Compras en el vivero una maceta etiquetada como Hedera helix, la plantas a pie de muro para tapar una medianera o cubrir un talud y lo que en realidad has metido en el jardín es Hedera hibernica. La confusión viene de lejos y no es grave desde el punto de vista del jardinero, pero conviene saberlo: la hiedra del Atlántico crece más deprisa, hace la hoja más grande y aguanta peor el sol abrasador de interior peninsular que la hiedra común. Si sabes cuál tienes entre manos, aciertas mucho mejor con la ubicación.

Pared cubierta por las hojas verdes de la hiedra

Qué es exactamente la hiedra del Atlántico

Hedera hibernica pertenece a la familia de las araliáceas y es originaria de la fachada atlántica europea: Irlanda, el oeste de Gran Bretaña, la costa francesa atlántica y toda la cornisa cantábrica y el noroeste ibérico, incluida buena parte de Portugal. Es decir, es una planta nativa de España, no una exótica. En Galicia y Asturias la ves cubriendo taludes, muros de piedra y troncos de carballo sin que nadie la haya plantado.

Durante mucho tiempo se consideró una subespecie de Hedera helix y todavía la encontrarás citada como Hedera helix subsp. hibernica. La diferencia real es genética: H. hibernica es tetraploide (2n = 96) mientras que H. helix es diploide (2n = 48). Ese juego cromosómico de más se traduce en lo que ve el jardinero: hoja más grande, porte más vigoroso y crecimiento anual notablemente mayor.

Para distinguirlas sin microscopio hay un truco de campo bastante fiable. Mira el envés de una hoja joven a contraluz o con una lupa de bolsillo. Ambas especies tienen pelos en forma de escama estrellada, pero en H. hibernica los radios de esa escama están tumbados y paralelos a la superficie de la hoja, mientras que en H. helix se levantan en todas direcciones. Además, la hiedra del Atlántico suele tener las nerviaciones menos marcadas en blanco y un verde más mate y oscuro, mientras que la hiedra común presenta ese venado claro tan característico.

Las dos vidas de una hiedra

Este es el punto que más desconcierta a quien la cultiva por primera vez, y merece un apartado propio. Las hiedras tienen dos fases vegetativas completamente distintas.

En la fase juvenil, que es la que compras en el vivero, los tallos son flexibles, emiten raicillas adventicias por el lado que toca el soporte, las hojas son lobuladas (tres a cinco lóbulos) y la planta trepa o se arrastra. En esta fase no florece nunca, por muchos años que pasen.

Cuando un tallo alcanza el extremo superior del soporte y ya no tiene por dónde seguir, recibe luz plena y madura, pasa a la fase adulta o arborescente. Los tallos se vuelven rígidos, dejan de emitir raíces adventicias, las hojas pierden los lóbulos y se vuelven ovadas enteras, y entonces sí aparecen las flores: umbelas verde-amarillentas que se abren en otoño, entre septiembre y noviembre. Los frutos, bayas negras, maduran a lo largo del invierno y están listos en febrero o marzo.

Esa floración tardía tiene un valor ecológico enorme y poco apreciado. Cuando ya no queda casi nada florecido, la hiedra alimenta a abejas, sírfidos y avispas; y sus frutos son de los pocos disponibles al final del invierno para mirlos, currucas y zorzales. Si tienes sitio, dejar que un ejemplar llegue a fase adulta es una de las cosas más útiles que puedes hacer por la fauna de tu jardín.

Consecuencia práctica: si tomas esquejes de un tallo adulto, obtendrás una planta que no trepa, sino que forma un arbusto compacto y redondeado que florece todos los años. Es así como se producen las llamadas «hiedras arbustivas». Si quieres una trepadora, esqueja siempre de tallo juvenil.

Plantación: dónde ponerla y dónde no

Exposición. Es planta de sombra y media sombra. Tolera el sol directo en el norte y en la costa, pero en Madrid, Zaragoza, Sevilla o Murcia una pared a poniente le quemará las hojas en julio y agosto. La cara norte de un edificio, el pie de un muro orientado a este o la sombra de un árbol caducifolio son sus sitios naturales. La hiedra del Atlántico es menos tolerante al sol seco que la hiedra común, así que en clima continental cálido conviene sombrearla.

