La hiedra no chupa la savia del árbol al que trepa. Es la primera cosa que conviene aclarar, porque de esa creencia salen cada invierno miles de hiedras arrancadas de troncos que no corrían ningún peligro. Sus raicillas aéreas son crampones de sujeción, no órganos de succión: se agarran, no se alimentan. Dicho esto, la hiedra sí es una planta con carácter y con costumbres propias, y saber cómo funciona cambia bastante la forma de cultivarla.
Qué planta es
El género Hedera pertenece a las araliáceas y reúne alrededor de quince especies repartidas entre Europa, el norte de África y Asia. Son trepadoras leñosas de hoja perenne, longevas —hay ejemplares centenarios con troncos del grosor de un brazo— y capaces de subir veinte o treinta metros por un tronco o un muro sin ninguna ayuda.
La española por excelencia es Hedera helix, la hiedra común, presente de forma silvestre en buena parte de la Península. En el noroeste atlántico la sustituye Hedera hibernica, la hiedra irlandesa, una forma tetraploide de hoja más grande y mate, que es además la que se vende con más frecuencia como tapizante. En el cuadrante suroccidental y en Portugal aparece Hedera iberica. Y en jardinería se usan mucho Hedera canariensis y Hedera algeriensis, de hojas grandes y brillantes: la mayoría de lo que se etiqueta como «hiedra canaria» en los centros de jardinería es en realidad H. algeriensis, argelina, prácticamente indistinguible para el aficionado. Hedera colchica, la hiedra del Cáucaso, tiene las hojas más grandes del género, hasta 25 cm, y variedades muy ornamentales como 'Sulphur Heart' o 'Dentata Variegata'.
De H. helix existen además cientos de cultivares seleccionados por la forma y el color de la hoja: 'Buttercup' de hoja dorada, 'Green Ripple' de lóbulos alargados y nervios marcados, 'Glacier' jaspeada de blanco, 'Goldheart' con el centro amarillo. Son los que se cultivan en maceta y en interior.
Las dos vidas de la hiedra
Esto explica casi todo lo que la hiedra hace y es lo que menos se cuenta. La planta atraviesa dos fases completamente distintas.
En su fase juvenil, que puede durar diez años o más, tiene las hojas lobuladas que todo el mundo reconoce, los tallos flexibles y las raíces adventicias con las que se agarra. Crece en horizontal por el suelo o en vertical por lo que encuentre, y en esta fase no florece nunca.
Cuando alcanza la luz plena en lo alto de un muro o de un árbol, y solo entonces, pasa a la fase adulta. Los tallos se vuelven rígidos y arbustivos, pierden las raíces de sujeción, las hojas cambian de forma y se hacen romboidales o enteras, sin lóbulos, y aparecen las flores: umbelas verdosas que abren entre septiembre y noviembre. De ahí salen las bayas negras que maduran al final del invierno.
Esa floración tardía tiene un valor ecológico enorme. En octubre y noviembre, cuando ya casi no queda nada en flor, la hiedra es una de las últimas fuentes de néctar y polen para abejas, avispas y moscas; y sus bayas alimentan a mirlos, currucas y zorzales en febrero, el peor mes del año para un pájaro. Es un argumento serio para dejar en pie una hiedra vieja sobre un muro.
Hay un detalle práctico derivado de esto: si haces un esqueje de una rama adulta, la planta resultante mantendrá la forma adulta. Será un arbusto compacto que florece, no trepa y no se agarra a nada. Son las llamadas hiedras arborescentes, y se venden así en algunos viveros. Los esquejes de rama juvenil, en cambio, dan trepadoras normales.
Ubicación
La hiedra es una planta de sotobosque y se comporta como tal: prefiere sombra o media sombra, con luz indirecta abundante. Es de las poquísimas plantas que cubren de verde una fachada orientada al norte o el hueco bajo un árbol denso donde no prospera nada más, y esa es su mejor baza en el jardín.
El sol directo del verano peninsular la castiga: en Madrid, Zaragoza o Sevilla, una hiedra a pleno sol de tarde acaba con las hojas quemadas por los bordes y de un verde apagado. Aguanta mejor el sol en el norte húmedo y en zonas costeras.
Con las variedades variegadas hay que buscar un equilibrio incómodo. Necesitan más luz que las verdes para no perder el jaspeado —en sombra profunda revierten a verde—, pero se queman antes al sol directo. El sitio bueno para una 'Glacier' o una 'Goldheart' es la luz clara sin sol directo del mediodía.
En interior, la clave es la misma: mucha luz indirecta, lejos del radiador. El aire seco de la calefacción mata más hiedras de interior que la falta de agua.
Suelo y sustrato
Poco exigente. Se adapta a suelos ácidos y calizos por igual, y tolera terrenos pobres, lo que la hace útil para taludes y rincones difíciles. Donde mejor va es en suelo fresco, profundo y rico en materia orgánica, con buen drenaje.
