Cuenta los foliolos. Esa operación de tres segundos, hecha delante de un rosal, resuelve más dudas de las que parece: si el brote que sale del pie es un chupón del patrón o rama buena, si el rosal está en madera de floración o en madera de crecimiento, e incluso a qué grupo pertenece la planta cuando nadie recuerda la etiqueta. La hoja del rosal es su documento de identidad y su parte médica, y merece que se la mire con más atención de la que se le suele dedicar.
La rosa y sus partes, situadas
Antes de entrar en la hoja conviene ordenar el conjunto. Los rosales son arbustos del género Rosa, dentro de la familia Rosaceae, la misma del manzano, el almendro y el níspero. Un rosal tiene:
Raíz, que en el rosal comercial rara vez es la de la variedad que compras, sino la de un patrón injertado —normalmente Rosa canina, Rosa laxa o Rosa 'Manetti'—, elegido por vigor y adaptación al suelo.
Tallos erguidos o sarmentosos, con aguijones. Y aquí una precisión: los rosales no tienen espinas, tienen aguijones. La espina verdadera es una hoja u ramificación modificada con haces vasculares; el aguijón es una excrecencia de la epidermis y la corteza, y por eso se desprende de un tirón lateral limpio sin desgarrar el tallo.
Hojas, alternas y compuestas.
Flor, con sépalos, pétalos, estambres y un receptáculo cóncavo que, tras la fecundación, engorda y se vuelve carnoso: es el escaramujo, un falso fruto que encierra dentro los aquenios, los frutos verdaderos.
Cómo son las hojas de los rosales
La hoja del rosal es compuesta imparipinnada: un eje central o raquis del que salen foliolos enfrentados por pares y uno terminal impar que cierra el conjunto. Lo que en el lenguaje corriente llamamos "una hoja de rosal" es en realidad todo ese conjunto, no cada una de las piezas.
Número de foliolos. Casi siempre impar: 3, 5, 7, 9, ocasionalmente 11 o 13. En los híbridos de té y floribundas modernos lo habitual son cinco foliolos en las ramas florales y siete en los brotes vigorosos de la base. Las especies botánicas se salen de esa horquilla con facilidad: Rosa rugosa lleva de 5 a 9, Rosa banksiae se queda en 3 a 5, y algunas rosas asiáticas de alta montaña pasan de 15.
Forma y borde. Los foliolos son ovalados o elípticos, acuminados en la punta y con el margen aserrado, con dientes orientados hacia el ápice. La nerviación es pinnada, con un nervio central marcado y secundarios que se ramifican hacia el borde. En muchas variedades el envés es más claro y algo pubescente, con pelillos sobre los nervios.
Textura y brillo. Hay foliolos mates y foliolos lustrosos, y no es un detalle estético. El follaje brillante y coriáceo procede en gran medida del cruce con Rosa wichuraiana, y ese tipo de lámina retiene menos la película de agua sobre la superficie, lo que se traduce en variedades bastante menos castigadas por la mancha negra. Rosa rugosa lleva la cuestión al extremo: sus hojas son gruesas y rugosas, con los nervios profundamente hundidos, y es de los rosales más resistentes a enfermedades foliares que existen.
Las estípulas. Es el carácter que más ayuda a identificar el género y el que menos se mira. En la base del peciolo hay dos apéndices laminares soldados al propio peciolo en buena parte de su longitud, formando una especie de aletas. Su forma, si el extremo libre es recto o divergente, si el borde es entero, dentado o con glándulas, distingue especies entre sí.
Aguijones en la hoja. El raquis y el envés del nervio central suelen llevar aguijoncillos ganchudos diminutos. Se notan al pasar el dedo del ápice hacia la base.
Aroma. Hay rosales cuyas hojas huelen. El caso clásico es Rosa rubiginosa, la rosa mosqueta o eglantina, cuyo envés está cubierto de glándulas que desprenden un olor a manzana verde al frotarlas o después de la lluvia.
El color de las hojas nuevas
Los brotes tiernos de muchísimas variedades salen rojizos, bronceados o casi granates, y verdean a las dos o tres semanas. Llega gente al vivero preocupada creyendo que es una carencia o un ataque. No lo es: son antocianinas, pigmentos que protegen el tejido joven, todavía sin cutícula desarrollada, del exceso de radiación ultravioleta. Es señal de que el rosal está creciendo bien.
