Una hiedra plantada en octubre afronta su primer agosto con el sistema radicular ya hecho. La misma planta metida en el suelo en abril llega a ese verano con las raíces todavía dentro del cepellón, dependiendo de que alguien se acuerde de regarla. Esa diferencia de calendario explica buena parte de los fracasos con una planta que tiene fama de indestructible, y que lo es, pero solo después de haberse instalado.

Hiedra cubriendo un muro con sus tallos y hojas

Qué hiedra estás plantando

Bajo el nombre de hiedra se venden varias especies con comportamientos distintos, y conviene saber cuál tienes delante antes de decidir dónde la pones:

Hedera helix, la hiedra común europea. Hoja pequeña, de tres a cinco lóbulos, muy resistente al frío (aguanta sin problema por debajo de -15 ºC) y la más adecuada para el interior peninsular. Tiene decenas de cultivares: 'Goldheart' con el centro amarillo, 'Green Ripple' de hoja estrecha y nervadura marcada, 'Glacier' variegada en blanco, y formas enanas de crecimiento lento para maceta.

Hedera hibernica, la hiedra atlántica, muy común en el norte de España. Hoja mayor y más oscura, crecimiento notablemente más rápido, ideal para cubrir suelo en poco tiempo pero también más invasora.

Hedera canariensis y Hedera algeriensis (a menudo vendidas indistintamente como "hiedra canaria"). Hojas grandes, brillantes, casi sin lóbulos, con los peciolos rojizos. Crecen rápido y cubren mucho, pero son más sensibles al frío: por debajo de -5 o -7 ºC sufren. En Madrid o en Castilla pasan inviernos duros; en el litoral, perfectas.

Hedera colchica, la hiedra del Cáucaso, de hoja enorme y correosa, muy resistente y buena para tapizar taludes.

Hedera helix del cultivar Green Ripple con hojas estrechas y lobuladas

Cuándo plantarla

El otoño es la mejor época en casi toda la Península: de octubre a noviembre en zonas templadas, y hasta diciembre en el sur y en la costa mediterránea. El suelo conserva calor, las lluvias se encargan del riego y la planta dispone de todo el invierno y la primavera para enraizar antes de que llegue el calor.

La segunda opción es finales del invierno o principios de la primavera, de febrero a marzo, y es la que hay que elegir en zonas de invierno muy frío —montaña, meseta norte, Pirineo— donde una planta recién puesta puede sufrir con las heladas fuertes antes de haberse anclado.

Lo que hay que evitar es plantar de mayo a septiembre. La hiedra es de sotobosque y no le sienta bien el trasplante en pleno calor. Si compras una en junio, lo sensato es mantenerla en su maceta a la sombra, regada, y plantarla en octubre.

Dónde ponerla

La hiedra vive de forma natural en el suelo del bosque y trepando por troncos, así que su sitio ideal es la sombra o la media sombra. Tolera bastante sol, sobre todo la helix verde adulta, pero en el interior de España el sol de mediodía de julio le quema las hojas y las deja con manchas pardas.

Con las variedades variegadas hay un matiz que suele explicarse al revés. Las hojas con zonas blancas o amarillas tienen menos clorofila, así que necesitan más luz que las verdes para funcionar, pero sus tejidos claros carecen de protección y se abrasan antes con el sol directo. La posición correcta para una 'Glacier' o una 'Goldheart' es luz abundante e indirecta: bajo un árbol de copa ligera, en una pared orientada al norte o al este, o con sol de primera hora. A la sombra profunda pierden el jaspeado y revierten a verde.

En cuanto al suelo, la hiedra no es exigente: acepta desde calizos hasta ligeramente ácidos, y tolera pH altos sin clorosarse. Lo que no soporta es el encharcamiento permanente. En suelo arcilloso y compacto, planta sobre un pequeño caballón o mejora el hoyo con arena gruesa y compost.

Cómo se planta, paso a paso

1. Prepara el terreno. Cava una superficie mayor que el hoyo, al menos 40 x 40 cm, y desmenuza. Si el suelo es pobre, mezcla dos o tres puñados de compost o de estiércol bien hecho con la tierra extraída. Retira las raíces de otras plantas: una hiedra recién plantada compite mal.