Suelo. Prefiere suelos frescos, profundos, con materia orgánica y ligeramente básicos o neutros; se adapta bien a suelos calizos. Lo que no soporta es el encharcamiento prolongado, que le abre la puerta a Phytophthora. Si tu suelo es arcilloso y compacto, abre un hoyo generoso y mézclalo con compost y algo de arena gruesa.

Época. Planta en otoño, de octubre a noviembre, para que enraíce con las lluvias antes del verano. En zonas de invierno duro, principios de primavera también sirve. Separa los pies unos 50-70 cm si buscas cubrir un muro deprisa, y a 40 cm si la usas como tapizante.

Riego. El primer año hay que regar en serio: una vez por semana en verano, a fondo. A partir del segundo o tercer año, una hiedra establecida en el norte no necesita riego; en el centro y sur peninsular, un par de riegos profundos al mes durante el verano la mantienen con buen aspecto.

Rusticidad. Aguanta sin problema hasta unos -15 °C. En España no vas a tener problemas de frío en ningún sitio donde quieras plantarla.

Poda y mantenimiento

La hiedra se poda a finales de invierno, en febrero o principios de marzo, antes de que arranque el crecimiento. Es el momento en que puedes ser drástico: tolera un rebaje severo y rebrota desde madera vieja sin rechistar. Si en tu zona ya han cuajado los frutos y quieres dejarlos para los pájaros, retrasa la poda a marzo.

Lo importante no es podarla mucho, sino podarla con constancia. Una hiedra vigilada una vez al año es un elemento decorativo; una hiedra abandonada cinco años es un problema de escalera y motosierra. Los puntos críticos:

No la dejes entrar bajo tejas, en canalones, ni por las juntas de las carpinterías. No la dejes subir por árboles jóvenes o de copa poco densa. Recorta la banda inferior del muro cada primavera para mantener una línea limpia y evitar que salte a la acera o al seto vecino.

Cuando la uses como tapizante, un pase de desbrozadora o de cortasetos a 15-20 cm de altura al final del invierno la rejuvenece y evita que se acolchone sobre sí misma.

¿Estropea las paredes? La respuesta honesta

Es la creencia más extendida sobre esta planta y merece matizarse, porque ni el «destroza cualquier fachada» ni el «no pasa nada nunca» son ciertos.

La hiedra no es un parásito y no perfora la piedra ni el hormigón: sus raicillas adventicias son órganos de anclaje que segregan una sustancia adhesiva y se agarran a la superficie. Sobre un paramento sano —hormigón, ladrillo bien rejuntado, revoco de cemento en buen estado, mampostería con mortero firme— la hiedra no causa daño estructural. De hecho, la capa de hojas actúa como manto aislante: amortigua la oscilación térmica del muro, reduce el impacto directo de la lluvia y baja la temperatura de la fachada en verano varios grados.

El problema aparece cuando el muro ya está deteriorado. Si hay grietas, mortero de cal disgregado, revoco hueco o juntas abiertas, las raicillas se meten dentro, engordan y hacen palanca. Ahí sí acelera la ruina. Por eso en edificios históricos con fábrica de mortero de cal la recomendación general es no dejarla, y en un muro moderno en buen estado no hay motivo para prohibirla.

Dos advertencias más: nunca la dejes sobre madera pintada, porque levanta la pintura y retiene humedad contra la tabla, y ten en cuenta que arrancar una hiedra vieja deja siempre una huella de raicillas secas adheridas que hay que cepillar y, casi siempre, repintar.

Usos en el jardín

Cubrir medianeras y muros feos. Es su uso estrella. Se agarra sola, sin necesidad de alambre ni celosía, y en tres o cuatro años tapa una pared de dos plantas.

Tapizante bajo arbolado. Aquí es casi insustituible. Bajo un pino, una encina o un cedro, donde la sombra seca y las acículas impiden que prospere el césped, la hiedra forma una alfombra densa y estable. Además sujeta el suelo: es un excelente fijador de taludes y de desmontes de carretera.

Pantalla vegetal rápida. Sobre una malla de simple torsión o una celosía metálica crea una pantalla opaca y perenne, útil para ganar intimidad sin recurrir a obra.

