El nombre es doblemente engañoso, y aclararlo es lo primero que hay que hacer: ni es un jazmín ni procede de Chile. Lo que en España se vende como jazmín chileno pertenece al género Mandevilla, de la familia de las apocináceas, y su origen está en Brasil, Bolivia y Argentina. Con los jazmines de verdad (Jasminum, familia oleáceas) no tiene ningún parentesco, y eso explica que sus cuidados sean bastante distintos de los que se le suponen.
Dos plantas muy diferentes bajo el mismo nombre
La confusión práctica más importante, y la que arruina más ejemplares cada invierno, es que bajo esta etiqueta conviven dos grupos con resistencias al frío incompatibles.
Mandevilla laxa (sinónimo M. suaveolens) es la que merece propiamente el nombre de jazmín de Chile. Trepadora vigorosa de hoja caduca o semicaduca, con flores blancas, en forma de trompeta y con un perfume intenso muy parecido al del jazmín común, que es de donde le viene el apodo. Florece de junio a septiembre y es la única del género con cierta rusticidad: soporta heladas de hasta -5 ºC o -7 ºC en la parte aérea, y aunque se le queme, la cepa suele rebrotar desde la base en primavera si el suelo drena bien. Se puede cultivar en el jardín en todo el litoral mediterráneo y atlántico y en Andalucía.
Mandevilla sanderi y los híbridos hortícolas que todavía muchos viveros etiquetan como dipladenia son otra cosa. Son las plantas compactas de flores rosas, rojas o blancas sin perfume, hoja perenne, brillante y coriácea, que se venden por millares en primavera para balcones. No toleran nada de frío: por debajo de 7-10 ºC se detienen y con la primera helada se pierden. Son, en la práctica, plantas de temporada o de maceta que hay que resguardar.
También circula Mandevilla boliviensis, de flor blanca pequeña con la garganta amarilla, y Mandevilla × amabilis 'Alice du Pont', de flores rosas grandes. Ambas, en cuanto a frío, se comportan como la sanderi.
Antes de comprar, mira la flor: si huele, es laxa; si no huele, es tierna. Es un atajo poco elegante pero funciona casi siempre.
Cómo trepa
La Mandevilla es una trepadora voluble: enrolla el propio tallo alrededor de lo que encuentra. No tiene zarcillos ni ventosas ni raíces adherentes, así que no sube por un muro liso por sí sola. Necesita alambres, celosía, cañas o una malla donde agarrarse, y en las primeras semanas conviene guiar los brotes a mano hasta que cojan la dirección.
Las variedades modernas de sanderi vienen seleccionadas para ser compactas y semicolgantes, con lo que funcionan muy bien en jardinera de balcón o cesta colgante sin ningún soporte. La M. laxa, en cambio, es una trepadora seria que puede pasar de los cuatro o cinco metros en pocos años.
Ubicación y luz
Quiere mucha luz pero no necesariamente sol abrasador. La situación óptima en España es sol directo de mañana y sombra ligera durante las horas centrales del verano, sobre todo del Sistema Central hacia el sur. A pleno sol de julio en Sevilla o Murcia las hojas se broncean y las flores duran mucho menos; en sombra franca, la planta se estira y deja de florecer.
Es sensible al viento seco, que le deshidrata las hojas y le rompe los tallos jóvenes, así que agradece la protección de una pared o un seto. Si la cultivas dentro de casa, tiene que ser junto a la ventana más luminosa disponible y lejos del radiador; en interiores oscuros no aguanta más de una temporada.
Sustrato y trasplante
Necesita un medio suelto, aireado y de reacción ligeramente ácida, en torno a pH 6-6,5. Una mezcla que funciona bien es 60% de sustrato universal de calidad, 20% de fibra de coco o turba y 20% de perlita, con una capa de grava o arlita en el fondo del tiesto. Lo que no tolera es un sustrato compacto que retenga agua, porque su raíz carnosa se pudre con facilidad.
En suelo, si tu terreno es arcilloso o calizo, plántala en un hoyo generoso enmendado con compost y arena gruesa, y elevada respecto al nivel del terreno para que el agua no se acumule en el cuello. En suelos muy calizos tenderá a la clorosis férrica —hojas amarillas con nervios verdes— y necesitará quelato de hierro cada primavera.
El momento de plantar o trasplantar es la primavera, entre marzo y mayo, con la planta ya en marcha y sin riesgo de heladas. En maceta, cámbiala cada dos años subiendo un solo tamaño; como muchas trepadoras de flor, un tiesto algo justo estimula la floración y uno enorme la retrasa.
Riego
Es el punto donde más se falla. La Mandevilla tiene raíces tuberosas que almacenan agua, de modo que tolera bastante mejor una sequía puntual que un exceso continuado.
En verano, en maceta y al exterior, tocará regar cada dos o tres días, siempre comprobando antes que los primeros tres centímetros de sustrato están secos. En primavera y otoño, una o dos veces por semana. En invierno, si la planta está resguardada y parada, una vez cada dos o tres semanas es suficiente: el objetivo es solo que el cepellón no se deshidrate del todo.
Riega siempre vaciando el plato después. Y si el agua de tu zona es muy dura, alterna con agua de lluvia; el exceso de cal acaba pasando factura.
