Lo que un vivero vende bajo la etiqueta «jazmín» puede ser cualquiera de media docena de plantas distintas, y algunas ni siquiera pertenecen a la misma familia botánica. De cuál te hayas llevado a casa depende todo lo demás: cuándo florece, cuánto frío aguanta y —muy especialmente— en qué mes hay que podarla. Antes de hablar de riegos y abonos conviene ponerle apellido a la planta.
Qué es y qué no es un jazmín
Los jazmines verdaderos son las especies del género Jasminum, de la familia de las oleáceas, la misma del olivo y el aligustre. Hay alrededor de doscientas especies, y son plantas de porte trepador o sarmentoso, con hojas opuestas y flores tubulares que se abren en estrella.
Junto a ellas circulan varios falsos jazmines que se cuidan de otra manera:
El jazmín estrellado o de leche (Trachelospermum jasminoides) es una apocinácea. Es la trepadora perennifolia de flor blanca en molinillo que hoy cubre medio país; aguanta más frío y más sequía que casi cualquier Jasminum y su savia es lechosa. El jazmín del Cabo (Gardenia jasminoides) es un arbusto rubiáceo acidófilo, nada trepador. El jazmín de Madagascar (Stephanotis floribunda) es una trepadora tropical de flor cérea. La dama de noche (Cestrum nocturnum) es una solanácea. Y el jazminoide o Solanum jasminoides tampoco tiene nada que ver.
Si la planta tiene savia blanca al cortarla, no es un Jasminum. Es el atajo más rápido para salir de dudas.
Las especies que de verdad se cultivan en España
Jasminum officinale, el jazmín común o blanco. Trepadora voluble semicaducifolia, de hoja pinnada y flores blancas muy perfumadas de junio a septiembre. Es el más rústico de los blancos: bien establecido soporta heladas de -10 °C, y en zonas frías pierde la hoja y rebrota. Es el que tiene sentido plantar en la meseta o el interior norte.
Jasminum grandiflorum, el jazmín real, morisco o de España. Flores mayores y aroma más intenso —es la especie de la que vive la perfumería—, pero bastante más friolero: sufre por debajo de -3 o -4 °C. En Andalucía, Levante y las islas se comporta como planta de patio de toda la vida; más al norte hay que darle un muro cálido o cultivarlo en maceta y guardarlo.
Jasminum polyanthum, el jazmín chino. Es el que se vende en maceta en enero y febrero, con la guía de alambre y los capullos rosados que abren en flor blanca. Florece de finales de invierno a primavera y perfuma muchísimo. Resiste heladas ligeras, hasta unos -2 o -3 °C, y en el litoral mediterráneo se cultiva sin protección.
Jasminum nudiflorum, el jazmín de invierno. Caducifolio, de flor amarilla y sin aroma, florece de diciembre a marzo sobre tallos verdes y desnudos. Es rústico de verdad, hasta -15 °C. Ojo: no es una trepadora voluble, sino un arbusto de ramas largas y arqueadas que hay que atar a un soporte o dejar caer sobre un muro.
Jasminum mesnyi (o J. primulinum), el jazmín primulino. Parecido al anterior pero perenne, de flores amarillas semidobles y mayores, y algo más delicado con el frío.
Jasminum sambac, el jazmín de Arabia. El del té de jazmín. Es tropical: no tolera heladas y fuera del litoral más cálido o de Canarias hay que tratarlo como planta de interior luminoso o de invernadero.
Ubicación y suelo
Los jazmines florecen en proporción directa a la luz que reciben. A pleno sol dan mucha más flor y más aroma que a media sombra; en sombra franca vegetan, se estiran y apenas florecen. La excepción es el interior peninsular en pleno verano, donde a J. polyanthum y a los ejemplares en maceta les viene bien sol de mañana y sombra desde primera hora de la tarde: en maceta oscura y a 38 °C, el cepellón se cuece.
Un muro orientado al sur o al sureste es la ubicación ideal, porque acumula calor y sube uno o dos grados el mínimo nocturno de la planta, lo que en zonas límite marca la diferencia entre pasar el invierno y no pasarlo.
En cuanto al suelo, piden algo fértil, con materia orgánica y sobre todo bien drenado. Toleran cierta caliza, pero en suelos con pH por encima de 8 y regados con agua muy dura acaban dando clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios marcados en verde. En maceta, una mezcla de sustrato universal de calidad con un 25-30 % de perlita o arena gruesa funciona bien; el contenedor definitivo no debería bajar de 30 cm de diámetro, porque son plantas de raíz abundante que agotan enseguida un tiesto pequeño.