Caducas, con excepciones
El rosal es de hoja caduca y en el invierno peninsular se desnuda. Pero en el litoral mediterráneo y en el sur, con inviernos suaves, muchos rosales modernos no llegan a perder toda la hoja y quedan semipersistentes. Eso no exime de la poda de invierno; al contrario, conviene deshojar a mano lo que quede en enero o febrero antes de podar, porque esas hojas viejas son el reservorio donde invernan las esporas de mancha negra y roya.
Para identificar los chupones del patrón
Un uso práctico e inmediato. Cuando por debajo del punto de injerto brota una rama, hay que decidir si se elimina. La hoja lo dice: los chupones del patrón suelen tener más foliolos, entre siete y nueve, más pequeños, de un verde distinto —a menudo más apagado o más azulado—, con aguijones más finos y numerosos, y un crecimiento desproporcionadamente vigoroso y recto. Si la hoja no se parece a la del resto del rosal, es del patrón. Se arranca de un tirón desde su punto de inserción, no se corta a ras, porque un corte deja yemas y rebrota multiplicado.
La regla de "podar sobre una hoja de cinco foliolos"
Se repite en todos los manuales y merece un matiz. La idea de fondo tiene base: en las hojas de tres foliolos, situadas cerca de la flor, la yema axilar suele estar poco desarrollada y da un brote débil, mientras que la yema en la axila de una hoja de cinco foliolos está más formada y sale con fuerza. Ahora bien, no es una ley física. En rosales de arbusto y paisajísticos, y en la limpieza de flores marchitas en general, lo que de verdad determina la calidad del rebrote es el grosor del tallo en el punto de corte: corta donde la madera tenga al menos el grosor de un lápiz y funcionará, tenga la hoja los foliolos que tenga.
Diagnosticar el rosal mirando solo las hojas
Las hojas son el panel de instrumentos del rosal. Casi todo lo que va mal se manifiesta ahí antes que en ningún otro sitio, y el patrón de los síntomas —qué forma tienen las manchas, si están en el haz o en el envés, si empiezan por las hojas viejas o por las nuevas— permite afinar bastante el diagnóstico.
Hongos
Mancha negra o marssonina (Diplocarpon rosae). Manchas redondeadas negras con el borde deshilachado, radiado, rodeadas de un halo amarillo. Empieza siempre por las hojas bajas y sube; la hoja acaba amarilleando entera y cayendo, y un rosal muy atacado se queda desnudo en julio. Necesita que la hoja permanezca mojada varias horas seguidas, así que aparece con las lluvias templadas de primavera y otoño. Se combate con higiene mucho más que con fungicida: no mojar el follaje al regar, retirar y tirar —no compostar— la hojarasca caída, aclarar el centro del arbusto para que circule el aire.
Oídio o blanquilla (Podosphaera pannosa). Polvo blanco harinoso sobre el haz de las hojas jóvenes, los brotes tiernos y los pedúnculos florales; las hojas afectadas se retuercen, se abarquillan y a veces toman tonos violáceos. A diferencia de la mancha negra, no necesita agua libre sobre la hoja: le basta con humedad ambiental alta y el contraste entre días cálidos y noches frescas, lo que en España lo dispara en mayo y otra vez en septiembre. El bicarbonato potásico y el azufre lo controlan bien, pero el azufre no debe aplicarse por encima de 28-30 °C ni a pleno sol porque quema la hoja.
Mildiu velloso (Peronospora sparsa). Se confunde con la mancha negra y no se trata igual. Aquí las manchas son angulosas, delimitadas por los nervios, de color rojizo, púrpura o pardo, y aparecen primero en las hojas altas y jóvenes; en el envés puede verse un fieltrillo grisáceo. Es explosivo: defolia un rosal en pocos días. Requiere frío y humedad muy alta, típico de invernadero y de otoños lluviosos.
Roya (Phragmidium mucronatum). Pústulas pulverulentas de color naranja intenso en el envés, con puntitos amarillos visibles en el haz justo encima. A final de temporada esas pústulas se vuelven negras. Necesita humedad y suele coincidir con la mancha negra.
Plagas
Araña roja (Tetranychus urticae). Punteado fino y descolorido en el haz, que evoluciona a un tono bronceado o plomizo; en el envés se ven ácaros diminutos y, cuando la infestación avanza, telaraña fina en el ángulo de los foliolos. Es la plaga del calor seco: julio y agosto, y en rosales de terraza junto a una pared que refleja calor. Un chorro de agua a presión en el envés, repetido cada pocos días, la frena notablemente; los insecticidas de amplio espectro la empeoran porque matan a sus depredadores.
