Los piñones del bote de la cocina no germinan. Nunca. Vienen pelados, muchas veces tostados o al menos pasados por un secado industrial, y con frecuencia ni siquiera son de pino piñonero: buena parte de lo que se vende barato en España procede de Pinus koraiensis asiático. El embrión está muerto antes de llegar al lineal. Quien haya sembrado un puñado de piñones de cocinar y no haya visto nada en tres meses no hizo nada mal; sembró semillas inviables.

El piñón que sirve es el que conserva su cáscara leñosa, esa especie de cápsula parda y dura que hay que cascar con un martillo o una piedra. Se saca de las piñas del pino piñonero (Pinus pinea), y de ahí en adelante el proceso es sencillo, aunque tiene tres o cuatro puntos donde se pierde la mitad de las siembras.

Piña y piñones con cáscara de Pinus pinea

De dónde salen los piñones que sí germinan

La piña del pino piñonero tarda tres años en madurar desde la floración. Durante ese tiempo permanece verde y cerrada, con los piñones pegados por resina en el interior de las escamas. Madura entre el otoño del tercer año y la primavera siguiente, y es entonces cuando abre las escamas y suelta la semilla.

La recolección natural, por tanto, va de noviembre a marzo. Se recogen piñas cerradas y pesadas del suelo o directamente del árbol, y se dejan al sol en un sitio seco y ventilado —una terraza, un cajón junto a una ventana— hasta que abren solas. Pueden tardar de una a tres semanas según la temperatura y la humedad. Al abrir, se golpean o se sacuden boca abajo y los piñones caen.

Una advertencia práctica: no hay que acelerar el proceso con calor fuerte. Meter la piña al horno la abre en una hora, pero por encima de unos 50 °C el embrión se cuece y las semillas quedan inservibles. Lo mismo vale para hervirlas o ponerlas junto a un radiador a tope. La piña abre sola con paciencia y sol.

Otra advertencia, esta legal: la recogida de piña en montes públicos está regulada en buena parte de España, especialmente en Castilla y León, Andalucía y Cataluña, donde el piñón es un aprovechamiento forestal con valor comercial y hay que contar con permiso. Recoger unas cuantas piñas caídas en un paseo rara vez le importa a nadie; llenar sacos, sí. En un pinar privado hace falta permiso del propietario sin discusión.

Si no hay pinar cerca, la alternativa es comprar semilla forestal en viveros o casas de semillas, que la venden con cáscara y a menudo con dato de procedencia y porcentaje de germinación. Es lo más fiable, y evita la lotería del piñón de origen desconocido.

Cuándo sembrar

Hay dos ventanas buenas, y las dos funcionan:

Otoño, de octubre a diciembre. Es lo que hace el árbol. Se siembra el piñón recién extraído y se deja el contenedor a la intemperie, protegido de lluvias torrenciales pero expuesto al frío. El invierno hace la estratificación natural y la germinación arranca a finales de invierno o en marzo. Ventaja: las plantitas ganan una primavera entera de crecimiento. Inconveniente: en zonas de heladas fuertes conviene resguardar los contenedores, y hay que vigilar a los ratones, que localizan los piñones sembrados con una eficacia insultante.

Final del invierno, de febrero a marzo. La siembra más habitual en vivero. Se hace después de darle a la semilla un tratamiento previo en frío, del que hablo enseguida, y con las temperaturas ya subiendo la nascencia es rápida y agrupada.

Sembrar en pleno verano es mala idea en casi toda la Península: el sustrato de un contenedor pequeño alcanza temperaturas altísimas, se seca dos veces al día y las plántulas recién nacidas no lo soportan. Y sembrar en mayo, aunque germine, deja plantas muy tiernas encarando el primer verano.

Preparar la semilla antes de sembrar

El piñón de Pinus pinea tiene una latencia ligera: germina sin ningún tratamiento, pero lo hace de forma lenta y escalonada, a lo largo de dos o tres meses. Con dos pasos previos la cosa cambia bastante.

Selección por flotación. Se echan los piñones con cáscara en un vaso de agua y se dejan 24 o 48 horas. Los que flotan al final están vacíos, secos o comidos por larvas; se descartan sin pena. Los que se hunden tienen la semilla llena. Este simple filtro evita la frustración de sembrar veinte piñones huecos y no ver nada. El remojo, además, hidrata la semilla y activa el embrión.