Lo único que no perdona es el encharcamiento permanente. En un suelo arcilloso que se apelmaza, la raíz se asfixia y aparecen podredumbres. Si tienes un terreno así, incorpora compost y algo de arena gruesa al plantar y evita las zonas donde se acumule el agua.
En maceta, un sustrato universal de calidad mezclado con un 20 o 30 % de perlita funciona bien. La maceta necesita agujeros de drenaje, sin excepciones.
Riego
En el suelo y una vez establecida —a partir del segundo año—, la hiedra en la mitad norte se apaña casi solo con la lluvia. En el centro y el sur agradece un riego profundo cada diez o quince días en julio y agosto, sobre todo si está en un talud soleado.
Durante el primer año, en cambio, hay que regarla en serio: cada tres o cuatro días en verano, hasta que el sistema radicular se haya asentado. Los fracasos con la hiedra tapizante se concentran en ese primer verano.
En maceta, riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos: en verano puede ser cada tres o cuatro días, y en invierno cada diez o doce. Y aquí va lo importante para la hiedra de interior: lo que necesita no es más riego, sino más humedad ambiental. Pulverizar el envés de las hojas dos veces por semana, o colocar la maceta sobre un plato con grava húmeda, previene la araña roja mucho mejor que ninguna otra medida.
Abonado
En el jardín, con un aporte de compost o mantillo alrededor del pie en otoño suele bastar. La hiedra no necesita más y, de hecho, un abonado abundante la vuelve exageradamente vigorosa, que casi nunca es lo que se busca.
En maceta sí conviene abonar de marzo a septiembre, cada tres o cuatro semanas, con un fertilizante líquido para plantas verdes —con predominio de nitrógeno— a la dosis indicada en el envase o algo por debajo. En invierno, nada. Las hiedras variegadas responden mejor a dosis moderadas: el exceso de nitrógeno tiende a difuminar el contraste de color.
Poda
Resiste cualquier poda, por drástica que sea, y rebrota siempre. Eso la convierte en una planta cómoda y a la vez en una que hay que vigilar.
El momento ideal es el final del invierno, en febrero o principios de marzo, antes de que arranque el crecimiento. Si tienes una hiedra en fase adulta que florece, retrasa la poda a después de que los pájaros hayan dado cuenta de las bayas. Un segundo repaso en julio ayuda a mantener a raya los brotes que se salen del sitio.
Los puntos que hay que controlar sin falta son los canalones, el borde del tejado bajo las tejas, los marcos de puertas y ventanas y las rejillas de ventilación. La hiedra se mete por cualquier hueco, y ahí sí causa daños reales. En el muro, lo que hace es aprovechar las grietas y el mortero ya degradado; sobre un revoco sano y un mortero en buen estado no abre nada por sí sola, e incluso amortigua las oscilaciones de temperatura y humedad de la pared. La distinción importa: el problema es la pared en mal estado, y la hiedra la agrava y la oculta.
Sobre los árboles, el matiz es parecido. La hiedra no parasita al árbol, pero en un ejemplar viejo o debilitado puede competirle por la luz y añadir peso y superficie al viento, lo que aumenta el riesgo de rotura en un temporal. En árboles jóvenes o de copa pequeña, lo sensato es limitarla. En un roble o un plátano adulto y sano, puede quedarse.
Usa guantes. La savia de la hiedra contiene falcarinol y otros compuestos que provocan dermatitis de contacto en personas sensibles, y una tarde podando a mano descubierta basta para llevarse una reacción desagradable.
Plantación y trasplante
El otoño es la mejor época en España, entre octubre y noviembre: la planta enraíza durante el invierno con la humedad de las lluvias y llega al verano siguiente ya asentada. En zonas de invierno muy frío, marzo es la alternativa.
Para cubrir suelo, una densidad razonable es de tres a cinco plantas por metro cuadrado con las variedades comunes; con menos, tardarás dos o tres años en cerrar la superficie. Para cubrir un muro basta una planta cada metro o metro y medio. Los primeros tallos conviene dirigirlos hacia la pared y sujetarlos temporalmente con cinta, porque hasta que las raicillas se agarran la planta tiende a caer hacia afuera.
En maceta, trasplanta cada dos años, en primavera, a un recipiente uno o dos números mayor. Cuando ya está en el tiesto máximo que quieres, sustituye los cinco centímetros superiores de sustrato cada primavera y poda algo de raíz cada tres o cuatro años.
Multiplicación
Es de las plantas más fáciles de multiplicar que existen. Esquejes de tallo de 10 a 15 cm con tres o cuatro nudos, tomados de rama juvenil, enraízan durante casi todo el año, aunque la primavera y el final del verano son los mejores momentos. Quita las hojas inferiores, entierra dos nudos en un sustrato ligero y mantén la humedad. En tres o cuatro semanas hay raíz. También arraigan en un vaso de agua, aunque las raíces acuáticas son frágiles y conviene pasarlas a tierra pronto.
