Una semilla que no nace rara vez está muerta. Casi siempre está esperando una señal que no le hemos dado: frío, calor, agua que atraviese una cubierta impermeable, luz, oscuridad. Germinar bien consiste en averiguar qué señal pide cada especie y dársela, no en regar más ni en tener buena mano. Este artículo repasa cómo funciona una semilla por dentro, qué tratamientos existen para desbloquearla y cómo montar un semillero que no se pierda a las dos semanas.

Qué hay dentro de una semilla

Una semilla es una planta en miniatura, dormida, con la comida y la maleta hechas. Tiene tres partes que conviene distinguir porque explican casi todo lo que pasa después:

El embrión. Es la planta futura. Ya trae la radícula (la primera raíz), el hipocótilo (el tallito que empujará hacia arriba) y una o dos hojas embrionarias, los cotiledones. Si el embrión está seco, comido por un gorgojo o abortado, no hay tratamiento que valga.

La reserva. Puede estar en un tejido específico, el endospermo (trigo, maíz, palmeras, tomate), o almacenada en los propios cotiledones (judía, guisante, almendra, aguacate). Es la despensa que sostiene a la plántula hasta que despliega hojas verdaderas y empieza a fabricar su propio alimento. De ahí una consecuencia práctica poco intuitiva: una semilla grande no necesita abono al germinar. Lleva encima varias semanas de comida. Abonar un semillero recién sembrado solo sirve para quemar raíces tiernas y alimentar hongos.

La cubierta o testa. Protege del golpe, de la desecación y de la digestión de los animales. En algunas especies es fina y permeable; en otras —leguminosas, malváceas, muchas Acacia— es una coraza impermeable que impide la entrada de agua durante años. Esa dureza no es un defecto: es una estrategia para escalonar la germinación en el tiempo y no jugárselo todo a una sola primavera.

Partes de una semilla vistas en un hueso de aguacate

Qué necesita para despertar

La germinación empieza con la imbibición: la semilla absorbe agua, se hincha y reactiva las enzimas que estaban paradas. A partir de ahí hacen falta cuatro cosas, y ninguna es opcional.

Agua constante, no encharcamiento. El sustrato debe estar como una esponja escurrida. Si se seca una sola vez después de la imbibición, con el embrión ya activo, la semilla muere. Si se encharca, se asfixia.

Oxígeno. Se olvida siempre y es la causa número uno de fracaso. El embrión respira, y respira mucho, porque está quemando sus reservas a toda velocidad. Un sustrato compactado o permanentemente empapado no tiene aire entre partículas y la semilla se pudre sin haber llegado a salir.

Temperatura adecuada. Cada especie tiene su rango. Como orientación: hortícolas de verano (tomate, pimiento, berenjena, calabacín) entre 20 y 25 °C; hortícolas de invierno y ensaladas (lechuga, espinaca, guisante, haba) entre 12 y 18 °C. El pimiento por debajo de 18 °C tarda un mes o no sale; la lechuga por encima de 28 °C entra en termoinhibición y se niega a germinar, cosa que sorprende a quien siembra en agosto en pleno interior peninsular.

Luz, en algunos casos. Aquí hay una regla práctica útil: las semillas muy pequeñas suelen necesitar luz para germinar y por tanto no se entierran, solo se apoyan en la superficie y se presionan un poco. Es el caso de la petunia, la begonia, el apio, la lechuga o el tomillo. Las semillas grandes, en cambio, germinan mejor a oscuras y se entierran. La regla clásica de profundidad —enterrar entre dos y tres veces el diámetro de la semilla— resuelve el 90 % de las dudas.

Antes de sembrar: comprobar que valen

Conviene desmontar una creencia muy repetida: la prueba del vaso de agua no mide la viabilidad. Que una semilla flote indica que tiene aire dentro, y eso puede deberse a que está vacía… o a que la testa es cerosa, a que es simplemente muy ligera, o a que aún no se ha mojado bien. Se tiran semillas perfectas cada temporada por este método.

La prueba fiable es el test de germinación en papel: cuenta diez semillas, colócalas sobre papel de cocina húmedo dentro de una fiambrera cerrada, déjalas a la temperatura que pida la especie y mira cuántas han emitido radícula en el plazo normal. Si germinan siete, tienes un 70 % de poder germinativo y siembras un 40 % más de semilla de lo previsto.