Estratificación en frío. Tras el remojo, se envuelven los piñones en un puñado de vermiculita, arena o turba apenas húmeda —que se apelmace en la mano pero no gotee—, se meten en una bolsa de plástico cerrada sin apretar y se guardan en la nevera, en la parte menos fría, a unos 4 °C, entre tres y cinco semanas. Conviene abrir la bolsa cada pocos días para airear y comprobar que no hay moho. Al sacarlos se siembran de inmediato. Con este paso la germinación se concentra en dos o tres semanas en lugar de estirarse durante meses.

Con la siembra de otoño al aire libre este paso sobra: lo hace el invierno.

Lo que no hay que hacer es cascar el piñón para «ayudarlo». La cáscara se abre sola cuando el embrión empuja y protege a la semilla de hongos mientras tanto. Romperla suele dañar el embrión o abrir una puerta a la podredumbre.

El recipiente: aquí se juega el árbol

Los pinos desarrollan una raíz pivotante muy vigorosa desde el primer momento. Una plántula de Pinus pinea de dos meses puede tener tres centímetros de tallo y quince de raíz. Si esa raíz choca con el fondo de una maceta somera, se enrolla sobre sí misma y forma un caracol que ya no se corrige nunca: el árbol vive, pero crece raquítico y, plantado en el suelo, es candidato a volcar con el primer temporal serio años después.

La solución es sembrar directamente en contenedor forestal profundo, de los que se usan en repoblación: 300-400 cm³ de volumen, unos 18-25 cm de altura, con costillas verticales interiores que impiden que la raíz gire y con el fondo abierto para que la punta se autorrepique al contacto con el aire. Se venden en cualquier casa de material de vivero y valen céntimos. En su defecto, sirven macetas altas y estrechas, tubos de PVC de 20 cm con el fondo hecho con malla, o incluso botellas de agua de litro y medio cortadas y perforadas generosamente por abajo.

Lo que no sirve son las bandejas de alveolos poco profundos ni los tiestos anchos y bajos. Y tampoco sirve sembrar a voleo en una jardinera para trasplantar después: mover un pino joven arrancándolo de la tierra le parte la pivotante y le corta las micorrizas, y la mortalidad después de esa operación es altísima.

Un piñón por contenedor, o dos si se sospecha baja germinación, eliminando después el más débil con tijera a ras de sustrato en lugar de arrancarlo.

Sustrato, siembra y micorrizas

El pino piñonero es planta de suelos arenosos, sueltos y más bien ácidos; en la naturaleza domina los arenales litorales y las campiñas silíceas. Una mezcla razonable es turba rubia con perlita al 30-40 %, o turba con arena de río lavada. Lo importante es que drene mucho: el enemigo número uno de la siembra de coníferas es el exceso de agua.

El piñón se coloca tumbado y cubierto con 1,5-2 cm de sustrato. Al ser una semilla grande, con reservas abundantes, aquí sí se entierra, al contrario que en las semillas finas. Encima viene bien una capa delgada de arena gruesa o gravilla, que reduce la evaporación y desanima a los pájaros.

Un detalle que separa un pino mediocre de uno vigoroso: los pinos son simbiontes obligados de hongos ectomicorrícicos. Sin ellos absorben mal el fósforo y crecen a medio gas. La forma más fácil de aportarlos es mezclar en el sustrato un par de puñados de tierra y mantillo recogidos bajo un pinar adulto, o comprar un inóculo micorrícico comercial. La mejora en crecimiento durante el primer año es evidente.

Después de sembrar, riego a fondo una vez y luego humedad constante pero moderada: el sustrato debe estar fresco, nunca encharcado. Un semillero de pinos podrido por Fusarium o Rhizoctonia se reconoce porque las plántulas caen dobladas por la base, como segadas. Contra eso, drenaje, aireación y no regar de más.

La germinación llega entre las dos y las seis semanas con temperaturas de 18-22 °C. Sale primero un tallito arqueado que arrastra la cáscara en la punta, y luego una corona de cotiledones —el pino piñonero tiene entre diez y quince, más que casi cualquier otra semilla de jardín—. Si la cáscara sigue pegada tres o cuatro días, se puede humedecer con un algodón y retirar con cuidado, pero no antes.

Los dos primeros años

Las plántulas quieren luz abundante desde el principio. Un pino a media sombra se estira, se debilita y no se recupera. Sol directo de la mañana y sombra en las horas centrales durante el primer verano es el compromiso ideal en el interior peninsular; en la costa, sol casi pleno.