2. Hidrata el cepellón. Antes de sacarla de la maceta, sumérgela en un cubo con agua hasta que dejen de salir burbujas. Un cepellón de turba que llegue seco al hoyo es muy difícil de rehumedecer después, porque la turba seca repele el agua.

3. Abre el hoyo del doble de ancho que el cepellón y de la misma profundidad. Este punto es importante: el cuello de la planta debe quedar a ras de suelo, ni enterrado ni sobresaliendo. Enterrar el cuello es una de las causas más frecuentes de pudrición en trepadoras jóvenes.

4. Desenrolla las raíces. Si el cepellón está muy apelmazado y las raíces giran en espiral, ábrelo con los dedos por los laterales y por debajo, o haz tres cortes verticales superficiales con un cuchillo. Una raíz que sale de la maceta girando sigue girando en el suelo y acaba estrangulándose.

5. Inclina la planta hacia el soporte. Si va a trepar por un muro o una valla, sitúa el cepellón a 30-40 cm de la base, no pegado a ella, y ladea los tallos hacia el soporte con un ángulo de unos 45º. Al pie del muro la tierra está seca, compactada y llena de cascotes de obra, y hay menos lluvia por el efecto de alero.

6. Rellena, asienta y riega. Rellena por tandas apretando con la mano para eliminar bolsas de aire, forma un alcorque en anillo alrededor y da un riego abundante, de 8 a 10 litros por planta, que asiente la tierra alrededor de las raíces.

7. Acolcha. Cinco centímetros de corteza de pino, paja o restos de poda triturada sobre el alcorque, sin tocar el cuello. Conserva humedad, modera la temperatura del suelo y frena las hierbas competidoras del primer año.

Distancia entre plantas: para cubrir un muro, una planta cada 60-100 cm según la especie y la prisa que tengas; como tapizante de suelo, tres o cuatro plantas por metro cuadrado dan cobertura completa en dos temporadas.

Los primeros meses: guiarla y regarla

La hiedra trepa por raíces adventicias que le salen del tallo por el lado en contacto con el soporte y que se adhieren a la superficie. No son ventosas ni zarcillos: son raíces modificadas que segregan un pegamento y se agarran a cualquier rugosidad. Sobre ladrillo, mampostería, hormigón, corteza o revoco áspero se sujetan solas. Sobre superficies lisas —vidrio, metal pulido, PVC— no.

Lo que pasa es que al principio no se agarra sola, y ahí es donde mucha gente se impacienta. Los tallos jóvenes tienden a tumbarse en el suelo en vez de subir. Sujétalos al soporte con bridas blandas, rafia o esparto durante el primer año, apuntando hacia arriba y en abanico, y no los dejes cruzarse. Una vez que emiten raicillas y se pegan, ya no necesitan ayuda.

Riego. El primer verano es el decisivo: un riego abundante por semana, mejor pocos y generosos que muchos y superficiales, para que las raíces bajen. A partir del segundo o tercer año, una hiedra establecida en suelo se apaña sola en casi toda España salvo en veranos extremos o en el sureste árido. En maceta la historia es distinta: ahí necesita riego regular toda su vida, y es donde suele morir por olvido.

Abonado. Ninguno el primer año si añadiste compost al plantar. Después, un aporte de materia orgánica en superficie cada otoño es suficiente. Una hiedra sobrealimentada crece mucho y se vuelve un problema de mantenimiento.

¿Estropea los muros? El matiz que casi nunca se cuenta

La creencia general es que la hiedra destruye las paredes. La realidad es más matizada, y merece la pena entenderla antes de renunciar a la planta o de plantarla a lo loco.

Las raíces adventicias de la hiedra no perforan mampostería sana: se adhieren a la superficie, no penetran en un material compacto. Sobre un muro de ladrillo o piedra en buen estado, con las juntas de mortero íntegras, la cobertura vegetal incluso protege: reduce las oscilaciones térmicas de la fábrica, amortigua la lluvia batiente y modera la humedad.

