Un sobre de lechuga sembrado en pleno agosto puede no dar ni una plántula: por encima de 28 °C, la semilla de Lactuca sativa entra en termoinhibición y sencillamente se niega a germinar, por muy fresca y cara que sea. Ese ejemplo resume bastante bien por qué fallan los semilleros. Rara vez es culpa de la semilla; casi siempre es una condición ambiental que no estaba donde tenía que estar.
Germinar es un proceso mecánico y bioquímico bastante simple: la semilla absorbe agua, se hincha, activa sus enzimas, consume las reservas del endospermo o de los cotiledones y empuja la radícula fuera de la cubierta. Para que eso ocurra hacen falta cuatro cosas y ninguna es negociable: agua constante, temperatura adecuada, oxígeno y tiempo. La luz solo entra en juego en algunas especies, y el abono no pinta absolutamente nada hasta que la plántula tiene sus primeras hojas verdaderas.
Las cuatro condiciones que deciden el resultado
Humedad sin encharcamiento. El sustrato debe estar como una esponja escurrida: húmedo al tacto, pero sin soltar agua al apretarlo. Si se seca un solo día después de que la semilla se haya hinchado, la germinación se aborta y no hay vuelta atrás. Y si se encharca, la semilla se pudre antes de brotar, porque el embrión respira y necesita oxígeno en los poros del sustrato.
Temperatura. Es la variable que más se descuida y la que más manda. Cada especie tiene su rango óptimo, medido en el sustrato y no en el aire de la habitación: tomate, pimiento y berenjena quieren entre 22 y 28 °C; calabacín, pepino y melón, entre 22 y 25 °C; lechuga, espinaca, guisante y habas prefieren entre 12 y 18 °C; albahaca, unos 20-22 °C. Una manta térmica de semillero, o simplemente colocar la bandeja sobre la nevera o cerca de un radiador, cambia por completo el resultado en las solanáceas sembradas en febrero.
Oxígeno. Por eso un sustrato compactado o demasiado fino germina peor que uno esponjoso, y por eso dejar las semillas veinticuatro horas en remojo ayuda, pero cuarenta y ocho las asfixia.
Tiempo. Un rábano asoma en tres días; un tomate, en seis u ocho; un perejil, en veinte o veinticinco; una semilla de Rosmarinus officinalis o de palmera puede tardar más de un mes. Tirar el semillero a los diez días porque «no ha salido nada» es un error muy repetido.
Cuándo sembrar en España
La fecha no la marca el calendario, la marca la última helada de tu zona. En el litoral mediterráneo y en el sur, las heladas terminan en febrero o incluso no llegan; en la meseta norte y en zonas de montaña, hay que contar con riesgo hasta la primera quincena de mayo. La regla práctica es sembrar en semillero protegido entre seis y ocho semanas antes de esa fecha, de modo que la planta llegue al trasplante con el tiempo justo.
Con eso, un calendario razonable queda así:
Enero y febrero, bajo cubierta y con calor de fondo: pimiento, berenjena y guindilla, que son lentas y necesitan mucha ventaja. También cebolla y puerro.
Marzo: tomate, albahaca, apio, coles de verano y la mayor parte de las flores anuales de temporada como Tagetes, Zinnia o Cosmos.
Abril y mayo, ya con siembra directa en muchas zonas: calabacín, pepino, calabaza, melón, sandía, judía y maíz. Las cucurbitáceas y la judía detestan el trasplante, así que si se hacen en semillero conviene usar macetas de turba o alvéolos grandes y llevarlas al suelo pronto.
Agosto y septiembre: lechuga, escarola, canónigo, espinaca, acelga, rábano, coles de invierno. Aquí el problema es el opuesto al de primavera: hace demasiado calor. Las siembras de finales de agosto salen mucho mejor en semisombra y regadas al atardecer.
Otoño e invierno: guisante y haba en octubre y noviembre en casi toda la península, y también es la época para sembrar árboles y arbustos autóctonos, que necesitan pasar frío.
