Un tallo de aloe trepador puede pasar de los tres metros y no tiene absolutamente nada con lo que agarrarse. Ni zarcillos, ni ventosas, ni raíces adherentes. Trepa como trepa una zarza: creciendo hacia arriba apoyado en lo que encuentre y quedándose ahí por peso y por enredo. Entender eso es la diferencia entre una valla cubierta de flores rojas en enero y un montón de tallos tumbados en el suelo.

La planta se conoció durante décadas como Aloe ciliaris, y ese es el nombre con el que se sigue vendiendo en los viveros. La revisión taxonómica del género separó a los aloes de porte trepador en un género propio, Aloiampelos, así que su nombre actual es Aloiampelos ciliaris. Es la misma planta; si la buscas, pregunta por las dos cosas.

Mata de Aloe ciliaris con sus tallos delgados y hojas de margen ciliado

Qué es exactamente esta planta

Viene del Cabo Oriental de Sudáfrica, donde crece entre matorral espinoso y bosquete costero, colándose entre los arbustos hasta asomar la cabeza por encima. Nada que ver con la imagen del aloe de roseta compacta y hoja gruesa: Aloiampelos ciliaris tiene tallos delgados, de menos de un centímetro de grosor, flexibles, con las hojas repartidas a lo largo en lugar de agrupadas en la punta.

El detalle que le da nombre y que sirve para identificarla sin dudas está en la base de la hoja: la vaina que abraza el tallo lleva un ribete de cerdas blancas finas y blandas, como pestañas, que continúan por el borde de la hoja. Se ven a simple vista y no pinchan. Ningún otro aloe de jardín tiene eso.

Crece deprisa para ser una suculenta: entre 30 y 60 cm por temporada cuando está a gusto, y en pocos años puede tapar una superficie considerable. Ese vigor es su principal argumento y también su principal riesgo, porque si no se dirige acaba convertido en una maraña.

Florece cuando no florece casi nada

Su gran baza es el calendario. En la costa mediterránea y en el sur peninsular florece de otoño a primavera, con el grueso entre diciembre y abril, y en inviernos suaves puede tener flor abierta prácticamente todo el año. Son racimos cortos, poco densos, de flores tubulares de unos 3 cm, rojo anaranjado con la boca verdosa o amarillenta, sobre pedúnculos finos que se asoman del follaje.

El interés no es solo estético. En un jardín mediterráneo, enero y febrero son meses vacíos de néctar, y una planta que florece en ese hueco alimenta a los abejorros y a las abejas en los días templados, además de atraer a pájaros que picotean las corolas. Si estás montando un jardín pensado para polinizadores, una planta que aporte flor en pleno invierno vale más que tres que florezcan en mayo.

Cuánto frío aguanta de verdad

Aquí conviene bajar las expectativas que circulan. Aloiampelos ciliaris se describe a menudo como «resistente al frío», y lo es en comparación con otros aloes, no en términos absolutos. Una planta establecida, en suelo seco y bien drenado, encaja heladas puntuales de -2 a -4 °C sin más daño que el bronceado de las hojas y algún tallo quemado en las puntas. Lo que no tolera son heladas prolongadas, ni las de -6 o -7 °C que se dan de forma habitual en el interior peninsular, ni el frío combinado con suelo húmedo, que es la combinación que lo mata.

En la práctica: en el litoral mediterráneo, en Canarias, en el valle del Guadalquivir y en la costa atlántica sur y gallega, se planta en el jardín sin pensarlo. En Madrid, en Castilla, en Aragón o en el interior de Andalucía, va mejor en maceta que se recoge a un porche o un invernadero frío, o plantado al pie de un muro orientado al sur, que es un microclima varios grados más benigno.

Si lo que buscas es un aloe trepador para clima frío, la especie que sirve es Aloiampelos striatula, mucho más rústica, que aguanta bien por debajo de -8 °C en suelo seco y se cultiva sin problemas en buena parte de la meseta. Tiene un aspecto parecido, hoja más estrecha y flores amarillo anaranjadas.

Sombra, sol y por qué importa

Tolera la semisombra mejor que la mayor parte de las suculentas, cosa lógica en una planta que en su hábitat crece entre arbustos. Eso la hace útil para esos rincones donde da el sol tres o cuatro horas y donde una Echeveria o un Agave se ahilarían sin gracia.

Ahora bien, la exposición cambia la planta. A pleno sol queda más compacta, con los entrenudos cortos, las hojas más grises o tirando a bronce y una floración claramente más abundante. A media sombra se estira, da tallos más largos y flexibles y hojas de un verde más franco, pero florece menos. Para cubrir rápido una valla en un sitio poco iluminado, la sombra viene bien; para conseguir flor de invierno, hace falta sol.

El único cuidado con el sol es la transición. Una planta comprada en vivero, criada bajo malla de sombreo, se quema si se planta en julio a pleno sol de golpe. Acostúmbrala unas semanas o plántala en otoño.

