Sembrar en maceta rara vez falla por culpa de la semilla. Falla por el sustrato, por la profundidad y, sobre todo, por el riego. Una semilla viable de tomate germina en cinco días a 22 ºC dentro de un vaso de yogur agujereado, y esa misma semilla se pudre en dos semanas si el sustrato está compactado y empapado. Lo que sigue es el detalle de cada decisión que se toma entre que se abre el sobre y que la plántula tiene su primer par de hojas verdaderas.

Manos sembrando semillas en una maceta con sustrato

Cuándo sembrar según lo que quieras cultivar

En el clima peninsular la siembra en maceta se reparte en tres tandas claras:

Finales de invierno, dentro de casa o en invernadero. Es cuando se siembran las hortalizas de fruto que necesitan una temporada larga: tomate (Solanum lycopersicum), pimiento (Capsicum annuum) y berenjena (Solanum melongena). En el litoral mediterráneo, a partir de mediados de febrero; en el interior y en la meseta norte, mejor esperar a marzo. La idea es tener plantel de 15 cm cuando pase el riesgo de heladas.

Primavera, ya al exterior. De abril a mayo se siembran directamente en su maceta definitiva las cucurbitáceas (calabacín, pepino, calabaza), las judías, la albahaca y las anuales de flor de verano: caléndula, zinnia, cosmos, capuchina. Estas especies tienen raíz delicada y agradecen no pasar por un trasplante.

Finales de verano y otoño. Septiembre y octubre son buenos para lechuga, escarola, espinaca, rúcula, acelga, guisante y haba. Y también para las semillas de árboles y arbustos de clima templado, que se siembran en otoño precisamente para que pasen el frío del invierno al raso.

El recipiente importa menos de lo que se dice, el drenaje no

Sirve casi cualquier cosa: bandeja de alveolos, macetas de 8 cm, vasos de plástico, tarrinas de yogur, envases de leche cortados. Dos condiciones no negociables: agujeros de drenaje suficientes —varios, no uno solo, y en el fondo, no en el lateral— y al menos 6 o 7 cm de profundidad. Los alveolos de 3 cm que venden en algunos kits secan tan deprisa que obligan a regar dos veces al día en cuanto aprieta el sol.

Aquí conviene desmontar una costumbre muy repetida: poner una capa de gravilla o arlita en el fondo de la maceta no mejora el drenaje. Lo empeora. En el límite entre dos materiales de granulometría distinta se forma una lámina de agua colgada que satura la base del sustrato, justo donde están las raíces jóvenes. El agua no baja hasta que la capa de arriba está prácticamente encharcada. Si el sustrato es poroso y la maceta tiene agujeros, la gravilla sobra; lo único que hace es quitarte volumen útil.

El recipiente reutilizado hay que lavarlo. Un enjuague con agua caliente y jabón, o un remojo de diez minutos en lejía diluida al 10 % con aclarado posterior, elimina buena parte del inóculo de hongos que quedó de la temporada anterior.

Un sustrato ligero, tamizado y pobre

La semilla no necesita alimento: lo lleva dentro. Lo que necesita es un medio que retenga humedad sin asfixiarla y que sea lo bastante fino como para que la radícula no se encuentre con un terrón el primer día. De ahí que los sustratos de siembra sean deliberadamente pobres en nutrientes. Un abonado fuerte en esta fase quema las raicillas y favorece los hongos.

Una mezcla que funciona bien: dos partes de turba rubia o fibra de coco y una parte de perlita o vermiculita. La turba rubia aporta retención y esponjosidad; la perlita, aireación; la vermiculita, ambas cosas y algo de capacidad de intercambio. Si compras sustrato de semillero comercial, ya viene con esa proporción y con el pH corregido, que es un detalle importante: la turba rubia sin encalar ronda un pH de 3,5-4, demasiado ácido para germinar.

Dos advertencias. La primera: no uses tierra del jardín. Se compacta al regar, forma costra en superficie y viene cargada de esporas y de semillas de malas hierbas. La segunda: el compost casero sin madurar tampoco vale para semillero; su actividad microbiana y su salinidad son demasiado altas para una plántula.

Antes de llenar, pasa el sustrato por un colador o desmenúzalo con la mano. Y humedécelo antes de sembrar, en un barreño, hasta que al apretar un puñado se quede compacto pero suelte solo un par de gotas. Sembrar en sustrato seco y regar después arrastra las semillas y las deja apelotonadas en un rincón.

La profundidad: dos o tres veces el grosor de la semilla

Esta es la regla que más veces se incumple y la que más siembras arruina. Una semilla debe quedar cubierta por una capa de sustrato equivalente a dos o tres veces su propio grosor, no de su longitud. Traducido:

Semillas grandes (judía, calabaza, girasol, capuchina, haba): 2-3 cm. Se pueden meter con el dedo.

