Entre el pie de una trepadora recién plantada y el muro que va a cubrir tiene que quedar un palmo largo de distancia: entre 30 y 45 centímetros. Plantada pegada a la pared, la mata queda en la franja de terreno donde nunca llega la lluvia, con el suelo compactado por la obra y recalentado por la fábrica, y su primer verano será una lucha contra la sed que muchas veces pierde. Ese detalle, que no cuesta nada, decide más resultados que el abono que se eche en el hoyo.
Plantar una enredadera tiene poco misterio en la mecánica y bastante en las decisiones previas: qué especie va a ese sitio, con qué mecanismo trepa, qué soporte necesita y en qué mes se mete en el suelo. Si esas cuatro cosas están bien resueltas, el hoyo es lo de menos.
Antes de cavar: cómo trepa lo que vas a plantar
Las trepadoras no suben todas igual, y el soporte que necesita cada una depende de su mecanismo. Elegir la planta sin mirar esto es la causa número uno de los fracasos: una glicina no puede agarrarse a un muro liso y una hiedra no necesita que le pongas nada.
Volubles. Enroscan el tallo entero alrededor de lo que encuentran. La glicina (Wisteria sinensis), la madreselva (Lonicera japonica, Lonicera caprifolium), el jazmín (Jasminum officinale), el jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides) o la solanácea trepadora (Solanum jasminoides) están en este grupo. Necesitan soportes de sección estrecha, no más de 4 o 5 cm de diámetro: cables tensados, tubos finos, barrotes. Un pilar de obra de 30 cm no lo pueden abrazar. Detalle curioso y práctico: Wisteria sinensis enrosca en sentido contrario a las agujas del reloj y Wisteria floribunda lo hace al revés, así que si guías un tallo a mano y notas que se resiste, prueba a girarlo en el otro sentido en lugar de forzarlo.
Con zarcillos o pecíolos. La parra (Vitis vinifera), la pasionaria (Passiflora caerulea) y las clemátides (Clematis armandii, Clematis montana, híbridos de flor grande) agarran con estructuras finas que solo pueden enrollarse en materiales delgados. La clemátide sujeta con el rabillo de la hoja y no es capaz de rodear nada más grueso que unos 5 milímetros: una malla de alambre, una red de nailon o cuerdas verticales le sirven; un listón de madera de 3 cm no.
Con raíces adventicias o discos adhesivos. La hiedra (Hedera helix), la parra virgen (Parthenocissus tricuspidata, Parthenocissus quinquefolia) y la hortensia trepadora (Hydrangea petiolaris) suben solas por una pared vertical sin ayuda. Ahorran soporte y crean el problema contrario, que veremos más abajo.
Apoyantes. Los rosales trepadores, la buganvilla (Bougainvillea glabra) y el celestino (Plumbago auriculata) no trepan en sentido estricto: se recuestan y se enganchan con espinas o simplemente crecen hacia arriba. Hay que atarlas de por vida. Si no piensas atar, no plantes ninguna de estas contra una pared.
Cuándo se planta
El otoño es la mejor época en casi toda la España peninsular. De mediados de octubre a finales de noviembre el suelo conserva calor, las lluvias empiezan a entrar y la planta tiene por delante cinco o seis meses de temperaturas suaves para colonizar el terreno antes de que llegue el primer calor de verdad. Una trepadora plantada en noviembre y otra plantada en abril no están en la misma situación en julio: la de noviembre tiene raíz explorando y la de abril todavía vive del cepellón.
Hay dos excepciones que conviene respetar. En zonas de invierno duro (interior norte, páramos castellanos, zonas de montaña) la plantación de otoño expone a heladas fuertes una raíz que aún no se ha asentado, y ahí es preferible esperar a marzo. Y las especies sensibles al frío se plantan siempre en primavera, cuando ya no hay riesgo de helada: buganvilla, plumbago, jazmín estrellado en zonas frías, Solanum. Meterlas en el suelo en noviembre en Burgos es tirar la planta.
La planta a raíz desnuda —típica en rosales trepadores y glicinas— solo se planta en parada, entre diciembre y febrero, y se planta el día que llega. La de contenedor admite casi cualquier fecha salvo pleno julio y agosto, pero eso no la convierte en buena idea: plantar en junio significa regar a mano todo el verano.
El soporte se monta antes de plantar
Parece obvio y se incumple constantemente. Instalar una celosía, taladrar una pared o clavar postes con la planta ya en el suelo obliga a trabajar sobre ella, y siempre se rompe algún tallo o se pisa el cepellón. Además, la trepadora que pasa sus primeros meses tumbada sin nada a lo que agarrarse pierde tiempo y ramifica donde no interesa.
