Podar la buganvilla en octubre, aprovechando un otoño templado y la planta todavía cargada de color, es la manera más eficaz de quedarse sin flor la primavera siguiente. El calendario, en esta trepadora, pesa más que la técnica: se puede cortar razonablemente bien en el mes equivocado y arruinar la temporada, o dar tijeretazos toscos en el mes correcto y acabar con una planta llena de brácteas.

La razón está en dónde nace la flor. La buganvilla (Bougainvillea glabra, Bougainvillea spectabilis y los híbridos de Bougainvillea × buttiana, que son los que más se venden) florece en madera del año, en las puntas de los brotes nuevos. Cada brote joven termina, si le da sol y la planta no está demasiado bien regada, en un ramillete de tres flores tubulares diminutas de color crema rodeadas por tres brácteas coloreadas. Lo que llamamos flor es esa bráctea; la flor de verdad es la cosita blanca del centro. Y esa mecánica tiene una consecuencia práctica muy concreta: podar es provocar brotes nuevos, y cada brote nuevo es una flor futura. El problema aparece cuando esos brotes tiernos salen en una fecha en la que todavía puede helar.

Buganvilla en flor con brácteas rosas cubriendo un muro

La época: final del invierno, antes de que arranque

La poda fuerte, la que da forma y controla el tamaño, se hace al final del invierno, cuando ya ha pasado el riesgo de heladas y la planta aún no ha empezado a mover yemas. Traducido a fechas españolas:

Costa mediterránea, Cádiz, Huelva y Canarias: desde mediados de febrero hasta primeros de marzo. En Canarias y en zonas litorales muy suaves se puede adelantar a finales de enero sin problema.

Interior peninsular (Madrid, Castilla, Aragón, Extremadura) y zonas altas: de mediados de marzo a primeros de abril. Aquí conviene esperar de verdad, porque una helada de -2 °C sobre brotes recién emitidos quema toda la brotación y obliga a la planta a rehacerla desde más abajo.

Norte húmedo y ejemplares en maceta que invernan resguardados: marzo, cuando el ejemplar sale del sitio protegido, no antes.

La regla que funciona en cualquier sitio: pode cuando falten dos o tres semanas para que la planta empiece a brotar sola. Si ya ve las yemas hinchadas y verdes, no ha llegado tarde, pero cada día que pasa está tirando reservas que la planta ya había puesto en marcha.

El otro extremo del calendario también importa. A partir de septiembre no se dan cortes de importancia en el interior, ni a partir de octubre en la costa. Un corte tardío estimula una brotación blanda que no llega a lignificar y que el primer frío se lleva por delante, con el agravante de que la herida por donde entra el frío está en madera vieja. Lo único aceptable en otoño es retirar una rama rota o despejar una ventana.

Cómo dar los cortes

Guantes gruesos, de los de rosal o de cuero. Las espinas de la buganvilla son axilares, duras y ligeramente curvadas, y los pinchazos se infectan con facilidad. Tijera de bypass bien afilada para lo verde y de hasta un centímetro de grosor, y serrucho de poda para lo que pase de ahí; la tijera de yunque machaca y deja madera muerta.

Se corta medio centímetro por encima de una yema orientada hacia fuera, con un leve bisel que aleje el agua de la yema. Lo que no se debe hacer es dejar tocones largos: el trozo de rama que queda por encima de la última yema se seca hacia dentro y se convierte en puerta de entrada de hongos de madera. Tampoco hace falta sellar los cortes con pasta cicatrizante; en esta planta no aporta nada y retiene humedad.

Con la planta delante, el orden es siempre el mismo. Primero fuera lo muerto, lo seco y lo roto. Después las ramas que se cruzan, se rozan o se meten hacia el interior de la mata, porque el interior sin luz no florece y acumula hojarasca. Y solo entonces se acorta lo que queda para ajustar el tamaño. En una poda de mantenimiento no conviene quitar más de un tercio del volumen de la planta.

Un ejemplar sano que ha crecido sin control admite mucho más. La buganvilla rebrota bien de madera vieja, incluso de tramos gruesos sin una sola hoja, así que una poda de renovación a un armazón de dos o tres brazos es perfectamente viable a principios de primavera. Perderá la primera oleada de flor, pero suele volver a dar color a finales de verano.

El pinzado, que es donde está la flor

La poda de invierno da forma. El pinzado da flor, y es la parte que más se ignora.

La buganvilla no florece de forma continua: lo hace en oleadas. Cuando una oleada se apaga y las brácteas empiezan a apergaminarse, ese brote ya ha cumplido; si se deja, la planta lo alarga y se pone a fabricar hoja. Si en cambio se corta el brote que ha florecido dejando dos o tres pares de hojas, de esa base salen dos o tres brotes nuevos, y cada uno acabará en su propio ramillete. Se multiplican los puntos de floración en lugar de perderlos.