Tras los cotiledones aparecen las hojas primarias, aciculares y solitarias, y solo al cabo de uno o dos años empiezan a salir las acículas definitivas agrupadas de dos en dos, que es cuando el árbol empieza a parecer un pino de verdad. El crecimiento del primer año ronda los 15-25 cm; el segundo suele duplicarlo.

El abonado se puede empezar en el segundo mes con un fertilizante equilibrado a dosis baja, cada tres o cuatro semanas en primavera y verano. Es más importante no pasarse que quedarse corto: un pino sobrealimentado crece blando y aguanta peor el frío y la sequía.

Riego en invierno: muy poco. La planta está parada y el sustrato frío y húmedo pudre raíces. Un riego cada dos o tres semanas, si no ha llovido, es suficiente.

Pino piñonero adulto, Pinus pinea

Pasar al suelo definitivo

El trasplante a terreno se hace con la planta de uno o dos años, y siempre en otoño, entre octubre y diciembre, para que enraíce con las lluvias antes del calor. Cuanto más pequeña sea la planta en el momento del trasplante, mejor arraiga; los ejemplares grandes de vivero, en contenedores anchos, se enganchan mal y tardan años en arrancar.

Se saca el cepellón entero, sin deshacerlo ni sacudirlo, se abre un hoyo bastante mayor que el cepellón, se coloca la planta con el cuello a ras de suelo —nunca enterrado— y se rellena con la propia tierra del sitio, sin abonos ni estiércol en el fondo. Un alcorque para retener agua y un riego generoso de asiento completan la faena. Los dos primeros veranos conviene regar; después, en clima mediterráneo, el pino piñonero se vale solo.

Y antes de plantar, la pregunta incómoda: ¿cabe? Pinus pinea alcanza 20-25 m de altura y una copa en parasol que puede superar los 12 m de diámetro, con raíces potentes. No es árbol para un jardín pequeño ni para plantarlo a tres metros de la casa, del muro o de la piscina. La distancia mínima razonable a cualquier construcción son 8-10 m. Y sobre los piñones: no llegan hasta los 15-20 años, y la producción seria bastante después. Quien siembre un piñón hoy no lo hace por la cosecha.

Otros pinos a partir de semilla

El método es en esencia el mismo para el resto de pinos españoles, con dos ajustes.

El pino carrasco (Pinus halepensis) tiene semilla mucho más pequeña y alada, apenas necesita frío previo y germina con enorme facilidad en dos semanas. Es el más agradecido de todos y el más adaptado a suelos calizos, secos y calurosos, donde el piñonero sufre.

El pino silvestre o albar (Pinus sylvestris) y el pino negral (Pinus nigra) sí agradecen tres o cuatro semanas de estratificación en frío. Son especies de montaña: crecen bien en el Sistema Ibérico, Pirineos o Sierra Nevada, y en el clima cálido de la costa mediterránea o del valle del Guadalquivir vegetan mal y acaban muriendo a los pocos años. Sembrar la especie que corresponde al clima del sitio ahorra muchos disgustos.

Y una idea que circula y no funciona: enterrar la piña entera esperando que salgan pinos. Dentro de una piña enterrada, la resina, la falta de oxígeno y los hongos acaban con las semillas; a lo sumo germina alguna de las que quedan en el borde. Si se quiere aprovechar una piña, hay que abrirla, extraer los piñones y sembrarlos uno a uno.

En resumen

Se plantan piñones con cáscara, extraídos de piñas de Pinus pinea recogidas entre noviembre y marzo y abiertas al sol sin calor artificial. La siembra tiene dos momentos: otoño, a la intemperie, dejando que el invierno estratifique la semilla, o febrero-marzo, después de 24-48 horas de remojo —descartando los piñones que floten— y de tres a cinco semanas en la nevera a 4 °C.

Un piñón por contenedor forestal profundo, tumbado y cubierto con dos centímetros de sustrato drenante y ácido, con un puñado de tierra de pinar para aportar micorrizas. Humedad constante sin encharcar, luz abundante y germinación en dos a seis semanas. Al año o a los dos, trasplante en otoño al lugar definitivo, con el cepellón intacto y el cuello a ras de suelo, teniendo claro que lo que se está plantando es un árbol de veinte metros que dará su primer piñón dentro de tres lustros largos.


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