Una bellota recién caída del árbol contiene entre un 35 y un 45 % de agua, y de ese dato se deduce casi todo lo que hay que saber para sembrarla. Es una semilla recalcitrante: no soporta desecarse. Si la dejas una semana sobre la mesa del salón, dentro de un frutero, cuando la siembres estará muerta aunque por fuera siga teniendo el mismo aspecto reluciente. La bellota no es un paquete que se guarda en un cajón hasta la primavera, como las semillas de tomate o de girasol. Es material vivo con fecha de caducidad corta, y ese descuido explica buena parte de los fracasos en la siembra casera.
Qué es exactamente una bellota
La bellota es el fruto característico del género Quercus, y en botánica se clasifica como glande: un fruto seco indehiscente —no se abre solo— con una única semilla dentro, envuelto en la base por una cúpula, esa especie de boina escamosa que todos reconocemos. La cúpula no es parte de la semilla: es una estructura de brácteas soldadas que protege el fruto mientras se desarrolla y que se desprende al madurar.
Bajo la cáscara lisa y correosa (el pericarpo) está la semilla propiamente dicha, formada casi por completo por dos cotiledones carnosos cargados de almidón, y un embrión diminuto en el extremo apical, junto al pedúnculo. Esos cotiledones son la despensa que alimentará a la plántula durante sus primeras semanas, cuando todavía no tiene hojas funcionales. De ahí que una bellota grande y pesada dé, en igualdad de condiciones, una plántula más vigorosa que una pequeña: no es una impresión, es reserva disponible.
La forma y el tamaño varían mucho entre especies, y sirven para identificarlas. El roble carballo (Quercus robur), dominante en Galicia, la cornisa cantábrica y buena parte del norte, da bellotas alargadas sobre un pedúnculo largo, de dos a ocho centímetros: por eso se llama también roble pedunculado. El roble albar (Quercus petraea) las lleva prácticamente sentadas sobre la ramilla. El rebollo o melojo (Quercus pyrenaica), típico de las sierras del interior y del oeste peninsular, tiene bellotas más cortas con la cúpula cubriendo hasta un tercio del fruto. El quejigo (Quercus faginea) las da ovoides sobre un pedúnculo corto.
Y conviene aclarar una confusión frecuente: la encina (Quercus ilex) y el alcornoque (Quercus suber) también producen bellotas, y son Quercus, pero no son robles. En español «roble» designa a las especies de hoja caduca o marcescente del género. Las bellotas dulces de encina que se comen y con las que se ceban los cerdos ibéricos no son fruto de roble; las de los robles son bastante más amargas por su alto contenido en taninos, aunque igualmente comestibles tras varios lavados.
Cuándo y cómo recogerlas
En la Península, la caída de la bellota va de finales de septiembre a noviembre, con el grueso en octubre; en las sierras más frías y en las especies tardías puede alargarse hasta diciembre. La señal de madurez es el color: una bellota lista ha pasado de verde a pardo o castaño uniforme y se separa de la cúpula sin esfuerzo. Las que siguen verdes y bien agarradas a su boina no han terminado de madurar y germinarán mal.
Recoge del suelo, pero recoge pronto, en los primeros días tras la caída. Una bellota que lleva tres semanas en el suelo o bien ha empezado a germinar —lo cual no es malo, pero obliga a manejarla con cuidado— o bien está seca, agusanada o podrida. Mejor todavía es varear suavemente las ramas bajas sobre una lona: el fruto que cae al primer golpe está maduro y no ha tenido tiempo de deshidratarse.
El enemigo número uno es el gorgojo de la bellota (Curculio elephas), que pone sus huevos en el fruto verde y cuya larva devora los cotiledones desde dentro. Descártalas si ves un orificio circular limpio de dos o tres milímetros en la cáscara: es el agujero de salida de la larva y significa que el interior ya está vacío. Aquí sí funciona la prueba del agua, al contrario que en otras semillas donde es poco fiable: sumerge las bellotas en un cubo unas horas y retira las que flotan. En una semilla tan densa y con tanto almidón, la flotación indica pérdida de agua por desecación o galerías de larva ocupando el hueco. El criterio falla poco.
Si no puedes sembrar en el momento, guárdalas pocas semanas en el frigorífico, entre 2 y 4 °C, en una bolsa perforada con un poco de sustrato o musgo apenas húmedo, revisándolas cada semana. Nunca en el congelador y nunca dentro de un recipiente hermético: si se congelan mueren, y si respiran sin ventilación se enmohecen. Piensa en ellas como en fruta fresca, no como en un sobre de semillas.
¿Hace falta estratificar?
Aquí hay un matiz que muchas guías copian mal. Las bellotas de los robles blancos europeos —Quercus robur, Q. petraea, Q. faginea, y también encina y alcornoque— tienen dormición nula o muy débil. Sembradas frescas en otoño germinan enseguida: emiten primero la radícula, que se hunde en el suelo durante el otoño y el invierno, y solo en primavera sacan el tallo. Es una estrategia inteligente, porque llegan a su primer verano con la raíz ya profunda. A esas especies no hace falta darles frío artificial si las siembras en su época.