El daño aparece cuando ya hay un defecto previo. Una junta de mortero degradada, una grieta, un revoco que suena a hueco o una fisura son la puerta de entrada: el tallo engrosa dentro de la fisura y hace de cuña. Sobre carpintería de madera, canalones, bajantes, tejas y revocos de mala calidad, la hiedra sí causa problemas reales: se cuela bajo las tejas, levanta los canalones y mantiene la madera húmeda.

Conclusión práctica: sobre un muro macizo, sólido y bien rejuntado, adelante. Sobre fachada con aislamiento por el exterior, revoco viejo, madera o cerca del tejado, mejor un soporte independiente —una celosía o unos alambres tensados a 5 cm de la pared— o directamente otra planta. Y da igual el caso: hay que podarla todos los años para que no llegue al alero. Arrancar hiedra de una fachada deja marcas oscuras de las raicillas que cuesta mucho quitar.

Poda y control

Se poda a finales de invierno, en febrero o marzo, antes de que arranque el crecimiento, y puede darse un repaso ligero a final de verano. La hiedra rebrota de madera vieja sin ningún problema, así que se puede recortar con dureza: una hiedra desmadrada se rebaja a la mitad y vuelve más densa.

Recorta los bordes para mantenerla lejos de ventanas, canalones y tejado, elimina los tallos que se despegan o cuelgan y aclara el interior si se ha vuelto un colchón de treinta centímetros de espesor. Usa guantes y manga larga: la savia contiene falcarinol y puede provocar dermatitis de contacto en pieles sensibles. Sus frutos son tóxicos por ingestión, cosa a tener en cuenta con niños pequeños.

Un aviso sobre su vigor. La hiedra tapizante enraíza en cada nudo que toca el suelo y avanza sin freno; en jardines pequeños puede acabar ahogando el arriate entero. Y sobre árboles jóvenes o de copa clara, aunque no sea parásita ni les robe savia, el peso y la sombra sí les perjudican, y en un temporal aumentan mucho la superficie de vela. En un roble o un plátano viejo y vigoroso, en cambio, no supone ningún problema.

Multiplicarla es trivial

No hace falta comprar plantas para ampliar. Corta en primavera o a finales de verano esquejes de 10-15 cm de tallo joven pero ya firme, con tres o cuatro nudos. Quita las hojas inferiores, entierra dos nudos en una mezcla de turba y perlita húmeda y deja el conjunto a la sombra. Enraízan en tres o cuatro semanas, y muchos esquejes lo hacen incluso en un vaso de agua.

Más fácil todavía: el acodo natural. Sujeta con una piedra o una horquilla un tallo rastrero contra el suelo, riégalo y en unos meses habrá enraizado por sí solo. Se corta de la planta madre y se trasplanta en otoño.

Un detalle curioso que afecta a la propagación: la hiedra tiene dos fases. La juvenil, trepadora, de hojas lobuladas y con raíces adventicias, y la adulta, arbustiva, con hojas enteras en forma de rombo, sin raíces adherentes, que es la única que florece y fructifica. Aparece cuando la planta alcanza la luz plena, arriba del todo. Si esquejas un tallo adulto obtendrás un arbusto que nunca trepará; si quieres una trepadora, coge material juvenil.

Y esa fase adulta tiene un valor ecológico que se aprecia poco: la hiedra florece en octubre y noviembre, cuando ya no queda casi nada en flor, y sus umbelas verdosas son una fuente de néctar de primer orden para abejas y moscas antes del invierno. Los frutos maduran en febrero y marzo y alimentan a mirlos, currucas y zorzales en el peor momento del año.

En resumen

Planta la hiedra en otoño, en sombra o media sombra, con el cuello a ras de suelo y el cepellón separado 30-40 cm de la base del muro e inclinado hacia él. Elige Hedera helix si tu invierno es frío y reserva las canarias para el litoral. Riega en serio el primer verano, acolcha y ata los tallos al soporte hasta que las raíces adventicias hagan su trabajo. Sobre fábrica sana no daña; sobre revocos viejos, madera o cerca del tejado, dale un soporte independiente. Y ponla en el calendario de poda de febrero: no es una planta que dé trabajo, pero es una planta que no perdona el olvido durante diez años seguidos.


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