Entre sembrar el hueso de un dátil y recoger el primer fruto comestible pueden pasar diez años, y aun así existe la mitad de probabilidades de que no llegue ninguno. No es una exageración: la palmera datilera (Phoenix dactylifera) es una especie dioica, con pies macho y pies hembra separados, y al sembrar una semilla no hay forma de saber cuál ha salido hasta que florece, cinco u ocho años después. Conviene tenerlo claro antes de empezar, porque el cultivo desde semilla es entretenido y agradecido como planta ornamental, pero como proyecto frutal es una lotería.
Esa es exactamente la razón por la que ningún palmeral comercial se planta de semilla. Las plantaciones de Elche, de Marruecos o de Túnez se multiplican por hijuelos —los renuevos que brotan en la base de la palmera madre— o por cultivo in vitro, porque solo así se conserva el sexo y la variedad del ejemplar del que proceden.
De dónde sacar la semilla
Lo más sencillo y lo más fiable es usar el hueso de un dátil que hayamos comido. Los medjool y los deglet nour que se venden en fruterías conservan la semilla viva con mucha frecuencia, siempre que no estén cocidos ni confitados. Los dátiles deshidratados de bolsa también germinan, aunque con porcentajes más bajos.
Lo que no recomiendo es recoger semillas de una palmera de jardín en España. En parques y calles conviven Phoenix dactylifera y Phoenix canariensis, que se hibridan con enorme facilidad; los frutos recolectados de esas palmeras dan casi siempre híbridos con dátiles incomibles. Si la semilla ha salido de algo que estaba bueno en el plato, al menos partimos de un padre conocido.
El primer paso, y no es opcional, es limpiar el hueso a fondo. Cualquier resto de pulpa fermenta y atrae hongos que se comen el embrión antes de que germine. Se frota bajo el grifo hasta que la semilla queda lisa, y después se deja en un vaso de agua entre 24 y 48 horas, cambiando el agua cada día. Esa hidratación ablanda el endospermo y adelanta la germinación varias semanas.
Cómo germinarlas
El método que mejor funciona es el del papel húmedo: se colocan los huesos entre dos capas de papel de cocina bien escurrido, dentro de una bolsa de plástico con cierre, y se guarda la bolsa en un sitio cálido. La temperatura es el factor decisivo, y aquí está el error más habitual: por debajo de 20 ºC la germinación se vuelve lentísima o no ocurre. El rango bueno está entre 25 y 35 ºC, así que un armario junto a la caldera, la parte alta de un frigorífico o un pequeño propagador con manta térmica marcan la diferencia. Al aire libre en la Península, esto significa sembrar de mayo a julio.
Con esas condiciones, la radícula aparece entre las dos y las ocho semanas. Conviene abrir la bolsa cada pocos días para ventilar y retirar cualquier semilla con moho antes de que contagie al resto.
Aquí hay un detalle que sorprende a quien lo ve por primera vez. La datilera tiene germinación remota tubular: no sale una raicilla y luego un tallo desde el mismo punto, sino que un cordón blanco (el pecíolo cotiledonar) empuja el punto de crecimiento varios centímetros hacia abajo, y desde esa nueva posición nacen la raíz y la primera hoja. Por eso hay que plantarla en un recipiente hondo, de 25-30 centímetros como mínimo, tipo maceta alargada o tubete forestal. En una bandeja de semillero baja, la plántula sale deformada y se estrangula.
Los primeros años
Una vez que la semilla ha emitido la radícula, se entierra a unos dos centímetros de profundidad en un sustrato muy drenante: dos partes de sustrato universal por una de arena gruesa o pómez funciona bien. La datilera no es exigente con el pH y tolera suelos calizos y salinos mejor que casi cualquier otro frutal, hasta el punto de que se cultiva con aguas que arruinarían a un cítrico. Lo que no soporta es el sustrato encharcado en frío.
La primera hoja que sale no tiene forma de palmera: es simple, lanceolada, como una brizna de hierba gruesa. Las hojas pinnadas, las de aspecto de palma, no aparecen hasta el tercer o cuarto año. Ese cambio desconcierta a quien lo cultiva por primera vez y hace que se dé la planta por perdida creyendo que ha germinado otra cosa.
Durante el primer verano conviene semisombra e ir aclimatando poco a poco al sol directo; a partir del segundo año, sol pleno todo el día. El riego es abundante en verano —dejando secar los primeros centímetros entre riegos— y muy reducido en invierno. Las plántulas detestan que se les toquen las raíces, así que interesa trasplantar poco y siempre a maceta más honda que ancha.
En cuanto al abonado, la datilera consume mucho potasio y magnesio. La carencia de magnesio se reconoce enseguida: las hojas más viejas amarillean por los bordes y las puntas mientras la nervadura central sigue verde. Un fertilizante específico para palmeras, con magnesio y microelementos, aplicado de marzo a septiembre, resuelve el problema.
