Hay un momento en el que la afición a las crasas deja de ser cuestión de tener una Echeveria en la ventana y empieza a ser cuestión de espacio. Y ahí es donde el género Graptopetalum gana enteros: rosetas pequeñas, colores que van del gris azulado al lila y al bronce, exigencias mínimas y una facilidad de multiplicación que roza lo absurdo. Se puede montar una colección entera en un alféizar de 80 cm.
Qué es un Graptopetalum
Graptopetalum es un género de la familia Crassulaceae con alrededor de una veintena de especies, casi todas endémicas de México, con alguna que alcanza el sur de Arizona. Viven en laderas rocosas, grietas de acantilado y suelos esqueléticos, muchas veces en posición colgante, lo que explica bastante bien lo que van a pedirte después en la maceta.
El nombre viene del griego graptos (marcado, escrito) y petalon (pétalo), y se refiere a las manchas y puntos rojizos que salpican los pétalos de sus flores estrelladas. Es el rasgo que las separa de sus parientes cercanas Echeveria, Pachyphytum y Sedum: la flor de Graptopetalum es abierta, en estrella de cinco puntas, y suele ser blanquecina, crema o amarillenta con ese moteado característico.
Las hojas son carnosas, dispuestas en roseta, y en la mayoría de especies están cubiertas de una capa de cera blanquecina llamada pruina. Esa pruina no es suciedad ni una plaga: es el protector solar de la planta y su barrera contra la deshidratación. Si la frotas con los dedos, desaparece de esa hoja para siempre, porque no se regenera. Es el motivo por el que conviene manejarlas por el tallo o la maceta y no toqueteando las rosetas.
Las especies que merece la pena buscar
Graptopetalum paraguayense. La más conocida y la más fácil, llamada popularmente planta fantasma o madreperla. Rosetas de 5 a 10 cm de un gris azulado nacarado que vira a rosa y lila con el sol fuerte, sobre tallos que se van alargando y acaban colgando por el borde de la maceta. El epíteto es un error histórico: no es de Paraguay, sino del noreste de México (Tamaulipas), y arrastra el nombre de una etiqueta equivocada del siglo XIX. Es la más rústica del género y la que mejor aguanta en el exterior en España.
Graptopetalum bellum. Durante años se clasificó en su propio género como Tacitus bellus, y todavía se vende con ese nombre. Es distinta a todas: forma una roseta plana, casi aplastada contra el sustrato, de hojas triangulares grisáceas, y en primavera saca inflorescencias con flores de un rosa magenta intenso, grandes en proporción a la planta. Endémica de las sierras de Chihuahua y Sonora, es la más delicada del género: quiere sustrato hipermineral, algo de sombra en las horas centrales del verano y muchísima menos agua de la que uno imagina.
Graptopetalum macdougallii. Rosetas compactas de unos 4 o 5 cm, muy pruinosas, que emiten estolones finos con rosetas hijas en el extremo, como si fueran fresas. Con el tiempo forma alfombras. Endémica de Oaxaca y bastante escasa en cultivo.
Graptopetalum pachyphyllum. Rosetas diminutas, de 2 a 3 cm, con hojas cortas, gordezuelas y azuladas rematadas en una punta rojiza. Ramifica mucho y forma cojines densos. Ideal para macetas pequeñas y composiciones en miniatura.
Graptopetalum amethystinum. Hojas gruesas, redondeadas, de un tono lila amatista muy característico. Crece despacio y es la más escultural del grupo.
Graptopetalum filiferum. Rosetas densísimas de muchas hojas pequeñas, cada una terminada en un pelo o cerda blanca. Preciosa y algo más exigente en drenaje que la media.
A esto hay que sumar los híbridos intergenéricos, muy frecuentes en los viveros: ×Graptoveria (cruce con Echeveria, del que salen cultivares como 'Debbie' o 'Fred Ives'), ×Graptosedum (con Sedum, como 'Vera Higgins' o 'California Sunset') y ×Graptophytum (con Pachyphytum). Todos heredan la resistencia y la facilidad de enraizamiento del Graptopetalum, y suelen ser aún más tolerantes.
Cuidados: menos es más
Luz. Cuanta más, mejor, con un matiz. Necesitan sol directo varias horas al día para mantener las rosetas compactas y desarrollar el color. Con poca luz aparece el etiolado: el tallo se alarga, los entrenudos se separan y la roseta se abre buscando claridad. Muchos aficionados lo confunden con crecimiento saludable, y no lo es; es un daño irreversible en esa parte de la planta. El matiz importante: si vienes de tenerla en interior o la acabas de comprar, aclimátala al sol de forma progresiva a lo largo de dos o tres semanas, porque el salto brusco al sol de mayo produce quemaduras marrones permanentes en las hojas.
Sustrato. El sustrato universal de turba las mata. Necesitan una mezcla mayoritariamente mineral: sustrato específico de cactáceas mezclado con un 40 o 50 % de árido grueso (arena de sílice de grano 2 a 4 mm, pómice, picón, akadama o arlita machacada). Debe drenar en segundos, no en minutos.
Maceta. Mejor de barro sin esmaltar, poco profunda y ajustada al tamaño de la planta. El barro transpira y acelera el secado del cepellón, que es exactamente lo que buscamos. Y siempre con agujero de drenaje: no hay excepción posible.
Riego. La regla es empapar a fondo y luego dejar secar del todo, sin términos medios. En verano, en la Península, eso suele significar un riego cada 7 a 12 días según exposición y maceta; en primavera y otoño, cada 15 días aproximadamente; en invierno, prácticamente nada si están en frío. Riega por la base o al pie, evitando mojar el corazón de la roseta: el agua acumulada entre las hojas pudre el ápice y borra la pruina. Y no las riegues nunca con el sistema del plato lleno permanente.