Abonado
Florece de forma continua desde mayo hasta octubre y eso consume nutrientes a un ritmo alto. Aporta un fertilizante líquido para plantas de flor, rico en potasio, cada quince días desde abril hasta septiembre, respetando siempre la dosis del envase o quedándote algo por debajo.
Como en tantas otras, un abono demasiado nitrogenado produce una planta frondosa y sin flores. Y de octubre a marzo no se abona: la planta no está creciendo y las sales acumuladas solo dañan la raíz.
Poda
Buena noticia: la Mandevilla florece sobre los brotes del año, así que podarla no cuesta flores, sino todo lo contrario.
La poda principal se hace a finales de invierno o principios de primavera, entre febrero y marzo, antes de que arranque. En ejemplares de maceta se recortan todos los tallos dejando entre 20 y 30 centímetros, o se reducen a un tercio de su longitud; en una M. laxa plantada en el jardín se retira la madera seca y se acortan las guías laterales a dos o tres yemas, manteniendo la estructura principal.
Durante la temporada, pinza las puntas de los brotes jóvenes: cada pinzamiento provoca dos ramificaciones nuevas, y como cada rama nueva trae flores, el resultado es una planta más densa y mucho más florida. Retira también las flores marchitas.
Advertencia importante: al cortarla suelta un látex blanco lechoso, irritante y tóxico por ingestión, común a toda la familia de las apocináceas. Poda con guantes, no te lleves las manos a los ojos y mantén los restos lejos de niños y mascotas.
Multiplicación
Se hace por esqueje de tallo, y funciona bien si se respetan dos condiciones: calor de fondo y humedad ambiental alta.
Toma en mayo o junio esquejes de 10 a 12 centímetros de brotes del año semimaduros, con dos o tres pares de hojas. Corta justo por debajo de un nudo, elimina las hojas inferiores y deja que el corte deje de exudar látex sumergiéndolo un momento en agua templada. Aplica hormona de enraizamiento y planta en una mezcla de turba y perlita al 50%.
A partir de ahí, mantén el sustrato húmedo pero no encharcado, con el conjunto tapado por un plástico o una botella cortada, en sombra luminosa y con la temperatura entre 22 y 25 ºC. Enraizan en cuatro a ocho semanas. Con temperaturas por debajo de 20 ºC el porcentaje de éxito cae mucho.
Plagas y enfermedades
Su carácter tropical y sus hojas tiernas la hacen especialmente atractiva para tres plagas.
La araña roja (Tetranychus urticae) es la peor, y aparece siempre en ambientes cálidos y secos: interior con calefacción, terrazas orientadas al sur, veranos secos. Se detecta por el punteado amarillo en el haz y una telaraña muy fina en el envés y las axilas. Se combate elevando la humedad ambiental, lavando el envés con agua y aplicando jabón potásico o un acaricida específico, siempre en horas frescas.
La mosca blanca se instala en el envés y provoca melaza y negrilla. Las trampas cromáticas amarillas ayudan a detectarla pronto; después, jabón potásico repetido cada cinco o siete días.
Las cochinillas, algodonosa y de caparazón, se refugian en las axilas y en el envés de los nervios. En ejemplares pequeños se limpian a mano con un algodón y alcohol; en grandes, con aceite de parafina o jabón potásico.
De enfermedades, lo único frecuente es la podredumbre de raíz y cuello por exceso de riego o mal drenaje, que se manifiesta como un amarilleo general y un marchitamiento súbito que muchos confunden con sed —y riegan más, rematando la planta—. No tiene tratamiento eficaz una vez avanzada: se previene con sustrato drenante y con el plato siempre vacío.
Cómo pasar el invierno
Este es el capítulo decisivo en la mayor parte de España, y depende de cuál tengas.
M. laxa en el jardín, en zonas de heladas leves: acolcha el pie con 10 centímetros de corteza o paja y déjala. Perderá la hoja y probablemente parte de los tallos, y rebrotará en abril.
M. sanderi y dipladenias en maceta: entra la planta antes de que las mínimas bajen de 10 ºC. El sitio ideal no es el salón, sino un local fresco y luminoso a 10-15 ºC —galería, invernadero frío, habitación sin calefacción—, donde pasará el invierno en reposo con riego mínimo y sin abono. En un salón caldeado sufrirá araña roja casi con seguridad; si no tienes otra opción, colócala lejos del radiador y pulveriza las hojas con frecuencia. Revísala a fondo antes de meterla dentro, porque cualquier plaga que entre contigo se multiplicará sin freno.
La saques cuando la saques en primavera, hazlo de forma gradual, aclimatándola durante una semana en semisombra antes de devolverla al sol pleno, o las hojas se quemarán.
En resumen
El llamado jazmín chileno es una Mandevilla, no un Jasminum, y lo primero es saber si tienes la M. laxa perfumada y semirrústica o una dipladenia de flor grande y sin aroma, sensible al frío. De esa distinción depende si vive fuera todo el año o si tienes que entrarla en octubre.
En lo demás, sus exigencias son consistentes: mucha luz sin sol abrasador, sustrato ácido y muy drenante, riego generoso en verano pero dejando secar la superficie, abono rico en potasio cada quince días de abril a septiembre, poda corta a finales de invierno y pinzamientos durante la temporada. Su punto débil, siempre, es el exceso de agua sobre una raíz carnosa: es lo que mata a casi todas las que se pierden.