La estratificación se vuelve necesaria en dos supuestos. Uno, si vas a sembrar en primavera en lugar de en otoño: entonces conviene mantenerlas de uno a tres meses a 2-4 °C en sustrato ligeramente húmedo, que es tanto una conservación como un acondicionamiento. Dos, si trabajas con especies del grupo de los robles rojos americanos como Quercus rubra, plantado en parques y jardines, que sí tienen dormición fisiológica real y piden entre seis y doce semanas de frío húmedo. El rebollo (Q. pyrenaica) queda en un término medio y agradece unas semanas de frío aunque no siempre las exija.
Cómo se siembra, paso a paso
La decisión más importante es dónde, y tiene que ver con la raíz. El roble desarrolla desde el primer día una raíz pivotante que puede alcanzar 30 o 40 centímetros en la primera temporada, mientras la parte aérea apenas levanta un palmo. Esa raíz es su seguro de vida frente al verano seco, y no tolera ni que la corten ni que se enrosque en el fondo de una maceta.
Siembra directa en el sitio definitivo. Es la mejor opción cuando sabes dónde quieres el árbol. Ahorra el trasplante y produce ejemplares que arraigan mucho mejor. Coloca dos o tres bellotas por punto, a 3-5 cm de profundidad y tumbadas de lado, no de pie: así la radícula y el tallo salen orientados de forma natural y la plántula gasta menos energía. Marca el punto con una caña, protege con una malla metálica enterrada unos centímetros o una tela sobre la superficie, y aclara dejando la plántula más vigorosa al final del primer verano. La protección no es opcional: ratones, arrendajos, jabalíes y urracas localizan las bellotas enterradas con una eficacia notable.
Siembra en contenedor. Si necesitas cultivarlas antes de plantar, usa envases forestales altos y estrechos, de 25-30 cm de profundidad y con costillas antiespiralantes, o macetas de autorrepicado que sequen la punta de la raíz al llegar al aire y fuercen la ramificación. Una maceta común y baja arruina el sistema radical en pocos meses. El sustrato debe drenar bien: turba con perlita, o tierra de jardín aligerada con arena, sin exceso de abono. Coloca la bellota tumbada y cúbrela con dos o tres centímetros de sustrato.
Deja los contenedores a la intemperie, en semisombra, y riega solo para que el sustrato no llegue a secarse por completo. El encharcamiento pudre la bellota antes de que germine, y es un error mucho más común que la sequía. La emergencia del tallo llega en marzo o abril para las siembras de otoño.
Los primeros años
No arranques los restos de la bellota que queden pegados a la base del tallo: los cotiledones siguen cediendo reservas durante semanas y las plántulas a las que se los quitan crecen visiblemente menos.
La plaga garantizada del vivero de robles es el oídio (Erysiphe alphitoides), ese polvo blanco que cubre los brotes tiernos a partir de junio. En un roble adulto es cosmético; en una plántula de primer año puede frenar el crecimiento de forma seria e incluso matarla si se repite. Se controla con buena separación entre plantas, riego al pie sin mojar la hoja y, si hace falta, azufre mojable aplicado a primera hora o al atardecer, nunca con más de 30 °C porque quema.
El trasplante a tierra conviene hacerlo pronto, al final del primer invierno o del segundo, en reposo vegetativo (de noviembre a febrero) y con el cepellón íntegro. Cuanto más tiempo pasa una planta de roble en maceta, peor arraiga después. Al plantar, cava un hoyo generoso, no aportes abono fresco al fondo y riega abundantemente una vez para asentar la tierra.
En cuanto a expectativas: un roble de semilla crece despacio los tres o cuatro primeros años, porque está invirtiendo bajo tierra, y a partir de ahí acelera hasta ritmos de 30-50 cm anuales en buenas condiciones. Empezará a producir sus propias bellotas pasados los 20 o 30 años si está aislado, y bastante más tarde si crece en masa densa. Es un árbol para plantar sabiendo que lo disfrutará otro.
Errores que arruinan la siembra
El primero, ya dicho: dejar secar las bellotas. Guardarlas en un bote, en un cajón o en una bolsa al sol durante semanas equivale a tirarlas. El segundo, congelarlas pensando que así se conservan mejor o que necesitan un choque de frío; con ese contenido de agua, el hielo revienta las células del embrión.
El tercero, sembrar demasiado profundo: una bellota a diez o quince centímetros agota sus reservas antes de que el tallo alcance la luz. El cuarto, usar macetas pequeñas y dejar la planta ahí dos o tres años, con lo que la raíz pivotante se enrolla y el árbol resultante queda inestable y débil de por vida. Y el quinto, no proteger de los roedores: se puede sembrar un centenar de bellotas en noviembre y no encontrar ni una en marzo.
En resumen
La bellota es un glande de Quercus con dos cotiledones carnosos, una cáscara correosa y una cúpula escamosa que solo la sujeta mientras madura. Al ser semilla recalcitrante, se recoge madura en octubre y se siembra fresca, sin dejarla secar ni congelarla. Se selecciona descartando las perforadas por el gorgojo y las que flotan, se siembra tumbada a 3-5 cm de profundidad, preferiblemente en el sitio definitivo o en envases forestales de 30 cm, y se protege de ratones y arrendajos. Los robles blancos peninsulares no necesitan estratificación si se siembran en otoño; solo la piden si retrasas la siembra a primavera o si trabajas con robles americanos. Después toca esperar: la raíz baja durante el invierno, el tallo asoma en primavera y el árbol tarda tres o cuatro años en coger velocidad.