Semillas medianas (tomate, pimiento, albahaca, caléndula, zinnia, acelga): 0,5 cm escaso. Basta con espolvorear un poco de sustrato tamizado por encima y presionar suavemente.

Semillas finas y polvorientas (petunia, begonia, lobelia, Digitalis, boca de dragón, Nicotiana, lechuga): no se entierran. Se distribuyen sobre la superficie y se presionan un poco para que hagan contacto con el sustrato, nada más. Muchas de ellas son fotoblásticas positivas: necesitan luz para germinar y, enterradas, se quedan dormidas indefinidamente. Si te da miedo que se sequen, cubre con una capa finísima de vermiculita, que deja pasar la luz.

El otro error habitual es la densidad. Sembrar veinte semillas en una maceta de 10 cm garantiza plántulas ahiladas, competencia por la luz y un foco perfecto para los hongos. En alveolos, dos o tres semillas por hueco y luego aclareo. En maceta de 10-12 cm, cinco o seis como mucho.

Semillas que necesitan un empujón antes de sembrar

Las hortalizas y las anuales de flor germinan sin más trámite. Otras especies tienen mecanismos de latencia que hay que romper:

Escarificación. Semillas de cubierta dura e impermeable —guisante de olor (Lathyrus odoratus), Ipomoea, Canna, acacias, altramuz— que necesitan que el agua entre. Se lijan un poco por un lateral con papel de lija fino, o se dejan 12-24 horas en agua que estaba caliente al empezar (no hirviendo). Sabrás que ha funcionado porque se hinchan.

Estratificación en frío. Semillas de árboles y arbustos de clima templado: manzano, cerezo y otros Prunus, Acer, rosal silvestre, majuelo, tejo. Necesitan entre uno y tres meses a 3-5 ºC en húmedo. Se mezclan con vermiculita o arena ligeramente húmeda en una bolsa de plástico perforada y se dejan en el cajón de las verduras de la nevera. La alternativa natural es sembrarlas en otoño y dejar la maceta fuera, resguardada de la lluvia directa, todo el invierno.

Remojo simple. Remolacha, perejil y espinaca germinan antes tras 12 horas en agua templada. Al perejil, además, hay que tenerle paciencia: tarda de tres a cuatro semanas y mucha gente da la siembra por perdida antes de tiempo.

Temperatura: el factor que decide de verdad

La germinación depende más de la temperatura del sustrato que de la del aire. Cifras orientativas de óptimo:

Tomate, 20-25 ºC. Pimiento, 25-28 ºC. Berenjena, 25-30 ºC. Calabacín y pepino, 22-25 ºC. Albahaca, 20-25 ºC. Lechuga, 15-20 ºC. Guisante y haba, 12-18 ºC.

Fíjate en el pimiento: por debajo de 18 ºC tarda tres semanas o directamente no sale, y ese es el motivo real de la mitad de los semilleros de pimiento que "no germinan" en un piso frío de febrero. Un radiador cercano, el hueco encima de la nevera o un cable calefactor resuelven el problema.

Y el caso contrario, que casi nadie espera: la lechuga tiene termoinhibición. Por encima de unos 25-28 ºC su semilla entra en latencia y no germina. Si siembras lechuga en agosto y no sale, no es que la semilla esté mala; es que hace demasiado calor. Siembra a la sombra, riega para bajar la temperatura del sustrato o mete el semillero unos días en un sitio fresco.

Riego: constante, fino y mejor desde abajo

Entre que la semilla se hincha y que emerge no puede secarse ni un día. Una semilla que inicia la germinación y se seca a medias muere; no hay marcha atrás. Pero encharcada tampoco vive, porque el embrión necesita oxígeno para respirar.

El punto correcto es el de una esponja escurrida. Para mantenerlo:

Riega con pulverizador mientras la superficie está desnuda, o con regadera de cebolla muy fina. Un chorro directo entierra las semillas superficiales y descalza las que ya han emergido.

Mejor todavía, riega por capilaridad. Pon las macetas en una bandeja con dos o tres centímetros de agua y déjalas absorber diez o quince minutos, hasta que la superficie se oscurezca. Luego retira el agua sobrante. Así el sustrato se humedece de manera uniforme, no se forma costra y la superficie queda relativamente seca, que es justo lo que menos gusta a los hongos.

Tapar ayuda, pero solo hasta que asome. Una bolsa transparente o una tapa de plástico mantiene la humedad y evita regar. En cuanto veas los primeros cotiledones, quítala o ábrela: el aire estancado con 100 % de humedad es el escenario ideal para el damping-off.

El sulfato de cobre y la caída de plántulas

El damping-off o caída de plántulas es el problema clásico del semillero: las plantitas aparecen una mañana tumbadas, con el tallo estrangulado y acuoso a la altura del cuello. Lo causan hongos y oomicetos del suelo —Pythium, Rhizoctonia, Fusarium, Phytophthora— que solo se vuelven agresivos cuando hay exceso de agua, sustrato compactado, siembra densa y falta de ventilación.