Riego y suelo: menos de lo que crees, pero no nada

Es una planta de bajo consumo de agua, aunque no es un cactus. Sus tallos finos almacenan mucho menos que una hoja de Aloe arborescens, así que en sequía extrema y sobre todo en maceta reacciona deshidratándose y perdiendo las hojas de la parte baja de los tallos, que quedan pelados y feos. Ese pelado basal, cuando aparece, suele ser síntoma de sed acumulada, no de enfermedad.

En jardín, y una vez arraigada tras el primer año, se conforma con un riego cada dos o tres semanas en verano y ninguno el resto del año. En maceta, riego a fondo cuando el sustrato esté seco por completo, que en agosto puede ser cada semana y en enero cada mes o menos.

Drenaje, en cambio, es innegociable. El fallo que más ejemplares se lleva por delante es la pudrición de la base del tallo por suelo encharcado en invierno, y no da segunda oportunidad. En terreno arcilloso, planta en un caballón elevado o rocalla. En maceta, mezcla sustrato de cactáceas o universal con un 40 % de material mineral grueso: arena de río lavada, pumita o picón. Nada de platos con agua debajo.

Cómo darle soporte y mantenerlo

Como no se agarra solo, hay que ofrecerle estructura y ayudarle al principio. Sobre una malla de simple torsión funciona muy bien: se van pasando los tallos por los huecos y en dos temporadas la valla desaparece. Sobre un muro liso hace falta alambre tensado o celosía, y atar los tallos con cinta blanda o rafia, sin apretar, cada 40 o 50 cm mientras crecen.

Otras formas de usarlo que dan buen resultado: colgando desde un muro de contención o una jardinera elevada, dejando que caiga en cascada; entre rocas de una rocalla soleada; cubriendo taludes donde haya que sujetar tierra; o como relleno rápido entre plantas de crecimiento lento, para que el arriate no parezca vacío los tres primeros años. Combina bien con Lampranthus, Aptenia, Crassula ovata y gramíneas secas tipo Stipa.

Poda. Se poda sin miedo, en primavera, después de la floración principal. Corta los tallos largos por encima de un nudo y la planta ramifica desde ahí; recortar puntas es lo que evita que se quede desnuda por abajo. Retira también los tallos viejos que se hayan pelado del todo: no vuelven a echar hoja en la parte desnuda.

Abonado. Muy poco. Un abono para cactus y suculentas, diluido, un par de veces entre marzo y junio, y ya. Con exceso de nitrógeno da tallos blandos y acuosos que se rompen y se pudren con facilidad.

Multiplicarlo es casi automático

Es de las plantas más agradecidas que hay por esqueje. Corta un trozo de tallo de 20 a 30 cm con un cuchillo limpio, quita las hojas del tercio inferior y deja que el corte cicatrice al aire, a la sombra, entre tres y siete días. Después clávalo en sustrato arenoso apenas húmedo. Enraíza en tres o cuatro semanas en primavera o principios de otoño, que son las dos épocas buenas.

No mojes el esqueje antes de que cicatrice ni lo plantes en pleno invierno: en frío se pudre antes de enraizar. Plantando tres o cuatro esquejes juntos en el mismo hoyo consigues una mata densa mucho antes que con uno solo.

Plagas y problemas

Cochinilla algodonosa. Se refugia en las axilas de las hojas y en los nudos, donde cuesta verla. Con pocos focos, alcohol de 96° con un bastoncillo; con infestación amplia, jabón potásico o aceite de neem repetido cada diez días. Revisa las plantas nuevas antes de meterlas en el jardín.

Ácaro del aloe (Aceria aloinis). El problema más serio del género en España. Provoca deformaciones y excrecencias irregulares de color verde claro o anaranjado en hojas e inflorescencias, que se conocen como «cáncer del aloe». No tiene tratamiento cómodo: lo eficaz es cortar y destruir de inmediato las partes afectadas, y en casos avanzados retirar la planta entera para que no contagie a los aloes vecinos.

Pudrición basal. Ya dicho: exceso de agua, suelo pesado o cuello enterrado. Si aparece, corta por encima de la zona blanda, deja cicatrizar y reenraíza lo sano como esqueje. Es la forma de salvar la planta cuando la base ya no tiene arreglo.

Y una aclaración que conviene: esta no es la planta del aloe vera. El gel medicinal se obtiene de Aloe vera, de hoja gruesa y carnosa. Las hojas de Aloiampelos ciliaris son finas y apenas tienen pulpa, y su látex amarillo es purgante e irritante. Sirve para decorar, no para el botiquín.

En resumen

Aloiampelos ciliaris, el antiguo Aloe ciliaris, es una suculenta trepadora de crecimiento rápido, muy fácil de multiplicar por esqueje, que cubre vallas y taludes en un par de temporadas y aporta flor roja anaranjada en pleno invierno, cuando el jardín mediterráneo está parado. Necesita drenaje impecable, riego escaso y algo de sol para florecer bien, y hay que atarla a un soporte porque no trepa por sí sola. Aguanta heladas ligeras de hasta unos -4 °C, no más: en el interior peninsular va en maceta o se sustituye por Aloiampelos striatula. Con una poda anual después de la floración y vigilancia de la cochinilla y del ácaro del aloe, es una de las plantas de menos trabajo que se pueden poner en un jardín seco.


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