El sustrato y el recipiente
Un semillero no quiere tierra de jardín ni sustrato universal cargado de abono. Quiere una mezcla fina, ligera, con poca sal y buena retención: turba rubia o fibra de coco con un 20-30 % de perlita o vermiculita funciona muy bien. Los sustratos ricos en fertilizante suben la conductividad y queman la radícula recién emitida; la semilla ya lleva dentro toda la comida que necesita para las dos primeras semanas.
El recipiente importa menos que el drenaje, pero hay dos detalles útiles. Los alvéolos pequeños obligan a repicar pronto y evitan que la raíz dé vueltas; las bandejas corridas son más cómodas para especies muy finas y luego se separan con cuidado. Y en cualquier caso, agujeros de drenaje abundantes: sin ellos, el agua se estanca en el fondo y aparece el problema que más semilleros arruina.
Cómo sembrar: profundidad y densidad
La regla clásica es enterrar la semilla a una profundidad de dos o tres veces su propio diámetro. Un haba a tres o cuatro centímetros; un tomate a medio centímetro; una petunia, en superficie, sin cubrir. Sembrar demasiado profundo es probablemente el fallo más frecuente en aficionados: la semilla germina, gasta todas sus reservas empujando hacia arriba y muere antes de ver la luz.
Ojo con las semillas fotoblásticas, que necesitan luz para germinar y por tanto no se cubren, solo se presionan contra el sustrato: lechuga, Petunia, Begonia, Antirrhinum, Digitalis, Impatiens, tomillo. Y con las contrarias, que germinan mejor a oscuras y sí se cubren bien: Calendula, Nigella, Delphinium, Viola.
En cuanto a densidad, la tentación es sembrar todo el sobre. No lo hagas: las plántulas apretadas compiten por la luz, se ahílan y se contagian los hongos unas a otras. Dos o tres semillas por alvéolo y aclarar después cortando las sobrantes con tijera a ras de sustrato, nunca arrancándolas, para no mover la raíz de la que se queda.
Semillas duras y semillas dormidas
Muchas especies leñosas y silvestres no germinan aunque les des las condiciones perfectas, porque tienen mecanismos de latencia que impiden brotar en el momento equivocado del año. Hay que romperlos a propósito.
Escarificación para cubiertas impermeables, típicas de las leguminosas: Acacia, Cercis siliquastrum, Gleditsia, Lupinus, altramuz. Se lija un lateral con papel de lija o se sumergen en agua muy caliente (unos 80 °C) apartada del fuego, dejándolas enfriar dentro 24 horas. Las que se hinchen están listas; las que sigan igual, repetir.
Estratificación en frío para especies de clima templado que necesitan invierno: rosal, manzano y perales silvestres, Prunus, Acer, Fraxinus, tejo, muchas vivaces de montaña. Se mezclan con arena o vermiculita apenas húmeda dentro de una bolsa cerrada y se guardan en la nevera a 4-5 °C entre uno y tres meses según especie. Alternativa natural: sembrar en maceta a la intemperie en noviembre y dejar que el invierno haga el trabajo.
Remojo simple, 12 a 24 horas en agua templada, para guisante, haba, remolacha, perejil, capuchina o Ipomoea. Acelera y uniformiza, pero pasarse de tiempo asfixia el embrión.
El enemigo número uno: el damping off
Si tus plántulas germinan bien y a los pocos días se estrangulan por la base y se caen como si las hubieran cortado, no es sed ni falta de abono: es damping off, la caída de plántulas causada por hongos del suelo como Pythium, Rhizoctonia y Fusarium. Prospera exactamente donde hay exceso de humedad, aire estancado y poca luz.
Se previene, no se cura. Sustrato nuevo y limpio, recipientes desinfectados, riego por la mañana para que la superficie se seque durante el día, siembra clara, y sobre todo retirar la tapa o el plástico en cuanto asome la primera plántula. Ese plástico que ayudó a germinar se convierte en una cámara de hongos veinticuatro horas después. Un ventilador pequeño moviendo el aire unas horas al día reduce muchísimo el problema y, de paso, engrosa los tallos.