Sulfato de cobre en polvo usado como fungicida preventivo

De ahí viene la costumbre de tratar las semillas o el sustrato con un producto cúprico: sulfato de cobre, oxicloruro de cobre o caldo bordelés. Es un fungicida de contacto, preventivo y de amplio espectro, autorizado en agricultura ecológica, y aplicado al sustrato justo después de sembrar reduce bastante la incidencia. Si lo usas, respeta la dosis del envase y quédate en la parte baja del rango: el cobre se acumula, es tóxico para la fauna del suelo y a concentraciones altas retrasa la propia germinación. En sustrato comercial nuevo, francamente, no hace ninguna falta.

Lo que de verdad previene la caída de plántulas es lo aburrido: sustrato limpio, siembra clara, riego por abajo, superficie que se seque entre riegos y aire circulando. Una infusión de manzanilla fría pulverizada sobre la superficie es un remedio casero razonable como apoyo. Y si el problema ya ha aparecido, retira de inmediato las plántulas afectadas y deja de regar unos días; el foco se extiende en mancha.

Después de germinar: luz inmediata y aclareo

El momento crítico llega justo cuando la siembra parece resuelta. En cuanto asoman los cotiledones, la plántula necesita toda la luz posible, ya. Si sigue en el rincón cálido y oscuro donde germinó, en tres días tendrás tallos larguísimos, pálidos y curvados hacia la ventana. Eso es el ahilamiento, y no se corrige: esa planta ya no se recupera, como mucho se salva enterrando el tallo hasta las hojas al trasplantar, cosa que funciona en tomate pero no en casi ninguna otra especie.

Necesitan entre 12 y 14 horas de luz intensa. Una ventana orientada al sur en febrero suele quedarse justa; girar la bandeja media vuelta cada día ayuda a que crezcan rectas. Y un ventilador suave un rato al día, o simplemente pasar la mano por encima de las plántulas, engrosa los tallos: el movimiento estimula un crecimiento más compacto.

Aclarea cuando salga la primera hoja verdadera, dejando la plántula más vigorosa por hueco. Y córtalas a ras con tijeras en vez de arrancarlas, para no romper las raíces de la que se queda.

El trasplante, con dos hojas verdaderas

Los cotiledones son las dos primeras hojas, lisas y sin la forma característica de la especie. Las siguientes son las verdaderas. Cuando haya dos o tres pares de hojas verdaderas, toca repicar a una maceta mayor, y ahí ya sí con un sustrato normal, con nutrientes.

Coge la plántula por un cotiledón o por una hoja, nunca por el tallo: una hoja rota se repone, un tallo aplastado mata la planta. Ayúdate de un lápiz o un palillo para hacer palanca por debajo del cepellón y saca la mayor cantidad de sustrato posible pegado a las raíces.

Si las plántulas van a salir al exterior, endurécelas antes: una semana sacándolas unas horas al día, a la sombra primero y al sol después, aumentando el tiempo progresivamente. Pasar del salón al pleno sol de mayo sin transición quema las hojas en una tarde.

Errores frecuentes, en corto

Sembrar demasiado profundo. La semilla gasta sus reservas antes de llegar a la superficie y muere por el camino.

Regar por encima con chorro. Compacta, forma costra y descalza.

Usar semilla vieja sin comprobarla. La cebolla, la chirivía y el perejil pierden casi toda la viabilidad en un año; el tomate y las cucurbitáceas aguantan cuatro o cinco bien guardados en seco y fresco. Ante la duda, prueba de germinación entre dos papeles de cocina húmedos dentro de una bolsa.

Sembrar todo el sobre. No hay sitio ni luz para tanta plántula, y acabas tirando el 80 %.

No etiquetar. A las tres semanas, un plantel de pimiento y uno de berenjena son indistinguibles.

Abonar demasiado pronto. Hasta el repicado no hace falta nada; después, media dosis durante las primeras semanas.

En resumen

Para sembrar en maceta con garantías: recipiente de 7 cm o más con buenos agujeros y sin gravilla en el fondo, sustrato ligero y pobre humedecido antes de sembrar, semillas separadas y cubiertas con dos o tres veces su grosor —las muy finas, en superficie—, temperatura acorde con la especie, riego por capilaridad para mantener una humedad constante sin encharcar, y luz abundante desde el mismo día en que asoman los cotiledones. El sulfato de cobre es un apoyo preventivo razonable, no un requisito; la higiene y el control del agua evitan más caídas de plántulas que cualquier fungicida. Y con dos o tres pares de hojas verdaderas, a su maceta definitiva, sujetando siempre por las hojas.


Contenidos relacionados