Sobre la longevidad, las diferencias son enormes. Bien guardadas en frío y en seco, las semillas de tomate, pepino y melón aguantan cinco o seis años; las de calabaza y col, cuatro o cinco; las de zanahoria, puerro, cebolla y perejil pierden fuerza al segundo año. Y hay un grupo, las llamadas recalcitrantes —bellotas, castañas, aguacate, muchas plantas de bosque húmedo—, que no toleran la desecación: si se secan, mueren. Esas se siembran recién recogidas, sin más.

Siembra directa

Es lo que se hace cuando la semilla no tiene ninguna dormancia y solo pide agua y temperatura. Ahí entran las hortalizas, las anuales de flor y buena parte de las aromáticas.

Se siembra directamente en su sitio definitivo cuando la planta tiene raíz pivotante y lleva mal el trasplante: zanahoria, rábano, nabo, chirivía, guisante, haba, judía, adormidera, capuchina. En el resto conviene el semillero, porque permite controlar temperatura y humedad, adelantar el calendario y ahorrar sustrato.

El sustrato del semillero debe ser fino, esponjoso y pobre. Una mezcla que funciona bien es turba rubia o fibra de coco con un 30 % de perlita o vermiculita. La tierra del jardín no sirve: se apelmaza, retiene demasiada agua y trae inóculo de hongos. Riega el sustrato antes de sembrar, no después, para no desenterrar las semillas, y después mantén la humedad con pulverizador o por capilaridad, poniendo la bandeja en un dedo de agua unos minutos.

El fantasma del semillero se llama damping-off: las plántulas aparecen sanas y de pronto se estrangulan a ras de sustrato y se tumban. Lo causan hongos del suelo (Pythium, Rhizoctonia, Fusarium) que prosperan con exceso de agua, aire quieto y siembra demasiado densa. No se cura, se previene: sembrar claro, ventilar, no regar por la tarde y espolvorear una capa fina de vermiculita en superficie.

Y en cuanto asome la primera plántula, fuera de la oscuridad y a plena luz. Un semillero germinado que sigue tapado o en penumbra produce plántulas ahiladas, largas y pálidas, que ya no se recuperan. En interior, junto a una ventana orientada al sur, con giro diario de la bandeja.

Cuando la semilla no quiere: la dormancia

Muchas especies leñosas y silvestres no germinan aunque les des agua, aire y calor perfectos. Tienen un bloqueo interno o externo, la dormancia, que en la naturaleza se levanta con el paso de las estaciones o con el tránsito por el estómago de un animal. En casa hay que imitar ese proceso. Los tres tratamientos siguientes cubren el repertorio habitual.

Choque térmico

Consiste en meter las semillas en agua muy caliente y dejarlas enfriar dentro. Se usa en especies de testa dura, sobre todo leguminosas: Acacia, Albizia, Robinia, Gleditsia, Ceratonia siliqua (algarrobo), Cercis siliquastrum (árbol del amor), altramuz, retama.

Calienta agua hasta que rompa a hervir, retírala del fuego, echa las semillas y déjalas ahí 24 horas hasta que el agua se enfríe sola. La clave es no cocerlas: nunca hervir con las semillas dentro. Al día siguiente separa las que se hayan hinchado —esas se siembran de inmediato— y repite el tratamiento con las que sigan del mismo tamaño.

Semillas de Acacia farnesiana, de cubierta dura

Escarificación

Es el mismo objetivo por vía mecánica o química: abrir una brecha en la testa para que entre el agua. Sirve para las mismas leguminosas, para Canna, Ipomoea (campanilla), Lathyrus odoratus (guisante de olor), malvas y muchas palmeras.

La forma casera más segura es lijar: pasa la semilla por papel de lija de grano medio, o forra el interior de un bote con lija y agítalo con las semillas dentro. También vale una lima de uñas o un corte superficial con cúter. Lo importante es raspar por el lado opuesto al hilo —la cicatriz por donde la semilla estaba unida a la vaina— y detenerse en cuanto asome el color más claro de debajo. Si llegas al embrión, la has matado. Después, un remojo de 12 a 24 horas en agua templada y a sembrar.

Existe la escarificación con ácido sulfúrico, habitual en vivero profesional. En casa no compensa: el margen entre el tiempo justo y la semilla destruida es estrecho y el riesgo de accidente, real.