Para una pared, el sistema más duradero son cables de acero plastificado tensados con tensores y sujetos con armellas de expansión, con separadores de 3 a 5 cm respecto al muro. Esa separación no es estética: permite que el aire circule por detrás de la masa vegetal, evita que la humedad quede retenida contra el revoco y da a los tallos volubles espacio para dar la vuelta completa al cable. Con la celosía de madera, lo mismo: nunca atornillada a plano contra el muro, siempre sobre listones separadores, y a poder ser desmontable para poder pintar la fachada dentro de diez años.
Dimensiona el soporte para la planta adulta, no para la que compras. Una glicina de veinte años ejerce un empuje considerable y ha reventado más de una celosía de pino de 2 cm; para ella hay que pensar en perfilería metálica o cable de 3 mm. Una clemátide, en cambio, se conforma con una malla ligera.
El hoyo: más ancho que hondo, y sin sobrealimentar
Abre un hoyo de dos a tres veces el ancho del cepellón y de la misma profundidad. Las raíces nuevas se extienden en horizontal por los primeros 30-40 cm de suelo, no bajan en vertical, así que un hoyo estrecho y profundo trabaja en la dirección equivocada. Si el suelo es arcilloso, pasa la azada o un rastrillo por las paredes del hoyo para rayarlas: en arcilla, la pala deja una superficie bruñida que las raíces atraviesan con dificultad.
Aquí conviene desmontar una costumbre muy extendida. Llenar el hoyo de sustrato de saco, turba y estiércol, dejando alrededor la tierra original compacta, crea lo que en jardinería se llama efecto maceta: la raíz encuentra un medio esponjoso y rico, gira dentro de él y no sale al suelo circundante. Además el hueco esponjoso actúa como sumidero y acumula agua en suelos pesados. Lo correcto es rellenar con la misma tierra que has sacado, mejorada como mucho con un 20-25 % de compost bien hecho, y mezclada de forma homogénea. El material rico va arriba, en superficie, en forma de acolchado que se irá incorporando solo.
Aprovecha el hoyo abierto para comprobar el drenaje: llénalo de agua y observa. Si a las cuatro o cinco horas sigue lleno, tienes un problema de encharcamiento que ninguna trepadora de las habituales tolera bien, y hay que resolverlo con un caballón elevado o cambiando de sitio.
Paso a paso
1. Hidrata el cepellón. Mete la maceta entera en un cubo de agua y déjala hasta que dejen de salir burbujas, entre cinco y quince minutos. Un cepellón seco de turba plantado tal cual repele el agua y puede permanecer seco dentro de un suelo húmedo durante semanas.
2. Saca la planta y examina la raíz. Si está enrollada en espiral contra las paredes de la maceta, ábrela: separa con los dedos las raíces exteriores y, si hay raíces que dan la vuelta completa, córtalas con tijera limpia. Suena agresivo y no lo es; una raíz espiralizada sigue espiralizándose después de plantada y acaba estrangulando el cuello de la planta años más tarde.
3. Coloca a la profundidad correcta. La regla general es que el cuello quede al mismo nivel que tenía en la maceta, ni un dedo más hondo. Dos excepciones importantes: las clemátides se plantan de 5 a 8 cm más profundas de lo que venían, porque así conservan yemas bajo tierra que permiten a la planta rebrotar si sufre la marchitez de la clemátide (Calophoma clematidina), un hongo que seca una guía entera de un día para otro. Y en la glicina injertada ocurre justo lo contrario: el punto de injerto debe quedar por encima del suelo, porque si se entierra el patrón emite chupones que acaban dominando la planta y florecen mal o no florecen.
4. Inclina el cepellón hacia el soporte. Colócalo con una inclinación de unos 30-45 grados hacia la pared o la pérgola. Recorta camino a los tallos y evita el codo forzado que se produce cuando se planta vertical a medio metro del muro.
5. Rellena y asienta. Devuelve la tierra en dos o tres tandas, presionando con la mano —no pisando con el talón, que compacta en exceso— para eliminar bolsas de aire. Deja un alcorque, un pequeño reborde circular de tierra de unos 8-10 cm de altura y 50-60 cm de diámetro, que retenga el agua de riego.
6. Riega de verdad. El riego de plantación no es un chorro: son de 15 a 20 litros aplicados despacio, para que la tierra se asiente contra la raíz. Este riego se hace aunque llueva y aunque el suelo esté húmedo, porque su función es hidráulica, no de aporte de agua.
7. Acolcha. Cinco a ocho centímetros de corteza de pino, paja, restos de poda triturados o compost sobre toda la superficie del alcorque, dejando libre un cerco de unos 10 cm alrededor del tallo. El acolchado pegado al tronco retiene humedad contra la corteza y favorece podredumbres del cuello. En clemátides este acolchado hace innecesarias las lajas y piedras que se suelen recomendar para dar sombra al pie: lo que la planta pide es una zona de raíz fresca y húmeda, y el mantillo lo consigue igual de bien.