Riego
En plena vegetación, de abril a septiembre, el jazmín quiere el suelo fresco pero nunca encharcado. En suelo, dos o tres riegos generosos por semana en verano en el interior peninsular; en maceta, revisar a diario en julio y agosto y regar cuando los dos o tres primeros centímetros de sustrato estén secos, hasta que salga agua por el drenaje. El error que más flores cuesta es el déficit hídrico en maceta durante una ola de calor: la planta responde tirando botones y hojas, y esa floración ya no vuelve ese año.
Al llegar el otoño se reduce el riego, y en invierno solo se aporta lo justo para que el cepellón no se seque del todo, sobre todo si la planta está en un porche o en interior fresco. Un plato con agua estancada bajo la maceta en invierno es una forma segura de pudrir las raíces.
Abonado: la razón más común de «tengo mucha hoja y ninguna flor»
De marzo a septiembre agradecen abono cada dos o tres semanas. La clave está en el tipo: un abono rico en potasio y fósforo, del tipo de los formulados para plantas de flor, o un guano líquido. Los abonos de alto contenido en nitrógeno —los verdes de césped, o el purín de ortiga usado sin medida— producen un crecimiento exuberante de brotes tiernos, blandos, atractivos para el pulgón y con muy poca flor. Un jazmín que sube tres metros y no da un botón casi siempre está sobrealimentado de nitrógeno, mal podado o con poco sol.
En suelo, un aporte de compost o estiércol maduro alrededor de la base a finales de invierno cubre buena parte de las necesidades del año. Si aparece clorosis, se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el que sigue siendo eficaz en suelos calizos, regado a la base en primavera.
La poda: el momento importa más que la técnica
Aquí se concentra el gran malentendido del cultivo del jazmín. La regla es sencilla y depende de si la especie florece sobre la madera del año en curso o sobre la del año anterior.
Los que florecen sobre brotes del año —Jasminum officinale y J. grandiflorum, que abren en verano— se podan a finales de invierno, en febrero o principios de marzo. Se aclara la maraña, se eliminan tallos secos y cruzados y se acortan los brotes vigorosos. Lo que crezca en primavera será lo que florezca.
Los que florecen sobre la madera formada el año anterior —J. nudiflorum, J. mesnyi y J. polyanthum— se podan justo después de florecer, nunca antes. Al jazmín de invierno se le acortan en marzo o abril, en cuanto termina, los tallos que han florecido, dejándolos a dos o tres yemas de la base; así emite ramas nuevas durante todo el verano que serán las que den flor el invierno siguiente. Podar un nudiflorum en noviembre, «para arreglarlo antes del frío», es cortar exactamente la madera que iba a florecer.
Con J. polyanthum pasa lo mismo: si se recorta en otoño o en invierno, se pierde la floración. Se poda en abril o mayo, en cuanto se agosta la flor, y a partir de ahí solo se guía.
Los jazmines rebrotan bien de madera vieja, así que un ejemplar convertido en una bola de tallos secos puede rejuvenecerse cortándolo drásticamente a 30-50 cm del suelo a finales de invierno. Se pierde la floración de ese año, pero se recupera una planta que estaba perdida.
Guiado y soportes
Ningún jazmín se agarra por sí solo a una pared lisa: no tiene ni zarcillos con ventosas ni raíces adventicias como la hiedra. Las especies volubles enrollan sus tallos alrededor de lo que encuentren, así que necesitan celosía, alambres tensados a unos cinco centímetros del muro, malla o una estructura de tutores. En los primeros años hay que ir atando los tallos principales, con cinta ancha o rafia y sin apretar, para repartirlos en abanico; si se dejan sueltos, se enroscan entre ellos y forman una masa que se seca por dentro.
Conducir las ramas lo más horizontales posible tiene un efecto práctico: los tallos guiados en horizontal ramifican más y florecen mucho más que los verticales, que tienden a irse hacia arriba sin dar flor por abajo.
Multiplicación
El sistema más fiable es el esqueje semileñoso en julio o agosto: se toman trozos de 10-12 cm de brotes del año que ya empiecen a endurecer, se quitan las hojas inferiores, se moja la base en hormona de enraizamiento y se plantan en una mezcla a partes iguales de turba y perlita, con humedad ambiental alta —una bolsa transparente o una campana— y unos 20-22 °C. En cuatro o seis semanas suelen tener raíz.