Interior y macetas. En maceta, colgante o guiada sobre un tutor, funciona bien en interior luminoso sin sol directo, aunque en pisos con calefacción sufre con el aire seco y suele acabar con araña roja. Es más fácil de mantener en un rellano fresco, un patio de luces o un balcón resguardado que en el salón.

Hiedra enredada en la rueda de una bicicleta apoyada en un muro

Multiplicación

Es de las trepadoras más fáciles de reproducir. Toma esquejes de tallo juvenil de 10-15 cm a finales de primavera o en verano, con dos o tres nudos, quita las hojas inferiores y entiérralos en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Enraízan en tres o cuatro semanas y ni siquiera necesitan hormonas, aunque acelera el proceso. Un tallo cortado y puesto en un vaso de agua también echa raíces, pero esas raíces son frágiles y la planta sufre bastante al pasarla a sustrato.

El método más cómodo es el acodo: los tallos que se arrastran por el suelo enraízan solos en los nudos. Basta con localizar un tramo ya enraizado, cortarlo por delante y por detrás y trasplantarlo con su cepellón.

Plagas y enfermedades

Araña roja (Tetranychus urticae). El problema número uno en interior y en exteriores muy secos y cálidos. Se detecta por un punteado amarillento fino en el haz y telaraña en el envés. La causa siempre es la misma: aire seco. Aumentar la humedad ambiental y lavar el envés con agua a presión resuelve la mayoría de casos leves; en ataques serios, aceite de neem o un acaricida específico.

Cochinillas. Tanto la algodonosa (Planococcus citri) como las de escudo (Saissetia, Aspidiotus) se instalan en los pecíolos y en el envés, sobre todo en plantas en sombra densa y poco ventiladas. En ejemplares pequeños se limpian con un bastoncillo mojado en alcohol; en superficies grandes, aceite de parafina aplicado al final del invierno.

Pulgón. Ataca los brotes tiernos de primavera. Rara vez es grave y suele controlarse solo con la llegada de las mariquitas.

Manchas foliares. Hay dos habituales y conviene distinguirlas. La antracnosis (Colletotrichum trichellum) produce manchas pardas de borde oscuro con puntitos negros dentro. La bacteriosis (Xanthomonas hortorum pv. hederae) da manchas de aspecto aceitoso, primero translúcidas y después negras, con halo amarillo, y puede llegar a agrietar los tallos. La primera se trata con fungicida cúprico; contra la segunda no hay tratamiento curativo eficaz y hay que retirar y destruir la parte afectada. Ambas se disparan con el follaje mojado y poca ventilación, así que la regla es regar al pie y nunca por aspersión.

Podredumbre de raíz (Phytophthora). Se ve como un decaimiento general con hojas mustias pese a estar el suelo húmedo. Es consecuencia directa de un suelo encharcado y no tiene solución práctica una vez avanzada: se previene con drenaje.

Toxicidad: lo que hay que saber

Todas las partes de la planta contienen saponinas y son tóxicas por ingestión; las bayas, especialmente, provocan vómitos y trastornos digestivos en niños y mascotas. No es una planta que deba plantarse al alcance de niños pequeños que se lleven cosas a la boca.

Además, la savia contiene falcarinol, un compuesto que provoca dermatitis de contacto en personas sensibilizadas. Si vas a podar una superficie grande, hazlo con guantes y manga larga: es una reacción bastante frecuente entre jardineros profesionales y aparece tras exposiciones repetidas, no necesariamente la primera vez.

En resumen

Hedera hibernica es la hiedra de porte grande y hoja ancha nativa del noroeste ibérico, y probablemente la que ya tienes si compraste «hiedra» en un vivero español. Plántala en sombra o media sombra, en suelo fresco y bien drenado, riégala el primer año y luego olvídate salvo por una poda anual a finales de invierno.

No es enemiga de las fachadas sanas, pero sí agrava el deterioro de las que ya están mal, así que revisa el estado del muro antes de dejarla subir y no la pongas nunca sobre madera pintada. Como tapizante bajo arbolado y como fijadora de taludes tiene pocos rivales, y si la dejas alcanzar su fase adulta le regalas a los polinizadores una floración de otoño y a los pájaros unos frutos de febrero que casi ninguna otra planta del jardín les puede dar.


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