginal, pero conviene conocer el síntoma: brotes anormalmente rojos, gruesos, con exceso de espinas blandas y hojas deformes, un cuadro que se conoce como «escoba de bruja». Ese aspecto también lo provocan, con mucha más frecuencia entre nosotros, los daños por herbicidas hormonales de tipo glifosato o 2,4-D que han derivado desde una aplicación cercana. Antes de dar por perdida una planta con brotes deformes, revisa si alguien ha tratado el césped al lado.

Estrategia de temporada

Un plan que cubre casi todo lo anterior sin necesidad de improvisar:

Enero-febrero. Poda de formación, retirada y quema de madera vieja y de restos, y un tratamiento con aceite mineral de invierno para cochinillas y huevos invernantes de cicadélido.

Marzo-abril. Vigilancia semanal de brotes tiernos. Colocación de trampas cromáticas. Aplicación de nematodos entomopatógenos en macetas si hubo problemas de otiorrinco.

Mayo-junio. Es el mes clave. Revisión del envés, retirada manual de hojas enrolladas y de larvas de tentredínido. Jabón potásico según necesidad, siempre al atardecer.

Julio-agosto. Trips y araña roja. Riego regular, retirada de flores pasadas, nada de abonos nitrogenados fuertes.

Septiembre-octubre. Segunda generación de babosilla y de cicadélido. Limpieza a fondo del suelo bajo las plantas antes del invierno: buena parte de las plagas pupa o inverna ahí.

Dos principios generales que ahorran muchos tratamientos: un rosal bien plantado, aireado y no sobreabonado sufre mucho menos, porque el exceso de nitrógeno produce tejidos blandos que son un imán para picadores y masticadores; y los insecticidas de amplio espectro son contraproducentes, porque eliminan crisopas, sírfidos, mariquitas y avispas parasitoides que estaban haciendo el trabajo gratis, y provocan un rebrote de plaga peor a las tres semanas.

En resumen

Más allá del pulgón, las plagas que de verdad conviene saber identificar en un rosal son los tentredínidos —cuyas larvas parecen orugas pero no responden al Bacillus thuringiensis—, el cicadélido blanco, que se confunde con araña roja, los trips que deforman las flores claras, las cochinillas de escudo sobre madera vieja, el otiorrinco que come raíces en maceta y los barrenadores que entran por cortes de poda mal hechos.

El diagnóstico por el tipo de daño evita casi todos los tratamientos inútiles. Y las dos intervenciones con mejor relación esfuerzo-resultado no son químicas: la poda invernal con retirada de restos, que elimina puestas y formas invernantes, y la revisión semanal del envés en mayo, cuando arrancan casi todas las generaciones del año y todavía se resuelven a mano.


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