Aún más sencillo es el acodo, que aprovecha la propia forma de la planta: en primavera se dobla un tallo largo hasta el suelo, se le raspa ligeramente la corteza en un punto, se entierra con una piedra encima y se deja sujeto. Al cabo de unos meses habrá enraizado y se separa de la planta madre. No falla casi nunca.
Plagas y problemas frecuentes
Pulgón. Es la plaga clásica de primavera; se instala en los brotes tiernos y en los pedúnculos florales, deformándolos, y deja melaza que después se ennegrece con negrilla. Se trata con jabón potásico repetido cada cuatro o cinco días, siempre a última hora de la tarde y nunca con la planta a pleno sol.
Araña roja. Aparece con calor seco, sobre todo en ejemplares en maceta y en interiores con calefacción. Da hojas moteadas de amarillo, apagadas, y telarañas finísimas en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental y con azufre mojable o aceite de neem.
Cochinilla algodonosa. Se refugia en las axilas y en los cruces de tallos, sobre todo en plantas muy densas y mal aireadas. En focos pequeños, un bastoncillo con alcohol; en ataques mayores, aceite de verano.
Hojas amarillas. Hay dos causas muy distintas. Si el amarilleo aparece en las hojas jóvenes y con los nervios verdes, es clorosis férrica por suelo o agua calizos. Si el amarilleo es general, empieza por abajo y la planta se ve apagada, casi siempre es exceso de agua o falta de drenaje.
No florece. Repasa en este orden: poda hecha en el momento equivocado para esa especie, exceso de nitrógeno, luz insuficiente y, en el caso concreto de J. polyanthum, falta de un periodo fresco. Este último punto merece explicación aparte.
El caso del jazmín chino comprado en flor
Es la queja más repetida con esta planta: se compra un Jasminum polyanthum cargado de capullos en febrero, perfuma el salón durante semanas, y al año siguiente crece con vigor pero no da una sola flor.
La razón es que necesita un periodo fresco en otoño para inducir la floración: varias semanas con temperaturas nocturnas en torno a 8-13 °C. En un salón calefactado a 21 °C todo el invierno, esa señal no llega nunca y la planta se limita a hacer tallo. La solución es tenerla fuera —terraza, porche, alféizar exterior— durante el otoño, protegiéndola solo de las heladas fuertes, y no entrarla a un ambiente cálido hasta que los botones ya estén formados. Es, en realidad, una planta de exterior en casi todo el litoral español y buena parte del interior templado.
Invernada
En zonas con heladas por debajo de -5 °C, las especies delicadas en maceta se resguardan en un lugar luminoso y fresco: garaje con ventana, galería sin calefacción, invernadero frío. Entre 5 y 12 °C están perfectas. Lo que no funciona es meterlas en una habitación caldeada y con poca luz, donde se estiran, sueltan hoja y se llenan de araña roja.
Los ejemplares plantados en suelo se protegen con un buen acolchado de hojarasca, paja o corteza sobre la base, que salva la corona aunque la parte aérea se hiele. Un J. officinale quemado por el frío suele rebrotar desde abajo en primavera, así que no conviene arrancarlo hasta bien entrado mayo.
Trasplante y mantenimiento anual
En maceta, el cambio de contenedor se hace cada dos o tres años, a principios de primavera, subiendo un par de tallas y renovando el sustrato. Cuando la planta ya es grande y no interesa un tiesto mayor, se sustituyen los cinco centímetros superficiales de sustrato cada primavera y se compensa con abonado.
El calendario anual, resumido: poda de los de floración estival en febrero, primer abonado y aporte de compost en marzo, guiado de brotes nuevos y vigilancia de pulgón en primavera, riegos abundantes y abono quincenal en verano, poda de los de floración invernal justo después de que acaben, reducción de riego en octubre y protección del frío a partir de noviembre.
En resumen
Cuidar un jazmín se reduce a identificar la especie y a partir de ahí no equivocarse en dos cosas. La primera, el clima: J. officinale y J. nudiflorum aguantan inviernos duros, mientras que J. grandiflorum, J. polyanthum y J. sambac son de litoral cálido o de maceta que entra a resguardo. La segunda, la poda: los de flor de verano se recortan a finales de invierno, los de flor de invierno y primavera se recortan en cuanto terminan de florecer, y confundirlo cuesta una temporada entera sin flor. Con eso resuelto, el resto es rutina: sol abundante, suelo drenado, riego regular sin charcos, abono rico en potasio y no en nitrógeno, un soporte al que agarrarse y las ramas guiadas en horizontal. Si además tienes un polyanthum comprado en flor, sácalo al fresco en otoño; es la única forma de que vuelva a perfumar el año siguiente.