El acodo es todavía más simple: un tallo que repta por el suelo enraíza solo en los nudos que quedan en contacto con la tierra. Basta con localizar un trozo ya enraizado, cortarlo y trasplantarlo. Es la forma habitual de conseguir plantas de una hiedra que ya tienes.
La semilla no se usa en jardinería: germina mal, tarda y no reproduce los cultivares.
Plagas y enfermedades
Araña roja (Tetranychus urticae). La plaga número uno de la hiedra, sobre todo en interior y en verano seco. Deja un punteado amarillento muy fino en la hoja y telarañas casi invisibles en el envés y en las axilas. Se combate con humedad: duchar la planta, pulverizar el envés, apartarla del calor seco. Si está instalada, jabón potásico repetido cada siete días o un acaricida específico. Los insecticidas comunes no le afectan, porque es un ácaro.
Cochinillas. Tanto la algodonosa como las de escudo. Aparecen en las axilas y a lo largo de los tallos y segregan melaza sobre la que crece negrilla. En pocas se retiran con alcohol; en muchas, aceite de parafina o jabón potásico.
Pulgón. En primavera, sobre los brotes tiernos. Rara vez es grave en hiedra establecida.
Mancha bacteriana (Xanthomonas hortorum pv. hederae). Manchas circulares oscuras con halo amarillento y aspecto aceitoso, favorecidas por el riego por aspersión y el follaje mojado. No hay tratamiento curativo doméstico: retira las hojas afectadas, riega al pie y no mojes la parte aérea.
Antracnosis (Colletotrichum trichellum). Manchas pardas con el borde más oscuro. Mismo manejo, y en casos serios un fungicida a base de cobre en otoño.
Podredumbre de raíz. Hojas que amarillean y caen sin causa aparente en una planta bien regada. Casi siempre significa exceso de agua o falta de drenaje.
Resistencia al frío
Depende mucho de la especie, y conviene tenerlo claro antes de comprar. Hedera helix y Hedera hibernica son extraordinariamente rústicas: soportan -18 o -20 °C sin daño y viven sin problemas en Burgos, León o el Pirineo.
Hedera canariensis y Hedera algeriensis, en cambio, empiezan a sufrir hacia los -5 o -7 °C y se queman con las heladas fuertes. Son plantas para el litoral mediterráneo, el suroeste y las islas. En el interior peninsular, plantar una hiedra canaria en una fachada expuesta es apostar a que no venga un invierno duro.
El calor tampoco es indiferente: por encima de los 35 °C mantenidos y con el suelo seco, la hiedra se para y pierde hoja. En verano manchego o extremeño, sombra y acolchado en la base cambian mucho el resultado.
Para qué sirve en el jardín
Como tapizante es difícil de superar bajo arbolado denso, donde el césped no cuaja y pocas cosas crecen. Cubre, elimina la necesidad de escardar y no pide riego una vez asentada.
Para sujetar taludes funciona muy bien: su red de tallos y raíces superficiales retiene el suelo y frena la erosión en pendientes difíciles de mantener.
Como pantalla vegetal sobre una valla metálica o un muro feo, resuelve en dos o tres años lo que otras trepadoras tardan más en tapar, y además es perenne, así que funciona también en invierno.
En maceta e interior, colgando de una estantería o guiada sobre un aro, es una de las plantas de casa más resistentes siempre que tenga luz y humedad. Un apunte sobre esto: la idea de que unas cuantas macetas de hiedra «purifican el aire» de una habitación viene de un experimento de la NASA de finales de los ochenta hecho en cámaras selladas de laboratorio. Extrapolado a una casa real con ventilación, el efecto es despreciable; harían falta cientos de plantas por estancia. Ten hiedra porque es bonita y aguanta, no como filtro de aire.
Y una advertencia doméstica: hojas y bayas son tóxicas por ingestión. No es una planta para tener al alcance de niños pequeños ni de perros que muerdan todo lo que encuentran.
En resumen
La hiedra es una planta de sombra, y en el clima español ese es su sitio: fachadas al norte, bajo arbolado, taludes umbríos. Suelo fresco y drenado, riegos generosos el primer año y muy espaciados después. Abonado mínimo en el jardín y regular en maceta durante la temporada de crecimiento. Poda a final de invierno, siempre con guantes, vigilando canalones, tejas y marcos de ventana, que es donde de verdad puede causar daño. Elige Hedera helix o hibernica si tienes inviernos fríos y deja las canarias y argelinas para la costa. En interior, la araña roja es el enemigo, y se combate con humedad ambiental, no con más agua en la maceta. Y si la tienes sobre un árbol sano y adulto, no tienes por qué arrancarla: no lo parasita, y en octubre alimenta a media docena de especies de insectos que ya no encuentran nada más en flor.