Frío, espacio y expectativas realistas
Una datilera adulta aguanta heladas breves de hasta unos -6 ºC, y ejemplares muy establecidos han soportado algo más. Los ejemplares jóvenes, en cambio, sufren ya a -2 o -3 ºC. Eso deja fuera de juego el interior frío peninsular como zona de cultivo real, aunque en maceta protegida en invierno se puede tener casi en cualquier sitio.
El tamaño es el otro factor que conviene mirar antes de plantarla en el jardín: hablamos de una palmera que alcanza 20 metros de altura y a la que se le dejan de 8 a 10 metros de separación en plantación. En un patio de ciudad acaba siendo un problema, no un adorno.
Por qué en casi toda España la palmera crece pero el dátil no madura
Hay una frase clásica sobre esta especie que resume su ecología mejor que cualquier tabla: quiere los pies en el agua y la cabeza en el fuego del cielo. Necesita riego abundante en la raíz y, al mismo tiempo, un verano largo, muy caluroso y con aire seco durante la maduración. La humedad ambiental y las lluvias de finales de verano pudren el fruto o impiden que pase de la fase crujiente.
El dátil recorre cuatro estados: kimri (verde e inmaduro), khalal (ya coloreado pero duro y astringente), rutab (blando, dulce por zonas) y tamr (maduro completo, el dátil que conocemos). En el sureste peninsular —Elche, Orihuela, el bajo Segura, zonas de Almería y Murcia— el clima permite llegar a rutab y tamr en buenas variedades locales como 'Confitera'. En el resto del país, la palmera vive perfectamente y produce racimos, pero los frutos se quedan en khalal y nunca terminan de madurar. Es importante decirlo sin rodeos: en Galicia, Asturias o el norte de Castilla se puede tener una datilera preciosa, no una cosecha.
Y aunque el clima acompañe, sigue faltando algo: el polen. Sin una palmera macho cerca no hay dátiles con pulpa. En los palmerales se hace polinización manual en primavera, atando unas espiguillas de la inflorescencia masculina dentro de la femenina recién abierta; un solo macho da polen para cincuenta hembras. En cultivo doméstico esto significa que hacen falta, como poco, dos ejemplares del sexo adecuado, y ahí volvemos al problema del principio.
El atajo: los hijuelos
Si el objetivo es comer dátiles y no experimentar, la vía sensata es partir de un hijuelo separado de una palmera hembra de variedad conocida. Se separan cuando tienen entre tres y cinco años y ya han emitido raíces propias, en primavera (de marzo a mayo) o a comienzos de otoño, cortándolos con cuidado de la madre y manteniéndolos en sombra y con humedad constante durante los primeros meses. Un hijuelo entra en producción en cuatro o cinco años y conserva el sexo y la calidad del fruto del ejemplar de origen. También se venden plantas de vivero obtenidas in vitro de variedades como 'Medjool' o 'Barhi', con la misma garantía.
La amenaza que hay que vigilar
Cualquiera que plante una palmera en la mitad este y sur de España tiene que conocer al picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus). Ataca sobre todo a Phoenix canariensis, pero también a la datilera, y mata al ejemplar desde dentro: cuando se ven las hojas centrales caídas o cortadas en diagonal, el daño suele ser irreversible. Se suma el barrenador Paysandisia archon, con síntomas parecidos.
Dos consejos prácticos: evitar podas en épocas de vuelo del insecto —los cortes frescos atraen a las hembras— y, si se poda, aplicar pasta cicatrizante. En varias comunidades autónomas existe obligación de comunicar los ejemplares afectados; conviene informarse en el servicio de sanidad vegetal correspondiente antes de arrancar o mover una palmera enferma. Por el mismo motivo, nunca se debe introducir material vegetal de palmera desde el norte de África, origen del bayoud (Fusarium oxysporum f. sp. albedinis), una enfermedad devastadora que aún no está establecida en España.
En resumen
Germinar un hueso de dátil es sencillo: limpiarlo bien, remojarlo uno o dos días, mantenerlo entre 25 y 35 ºC en papel húmedo y pasarlo después a un recipiente hondo con sustrato muy drenante. A partir de ahí, paciencia: hojas simples los primeros años, hojas de palmera hacia el tercero o cuarto y floración no antes del quinto u octavo. Como planta ornamental es una especie rústica, tolerante a la cal, a la sal y a la sequía una vez establecida. Como frutal, exige verano seco y muy caluroso, un pie macho para polinizar y bastantes metros de espacio; si lo que se quiere son dátiles de verdad, lo eficaz es partir de un hijuelo de variedad conocida y no de una semilla.