Pulgón (Macrosiphum rosae). Colonias verdes o rosadas en los ápices tiernos, los pedúnculos y los capullos. La hoja se deforma y queda pegajosa por la melaza, sobre la que crece después un hongo negro superficial, la negrilla. Primavera, sobre todo abril y mayo. Si se aguanta sin insecticida, mariquitas y sírfidos suelen resolverlo.
Trips. Aspecto plateado y deslustrado en la hoja, con puntitos negros de excrementos; el daño gordo lo hacen en los pétalos, que salen con bordes pardos.
Larvas de tentredínido (avispa sierra). Pequeñas orugas verdosas que raspan el envés y dejan la hoja convertida en un encaje traslúcido, respetando los nervios. Otras especies enrollan los foliolos longitudinalmente hacia abajo. Se quitan a mano.
Abeja cortadora de hojas (Megachile spp.). Y aquí va el error más común de todos. Aparecen en el borde de los foliolos recortes semicirculares perfectos, como hechos con un sacabocados. No es una plaga, no hay nada que tratar y no perjudica al rosal: es una abeja solitaria polinizadora que se lleva ese trozo de hoja para tapizar su nido. Aplicar insecticida por esto es matar un polinizador beneficioso a cambio de nada.
Carencias y problemas de cultivo
La clave para no confundirlas es fijarse en si el amarilleo empieza por las hojas viejas o por las nuevas, porque los nutrientes móviles se retiran de las hojas viejas para alimentar a las nuevas y los inmóviles no.
Clorosis férrica. Hoja amarilla con los nervios claramente verdes, dibujando una retícula, y siempre en las hojas más jóvenes del extremo del brote. Es el problema número uno de los rosales en media España: no falta hierro en el suelo, es que la caliza y el pH alto lo bloquean. Se corrige con quelato de hierro EDDHA regado al pie, que es el único que se mantiene disponible por encima de pH 7,5, y a medio plazo acidificando con materia orgánica y sulfato de hierro.
Falta de magnesio. Amarilleo entre nervios muy parecido, pero en las hojas viejas de la parte baja. Se resuelve con sulfato de magnesio.
Falta de nitrógeno. Amarilleo uniforme, sin dibujo de nervios, empezando por abajo, con la planta entera pálida y de crecimiento corto.
Bordes quemados. Foliolos con el margen pardo y seco y el centro verde: exceso de sales, casi siempre por abonar de más o por regar poco y con agua dura, que acumula sales en el cepellón. Riego abundante para lavar el sustrato.
Amarilleo general con caída de hojas todavía verdes. Sospecha de asfixia radicular por exceso de agua o suelo compactado. Un rosal que suelta hoja verde casi nunca tiene sed; tiene los pies mojados.
Hojas estrechas, alargadas y deformes, con brotes en escoba y aspecto de retorcimiento. Suele ser deriva de herbicida: glifosato o, peor, hormonales del tipo 2,4-D usados en el césped cercano. Los rosales son extremadamente sensibles. No hay tratamiento; se poda lo afectado y se espera a la siguiente brotación.
Un último apunte que conviene tener presente: las hojas son el motor del rosal. Deshojar por estética, o cortar flores con tallos larguísimos que se llevan media planta, deja al arbusto sin superficie fotosintética justo cuando tiene que rehacer reservas. Cuando hay que quitar hoja enferma, se quita esa y se para.
En resumen
La hoja del rosal es compuesta, imparipinnada, alterna, con un número impar de foliolos ovalados y de borde aserrado —cinco o siete en la mayoría de las variedades de jardín—, estípulas soldadas al peciolo, aguijoncillos en el raquis y brotación nueva de tono rojizo que es normal y no un síntoma.
Leerla bien ahorra trabajo. El número de foliolos delata los chupones del patrón; el brillo de la lámina anticipa si la variedad sufrirá mancha negra; el borde deshilachado de una mancha la distingue del mildiu; el punteado bronceado del envés adelanta la araña roja antes de que haya telaraña; y saber si el amarilleo empieza arriba o abajo separa la clorosis férrica —lo más frecuente en nuestros suelos calizos— de una simple falta de magnesio. Los recortes semicirculares del borde, en cambio, no hay que tratarlos: son de una abeja polinizadora y el rosal ni se entera.