Después de germinar: luz, luz y más luz
El momento crítico llega justo cuando parece que has ganado. Nada más emerger, la plántula pasa de vivir de sus reservas a depender de la fotosíntesis, y si la luz no le llega estira el tallo buscándola: eso es el ahilamiento, tallos largos, pálidos y quebradizos que ya no se recuperan del todo.
Una ventana orientada al sur en febrero no da suficiente luz para un semillero de tomates: son pocas horas y llegan de lado. O se saca la bandeja al exterior en las horas centrales cuando la temperatura lo permite, o se recurre a un foco LED de cultivo a 10-15 cm de las plantas durante 12-14 horas diarias. En cuanto emergen, además, conviene bajar la temperatura unos grados: el calor que ayudó a germinar, mantenido después, produce plantas blandas y estiradas.
El repicado, es decir, pasar cada plántula a su maceta individual, se hace cuando tiene el primer par de hojas verdaderas (las que salen después de los cotiledones). Se sujeta siempre por una hoja, nunca por el tallo, que se aplasta con nada. Y antes de plantar fuera hay que endurecer: una semana sacándolas al exterior unas horas al día, aumentando progresivamente y evitando el sol directo del mediodía los primeros días. Saltarse ese paso quema en una tarde plantas de dos meses.
Riego del semillero
Lo mejor es regar desde abajo: se apoya la bandeja en un recipiente con dos o tres dedos de agua, se deja que el sustrato la absorba por capilaridad durante diez o quince minutos y se retira. Así la superficie no se compacta, las semillas no se desentierran y la humedad no se queda estancada arriba, que es donde atacan los hongos.
Si riegas por arriba, usa un pulverizador o una regadera de cebolla muy fina, y agua a temperatura ambiente. El agua fría del grifo en pleno invierno frena la germinación de las especies de calor.
Conservación y viabilidad de la semilla
Las semillas no duran lo mismo. Cebolla, puerro y chirivía pierden facultad germinativa en uno o dos años; zanahoria y pimiento aguantan dos o tres; tomate, judía y guisante, tres o cuatro; calabaza, pepino, lechuga y coles pueden pasar de cinco. El factor que decide no es la fecha del sobre, sino cómo se ha guardado: frío, seco y a oscuras. Un bote de cristal cerrado con un sobre de gel de sílice, en la parte baja de la nevera, multiplica la vida útil. Un cajón del cobertizo que en julio alcanza 40 °C la destroza en una temporada.
Antes de sembrar un lote antiguo, haz un test: diez semillas sobre papel de cocina húmedo dentro de una bolsa cerrada, a temperatura adecuada, y cuenta cuántas germinan a los diez o quince días. Si germinan siete, tienes un 70 % y solo tendrás que sembrar más denso. Si germinan dos, compra semilla nueva y ahórrate la temporada.
Y aquí conviene deshacer un malentendido bastante extendido: el papel de cocina sirve para comprobar la viabilidad, no para producir plantas. Las raicillas se enredan entre las fibras y se rompen al despegarlas, con lo que la plántula arranca ya dañada. Si germinas así, hay que trasplantar en cuanto asome la radícula, con dos o tres milímetros como mucho, y manipularla con pinzas.
En resumen
Germinar bien es controlar cuatro variables y respetar el calendario de tu zona. Sustrato fino y sin abono, humedad constante pero aireada, la temperatura que pida cada especie, profundidad de dos o tres veces el tamaño de la semilla y paciencia con las lentas. En cuanto asome la primera plántula, fuera el plástico, más luz y algo menos de calor, que es justo el punto donde se pierden la mayor parte de los semilleros que habían empezado bien. Para las especies leñosas y silvestres, escarificar o estratificar antes de sembrar. Y guarda la semilla sobrante en frío y en seco: la próxima temporada empezarás con ventaja.