En pleno verano, entre el pinzado y la siguiente oleada suelen pasar de cuatro a seis semanas, según el calor y el riego. Se puede repetir la operación desde abril hasta finales de agosto. En setos o pantallas de buganvilla, un repaso con tijera de setos cada seis u ocho semanas hace lo mismo de forma más rápida y menos fina.

Dos apuntes que acompañan al pinzado. Uno: la buganvilla florece mejor un poco estresada. Riego abundante y abono rico en nitrógeno dan una planta magnífica de hoja y avara de brácteas; espaciar el riego y usar un abono con más potasio y fósforo que nitrógeno hace más por la floración que cualquier tijera. Dos: necesita sol directo, muchas horas. En una pared a media sombra puede podarse impecablemente y no florecer nunca.

La poda de formación y el asunto del soporte

Conviene aclarar algo que causa muchos disgustos: la buganvilla no trepa sola. No tiene zarcillos como la pasiflora ni raíces adventicias como la hiedra. Lo que hace es apoyarse y engancharse con las espinas, lo cual en la naturaleza le sirve para encaramarse a otros arbustos y en un jardín no sirve para sujetarse a un muro liso. Hay que atarla, sí o sí, a alambres, celosía o pérgola.

Durante los primeros dos o tres años el trabajo consiste en elegir tres o cuatro varas principales y conducirlas. Se atan con material flexible y sin apretar, revisando las ataduras cada temporada para que no estrangulen la rama al engordar. Y se atan cuando el brote todavía es verde y flexible: una vez lignificado, se parte al doblarlo.

El truco de conducción que más rinde es tender las varas en horizontal o en abanico en lugar de dejarlas subir rectas. Al perder la posición vertical, el brote pierde dominancia apical y despierta yemas laterales a lo largo de todo su recorrido; cada una de ellas es un brote con flor. Una buganvilla conducida en vertical florece en la punta, a cinco metros del suelo; la misma planta conducida en abanico florece desde abajo.

Buganvilla en copa o formada en árbol

Buganvilla formada en árbol con la copa cubierta de brácteas

La forma en arbolito no es una variedad distinta, es un trabajo de poda sostenido en el tiempo. Se parte de un ejemplar joven y se elige el brote más vigoroso y recto como futuro tronco. Ese brote se ata a un tutor rígido, un tubo o una caña gruesa, y se le van eliminando todas las ramificaciones laterales hasta la altura a la que se quiera la copa, normalmente entre 1,20 y 1,50 m. Las hojas del tronco se pueden dejar el primer año: engordan la vara.

Cuando la guía alcanza la altura elegida, se despunta. Ahí brotan varias yemas: se conservan de tres a cinco, bien repartidas alrededor, y esas serán las ramas madre de la copa. A partir de ese momento, cada final de invierno se recortan los brotes del año anterior dejando dos o tres yemas de ese armazón, como se hace con una parra. La copa se mantiene compacta y la floración queda concentrada donde se ve.

Durante toda la temporada hay dos tareas fijas: eliminar cualquier brote que salga del tronco o de la base en cuanto aparece, frotándolo con el dedo mientras es tierno, y pinzar la copa tras cada oleada. El tutor no se retira hasta que el tronco aguante por sí solo el peso de la copa mojada y con viento, lo que rara vez ocurre antes del cuarto o quinto año.

Errores frecuentes

Podar en otoño porque "así entra ordenada al invierno". Es el fallo más caro. Provoca brotación tierna en el peor momento y expone madera fresca al frío.

Podar recién trasplantada. Las raíces de la buganvilla son quebradizas y no toleran que se deshaga el cepellón. Después de un trasplante, la planta necesita todas sus hojas para rehacer raíz; la poda se aplaza al invierno siguiente.

Confundir falta de flor con falta de poda. Antes de coger la tijera, revise sol, riego y abono. Sombra, exceso de agua o un fertilizante universal cargado de nitrógeno explican la mayoría de los casos de planta frondosa sin brácteas.

Regar y abonar a lo grande justo después de una poda fuerte. Con poca hoja, la planta transpira poco y el sustrato encharcado pudre raíz. Riego moderado hasta que rebrote.

No desinfectar la tijera al pasar de una planta a otra. Un paso de alcohol de 96° entre ejemplares evita trasladar problemas de madera.

En resumen

La poda seria de la buganvilla va al final del invierno: febrero en la costa y en Canarias, marzo o principios de abril en el interior, siempre después del riesgo de heladas y antes de la brotación. Se limpia primero lo muerto y lo cruzado, se acorta después, se corta sobre yema exterior sin dejar tocones y no se pasa de un tercio salvo en podas de renovación, que la planta tolera bien. Durante la temporada, el pinzado tras cada oleada de flor —dejando dos o tres pares de hojas— es lo que multiplica las brácteas. Hay que atarla porque no trepa sola, conducirla en horizontal para que florezca desde abajo, y no tocarla a partir de septiembre. Y si aun así no florece, el problema casi nunca está en la tijera: está en la sombra, en el riego generoso o en el exceso de nitrógeno.


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