Estratificación

Es el tratamiento de frío, y es el que más se ignora. Las especies de clima templado con inviernos marcados —casi todos los árboles y arbustos caducifolios, y bastantes vivaces— traen una dormancia fisiológica del embrión que solo se levanta tras varias semanas de frío húmedo. Es su reloj: evita germinar en el otoño cálido y morir en la primera helada.

Necesitan estratificación en frío el arce (Acer), el fresno (Fraxinus), el manzano y el peral, el cerezo y el resto de Prunus, el nogal, el avellano, el tejo, el acebo, el rosal, la lavanda de algunas procedencias, la Aquilegia, la Primula o el Helleborus.

El procedimiento: pon las semillas en una bolsa de plástico con vermiculita, arena lavada o turba apenas húmeda, ciérrala dejando algo de aire, etiquétala con especie y fecha y guárdala en el frigorífico, en el cajón de la verdura, entre 2 y 5 °C. El plazo depende de la especie: de 4 a 6 semanas en las de dormancia leve, de 8 a 12 en el grueso de los frutales de hueso y pepita, y hasta 16 o más en fresno, tejo y acebo, que además pueden necesitar un periodo previo de calor. Revisa cada dos semanas: si aparece moho, airea y reduce humedad; si alguna emite radícula dentro de la nevera, sácala y siémbrala ya.

Dos precisiones que evitan disgustos. La primera: el congelador no estratifica, mata. El frío tiene que ser húmedo y por encima de cero. La segunda: la alternativa gratuita es sembrar en otoño, en maceta, y dejar las macetas a la intemperie en un rincón protegido durante todo el invierno. En el norte y en el interior peninsular funciona perfectamente; en el litoral mediterráneo y en el sur, donde no se acumulan suficientes horas de frío, la nevera es más fiable.

El calendario en España

Con matices según zona, el esquema es este. De enero a marzo, semilleros protegidos de tomate, pimiento, berenjena y flores de verano, con calor de fondo si hace falta. De marzo a mayo, siembra directa de todo lo de ciclo cálido una vez pasado el riesgo de heladas —a partir de mediados de marzo en el litoral mediterráneo, de finales de abril o principios de mayo en la meseta y zonas de montaña—. De agosto a octubre, siembra de otoño-invierno: coles, acelga, espinaca, cebolla, habas, guisantes. De octubre a diciembre, siembra de leñosas al aire libre y montaje de las estratificaciones.

Antes de plantar fuera cualquier plántula criada en interior o invernadero hay que aclimatarla: sacarla unas horas al exterior durante una semana, aumentando el tiempo y la exposición al sol y al viento cada día. Saltarse este paso quema en una tarde plántulas de dos meses.

Errores que se repiten

Sembrar demasiado profundo. Es la causa más frecuente de semilleros que nunca nacen. Ante la duda, más superficial.

Regar de más. Un semillero permanentemente empapado no germina, se pudre. Humedad constante no es lo mismo que barro.

Impaciencia. Los plazos son muy dispares: el rábano asoma en tres días, el perejil puede tardar tres semanas, el espárrago o un Prunus bien estratificado, mes y medio. Remover el sustrato para "ver si va" arruina el trabajo.

Tratar todas las semillas igual. Aplicar agua hirviendo a una semilla de lechuga la destruye; sembrar directamente una de acacia no da nada. El tratamiento depende del tipo de dormancia, y averiguarlo es la mitad del trabajo.

Guardar el sobrante mal. Las semillas se conservan secas, en frío y a oscuras. Un tarro de cristal cerrado, con una bolsita de gel de sílice, en la parte baja del frigorífico, y etiquetado con la fecha. Un cajón de la caseta del jardín, con oscilaciones de 0 a 40 °C, las envejece en una sola temporada.

En resumen

Germinar es dar a cada semilla la señal que espera. Comprueba primero si vale con un test de germinación en papel, y no con el vaso de agua. Si la especie no tiene dormancia, basta con un sustrato fino y aireado, humedad constante, temperatura en su rango y la profundidad correcta —dos o tres veces el diámetro de la semilla, o en superficie si es muy fina—. Si la testa es dura e impermeable, ábrela con agua caliente fuera del fuego o con lija. Si es una leñosa de clima templado, dale entre cuatro y doce semanas de frío húmedo en la nevera o siémbrala en otoño a la intemperie. Y después de la nascencia, luz inmediata, riego moderado y aire circulando: se pierden más plántulas en las dos semanas posteriores a la nascencia que por no llegar a germinar.


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