Temperatura y frío. Aquí conviene ser preciso, porque circula mucha información optimista. G. paraguayense y los ×Graptosedum aguantan heladas ligeras, del orden de -4 o -5 ºC, siempre que el sustrato esté completamente seco. Con el cepellón húmedo, una helada suave basta para reventar los tejidos. El resto del género es más sensible y agradece no bajar de 0 ºC. En la costa mediterránea, Canarias, Baleares y el sur peninsular viven perfectamente todo el año a la intemperie bajo un alero; en el interior de Castilla, Aragón o la meseta norte hay que entrarlas o protegerlas de noviembre a marzo, en un sitio fresco, muy luminoso y seco, no en el salón con calefacción.
Lluvia. El enemigo real del invierno español no es el frío, es la combinación de frío y lluvia continuada. Colocarlas bajo un voladizo, un porche o un alero resuelve el 90 % de los problemas.
Abonado. Muy poco. Un abono para cactáceas y crasas, bajo en nitrógeno, diluido a la mitad de la dosis del envase, una vez al mes de abril a septiembre. Exceso de nitrógeno significa hojas hinchadas, blandas y sin color, y una invitación abierta al pulgón.
Multiplicación: casi se propagan solas
Por hoja. Es el método estrella del género y el que las ha hecho famosas. Se desprende una hoja sana con un giro suave, procurando que salga entera con su base intacta (si se rompe el punto de inserción, no brotará). Se deja cicatrizar dos o tres días en un sitio seco y sombreado, y después se apoya sobre sustrato seco, sin enterrar. En dos o tres semanas emite una raicilla y una roseta minúscula. A partir de que se vea la raíz, se pulveriza ligeramente cada pocos días. La hoja madre se irá consumiendo y arrugando: eso es normal y no hay que retirarla hasta que esté seca del todo.
Por esqueje de roseta. El más rápido para tener planta grande. Se corta la roseta con 2 o 3 cm de tallo, se deja secar el corte de tres a cinco días y se planta en sustrato mineral apenas humedecido. Enraíza en dos o tres semanas. La planta madre, decapitada, brota lateralmente y da varias rosetas nuevas, así que el esquejado también sirve para rejuvenecer ejemplares etiolados.
Por estolones o hijuelos, en las especies que los producen, como G. macdougallii. Se separan cuando la roseta hija tiene raíces propias.
La mejor época para todo ello es la primavera y el principio del otoño. En pleno agosto o en pleno invierno el enraizamiento se ralentiza mucho.
Problemas frecuentes y cómo leerlos
Base del tallo blanda, marrón u oscura y olor desagradable. Podredumbre por exceso de agua. Es la primera causa de muerte, con diferencia. La única solución es cortar por encima de la zona afectada hasta encontrar tejido sano y blanco, dejar secar el corte y reenraizar la parte alta.
Hojas inferiores arrugadas y blandas. Sed, si además están flácidas y la planta está deslucida. Pero ojo: las hojas de la base se consumen también de forma natural con el crecimiento. Mira la roseta central; si está turgente, no pasa nada.
Manchas algodonosas blancas en el corazón de la roseta o entre las hojas. Cochinilla algodonosa (Planococcus citri y afines). Se trata puntualmente con un bastoncillo empapado en alcohol isopropílico y, si está extendida, con jabón potásico aplicado al atardecer. Revisa también las raíces, porque existe una forma radicular que pasa desapercibida.
Puntos marrones secos en las hojas más expuestas. Quemadura solar por aclimatación brusca. No se cura, pero no avanza.
Mordeduras irregulares en el borde de las hojas con rastro brillante. Caracoles y babosas, muy activos en primavera y otoño en exterior.
Cómo agruparlas para que luzcan
Al ser pequeñas, las Graptopetalum ganan muchísimo en composición. Tres ideas que funcionan bien y que son coherentes con sus necesidades:
Cuenco ancho y bajo con varias especies del género y algún ×Graptoveria, jugando con el contraste entre el gris azulado, el bronce y el lila, y con un acolchado final de grava mineral de 5 mm que evita que las hojas bajas toquen el sustrato húmedo.
Maceta colgante o borde de muro para G. paraguayense, aprovechando su porte péndulo natural. En una jardinera de barro sobre una barandilla soleada es espectacular en dos temporadas.
Grietas de un murete o rocalla, que reproducen el hábitat de origen: poco sustrato, mucho drenaje y calor reflejado por la piedra.
Lo que no funciona es mezclarlas en el mismo tiesto con plantas de riego frecuente. Agrupa siempre por necesidades de agua, no por estética.
En resumen
El género Graptopetalum reúne unas veinte crasas mexicanas de roseta pequeña, cubiertas de pruina y con flores estrelladas moteadas, entre las que destacan la resistente G. paraguayense, la espectacular G. bellum y las miniaturas G. pachyphyllum y G. macdougallii. Piden mucha luz, sustrato mineral muy drenante, maceta de barro pequeña y riegos espaciados con secado completo entre uno y otro.
Los tres fallos que arruinan más ejemplares son el sustrato de turba en maceta grande, el riego mojando la roseta y la falta de luz que provoca etiolado. Si se evitan esos tres, son plantas casi indestructibles y, gracias a la propagación por hoja, una sola planta comprada puede convertirse en veinte en un par de temporadas sin gastar un euro más.