La cicuta es probablemente la planta con peor historial de la botánica europea. Con ella se ejecutó a Sócrates en Atenas en el año 399 a. C., y desde entonces su nombre funciona casi como sinónimo de veneno. Lo que mucha gente no sabe es que no se trata de una rareza exótica: Conium maculatum crece de forma espontánea en cunetas, solares, riberas y jardines descuidados de toda la Península, y cada año provoca intoxicaciones en España, casi siempre por confusión con plantas comestibles.
Este artículo no explica cómo cultivarla. Explica por qué no debe hacerlo y, sobre todo, cómo reconocerla para no llevársela a la boca por error.
Cómo es la cicuta y dónde aparece
La cicuta mayor es una hierba bienal de la familia de las apiáceas, la misma del perejil, la zanahoria, el hinojo y el apio. El primer año forma una roseta basal de hojas muy divididas, parecida a la del perejil. El segundo año emite un tallo que alcanza entre 1,5 y 2,5 metros, ramificado en la parte alta, y florece de mayo a julio en umbelas compuestas de florecillas blancas y pequeñas.
Se comporta como planta nitrófila: prefiere suelos ricos en nitrógeno, frescos y removidos. Por eso abunda en bordes de camino, escombreras, orillas de acequias, corrales abandonados y jardines sin mantenimiento. Está presente en prácticamente toda España, desde el nivel del mar hasta unos 1.800 metros.
Los tres rasgos que la delatan
Distinguirla es posible y no es difícil si se sabe qué mirar. Hay tres señales que, juntas, no dejan lugar a dudas.
1. El tallo con manchas. Es el rasgo más característico y el que da nombre a la especie: maculatum significa manchado. El tallo es hueco, liso, sin pelos, de color verde glauco y presenta manchas o estrías de color rojo púrpura o vinoso, especialmente marcadas en la mitad inferior. Ninguna apiácea comestible tiene ese moteado. En la tradición popular esas manchas se llamaron "la sangre de Sócrates".
2. El olor. Al frotar las hojas o el tallo desprende un olor desagradable, descrito habitualmente como a orina de ratón o a humedad rancia. No se parece en nada al aroma fresco del perejil ni al anisado del hinojo. Es una comprobación útil, aunque conviene lavarse las manos después.
3. La ausencia de pelos. Toda la planta es completamente glabra, sin pelosidad alguna, a diferencia de otras umbelíferas del campo.
A esto se suma un detalle técnico para quien sepa mirarlo: los frutos son diaquenios ovoides de unos 3 mm con costillas onduladas y crenadas muy marcadas, distintas de las costillas lisas de otras especies de la familia.
Por qué es tan peligrosa
La toxicidad de la cicuta se debe a un grupo de alcaloides piperidínicos, principalmente la coniína, junto a la γ-coniceína, la N-metilconiína y la conhidrina. Están presentes en toda la planta —raíz, tallo, hoja, flor y semilla— y alcanzan su concentración máxima en los frutos verdes.
La coniína actúa como bloqueante de los receptores nicotínicos de la acetilcolina. Tras una fase inicial de estimulación, produce un bloqueo neuromuscular progresivo y ascendente: comienza por las piernas y va subiendo hasta afectar al diafragma. La muerte se produce por parálisis respiratoria, con la persona plenamente consciente. La descripción que Platón hace de la muerte de Sócrates en el Fedón, con el frío y la rigidez ascendiendo desde los pies, coincide con notable exactitud con el cuadro clínico moderno.
Los síntomas aparecen entre treinta minutos y dos horas después de la ingestión: quemazón en la boca, salivación, náuseas, midriasis, debilidad muscular, temblor, dificultad para tragar y bradicardia. No existe antídoto específico. El tratamiento es de soporte, con ventilación mecánica si es necesaria, y la supervivencia depende de llegar a tiempo a un hospital.
La dosis letal es baja: se estima que unos 6 a 8 gramos de hoja fresca pueden matar a un adulto, y bastan unas pocas semillas. Los alcaloides son además volátiles y termoestables, de modo que cocinar la planta no la vuelve inocua; solo el secado prolongado reduce parcialmente su contenido, y no de forma fiable.
El error que causa la mayoría de las intoxicaciones
Casi ningún caso de intoxicación por cicuta en España se debe al desconocimiento de que es venenosa. Se debe a confundirla con otra planta al recolectar en el campo.
Las confusiones más frecuentes son con el perejil silvestre —las hojas de la roseta son muy parecidas—, con el hinojo, con el anís por las semillas, y con la chirivía silvestre o la zanahoria silvestre por la raíz. Esta última confusión es especialmente peligrosa porque la raíz de la cicuta joven es blanquecina y carnosa.
La regla de seguridad es tajante: ninguna umbelífera silvestre debe recolectarse para consumo sin una identificación absolutamente segura. La familia contiene alimentos cotidianos y también algunas de las plantas más tóxicas de la flora europea, incluida la cicuta acuática (Cicuta virosa) y el Oenanthe crocata, todavía más letal. La diferencia entre la cena y la UCI está en detalles que un aficionado no siempre distingue.
Existe además una vía de exposición que se pasa por alto: la piel y las vías respiratorias. Segar o desbrozar masas de cicuta sin protección puede provocar mareos, cefalea y náuseas por inhalación de los alcaloides volátiles y por contacto con la savia.
Qué hacer si aparece en el jardín
Si identifica cicuta en su terreno, lo prudente es eliminarla antes de que fructifique, porque una sola planta produce varios miles de semillas que permanecen viables en el suelo durante años.
Actúe en el primer año, en fase de roseta, cuando es más fácil arrancarla entera. Use guantes impermeables, manga larga y gafas, y no desbroce con máquina plantas en flor. Extraiga la raíz completa: la cicuta rebrota si se deja el pivote.
Muy importante: no la eche al compost ni la queme. El compostaje doméstico no garantiza la degradación de los alcaloides, y el humo de la combustión los transporta. Embólsela y deposítela en el contenedor de residuos correspondiente. Lávese después manos y herramientas.
Tampoco debe darse al ganado ni a animales domésticos: la cicuta es tóxica para caballos, vacas, ovejas y aves de corral, y provoca además malformaciones congénitas en crías de madres que la consumieron durante la gestación.
Si se sospecha una ingestión, en persona o en animal, hay que llamar de inmediato al Servicio de Información Toxicológica (91 562 04 20) o al 112, y acudir a urgencias llevando una muestra de la planta. No conviene provocar el vómito por iniciativa propia.
En resumen
No se cultiva cicuta porque toda la planta es letal, no tiene antídoto, se resiembra sola por miles, se confunde con facilidad con hierbas comestibles y resulta peligrosa incluso al manipularla. Reconózcala por su tallo hueco con manchas rojo púrpura, su olor desagradable a orina de ratón, la ausencia total de pelos y sus umbelas de flores blancas en un tallo de hasta dos metros y medio. Si la encuentra, retírela con guantes y raíz incluida antes de que semille, y no la composte. Y como norma general, no recolecte umbelíferas silvestres para comer sin certeza absoluta de lo que son.