8. Ata los primeros tallos. Aunque sea una especie voluble, guía las guías principales hasta el soporte y átalas flojas, en forma de ocho, con rafia o cinta ancha. El nudo apretado con alambre o brida acaba estrangulando el tallo cuando engorda.
Los primeros doce meses
El riego del primer verano es lo que separa una trepadora establecida de una que se queda a medias. Riega de forma espaciada y abundante —dos veces por semana con 15-20 litros es mejor que cinco riegos cortos—, porque el riego frecuente y superficial mantiene las raíces arriba, justo donde el suelo se seca primero. En agosto, en el interior peninsular, puede hacer falta un tercer riego. A partir del segundo año la mayor parte de estas especies se apañan con muy poco, y algunas, como la buganvilla o el jazmín estrellado ya asentados, prácticamente con nada.
Sobre la poda de plantación, depende de la especie. Clemátides de flor grande, madreselvas y Campsis radicans agradecen que se les acorte la guía a unos 30 cm el primer invierno: se pierde la flor de ese año y a cambio la planta emite varios brotes desde la base, en lugar de un único tallo pelado que solo tiene hojas a dos metros de altura. La glicina no se toca en la plantación más que para eliminar lo roto. Los rosales trepadores plantados a raíz desnuda se dejan con tres o cuatro varas sanas acortadas a un tercio.
Del abonado, poco: en el hoyo no hace falta nada, y el primer aporte razonable llega en la primavera siguiente, con un abono equilibrado o simplemente renovando el acolchado con compost. Un exceso de nitrógeno en glicinas, jazmines o rosales trepadores produce mucha hoja y ninguna flor, un desenlace bastante frecuente en jardines bien cuidados.
Errores que se pagan diez años después
Plantar hiedra o parra virgen contra la fachada equivocada. Aquí hay que matizar una creencia repetida en ambos sentidos. La hiedra no perfora un muro sano: sus raíces adventicias son de anclaje y no tienen capacidad de horadar mortero en buen estado. Lo que sí hace es meterse en fisuras que ya existen y ensancharlas, levantar revocos degradados, colarse bajo tejas y llenar canalones. En un muro de mampostería con junta seca o en un revoco viejo, no la plantes. En hormigón o ladrillo sano y bien rejuntado, y con la disciplina de recortarla cada año por debajo del alero, no da problemas.
Subestimar la glicina. Es una planta magnífica y una máquina de romper cosas: engorda hasta parecer un tronco de árbol, aplasta canalones, deforma barandillas y desmonta pérgolas de madera ligeras. Se planta a más de tres metros de la fachada, sobre una estructura pensada para aguantar peso, y se poda dos veces al año.
Comprar glicina de semilla. Un ejemplar procedente de semilla puede tardar de diez a veinte años en florecer, y algunos no florecen nunca de manera decente. Compra siempre planta injertada o de esqueje, en floración o con etiqueta de variedad. Si el vivero no sabe decirte de dónde viene, sospecha.
Ignorar la orientación. En el clima peninsular, una pared a sur o suroeste alcanza temperaturas que muy pocas trepadoras de sombra aguantan: la hortensia trepadora, la hiedra de hoja verde y muchas clemátides híbridas se achicharran ahí. En cambio la buganvilla, el jazmín, la parra y Campsis quieren precisamente eso. Norte y este, para hortensia trepadora, hiedra, Clematis montana y jazmín estrellado, que tolera bien la media sombra.
No dejar sitio. Una parra virgen cubre 15 o 20 metros cuadrados de muro sin despeinarse. Plantar tres ejemplares cada metro para "cubrir antes" solo consigue una maraña que en cinco años habrá que aclarar arrancando dos.
En resumen
Elige la trepadora sabiendo cómo se agarra y monta su soporte antes de tocar el suelo, con separadores de 3-5 cm si va contra un muro. Planta en otoño, salvo en inviernos duros o especies frioleras, que van en primavera. Abre un hoyo ancho y poco profundo, rellénalo con la tierra del sitio y no con sustrato de saco, deja el cuello a nivel —más hondo solo en clemátides, y el injerto de la glicina fuera— y separa la planta 30-45 cm de la pared, inclinándola hacia ella. Riega 15-20 litros de golpe, acolcha sin tocar el tallo y ata flojo. El primer verano es el que cuenta: riegos espaciados y abundantes. Y piensa en la planta adulta, no en la del vivero, porque las trepadoras se plantan en un fin de semana y se conviven con ellas durante décadas.