La Lonicera etrusca es una de las pocas trepadoras verdaderamente mediterráneas que se pueden plantar en un jardín español sin pedirle al clima que sea otro. Crece de forma espontánea en buena parte de la Península, aguanta el verano seco, florece con abundancia en junio y huele bien al atardecer. Y aun así, en la mayoría de los viveros te ofrecerán antes una madreselva japonesa o un jazmín estrellado.

Este artículo explica cómo es esta madreselva autóctona, dónde encaja en el jardín y qué cuidados necesita de verdad, que son menos de los que la gente supone.

Qué es la Lonicera etrusca

Conocida como madreselva etrusca o simplemente madreselva, Lonicera etrusca pertenece a la familia de las caprifoliáceas. Es una trepadora leñosa de origen mediterráneo, distribuida por el sur de Europa, el norte de África y Asia Menor. En España aparece en matorrales, encinares aclarados, setos, bordes de camino y roquedos, desde el nivel del mar hasta unos 1.400 metros, sobre todo en la mitad este y sur.

Es una planta silvestre de aquí, y eso condiciona todo su comportamiento: está adaptada al verano seco, a los suelos pobres y calizos, y a inviernos que pueden ser fríos.

Características principales

  • Porte: trepadora voluble de tallos flexibles que se enrollan sobre lo que encuentran. Alcanza de 3 a 5 metros, ocasionalmente algo más. Sin soporte se comporta como arbusto sarmentoso y desordenado, útil como tapizante en taludes.
  • Tallos: jóvenes de color verde a rojizo, glabros o con pelos escasos; con los años se vuelven leñosos y con corteza que se exfolia en tiras.
  • Hojas: opuestas, ovales o elípticas, de 3 a 8 cm, de color verde azulado o glauco, sobre todo por el envés. Un detalle diagnóstico: los pares de hojas situados justo debajo de la inflorescencia están soldados por su base, formando un disco perforado por el tallo. Es lo que los botánicos llaman hojas connatas y es la clave para identificarla.
  • Comportamiento foliar: semiperenne. En la costa mediterránea y el sur conserva la hoja todo el invierno; en el interior con heladas la pierde parcial o totalmente.
  • Flores: agrupadas en cabezuelas terminales, tubulares y bilabiadas, de 3 a 4 cm de largo. Nacen de color crema o blanco amarillento y viran a amarillo dorado, a veces con tintes rojizos o purpúreos en la cara externa. Como las cabezuelas se abren escalonadamente, en una misma mata coinciden flores blancas y amarillas.
  • Aroma: notable y sobre todo nocturno. La flor tubular y el perfume vespertino no son casualidad: está adaptada a la polinización por esfíngidos, esas polillas grandes que vuelan en cernido al anochecer.
  • Época de floración: de mayo a julio, con el pico en junio en la mayor parte de España. En el litoral sur puede adelantarse a abril.
  • Frutos: bayas globosas de unos 6-8 mm, agrupadas, que maduran de un rojo intenso a brillante entre finales de verano y otoño. Son muy decorativas y las comen los pájaros.
Detalle de la flor de la madreselva etrusca

Un aviso sobre los frutos

Las bayas rojas de Lonicera etrusca, como las de la mayoría de las madreselvas ornamentales, no son comestibles para las personas. Contienen saponinas y otros compuestos que provocan trastornos digestivos, vómitos y diarrea si se ingieren en cantidad. No es una planta letal ni justifica el pánico, pero es un dato que conviene tener presente si hay niños pequeños en casa, porque el color rojo brillante resulta muy llamativo.

Que los pájaros se las coman sin problema no significa nada: su fisiología digestiva es distinta y son precisamente ellos los encargados de dispersar la semilla.

Cómo distinguirla de otras madreselvas

En España conviven varias especies y suele haber confusión:

  • Lonicera implexa: la más parecida y con la que más se confunde. También mediterránea y con hojas connatas, pero es de hoja claramente perenne, más coriácea, y sus inflorescencias son sésiles, sin pedúnculo. La de etrusca va sobre un pedúnculo evidente.
  • Lonicera periclymenum: la madreselva atlántica, propia del norte peninsular y de ambientes más húmedos. Sus hojas superiores no están soldadas.
  • Lonicera japonica: la madreselva japonesa, muy vendida por su vigor y su perfume. Hojas nunca connatas, flores en pares axilares y crecimiento tan agresivo que en algunas zonas se comporta como invasora. Si buscas una alternativa responsable a la japonesa, etrusca es exactamente eso.
  • Lonicera nitida o pileata: arbustos de hoja pequeña que se usan para setos bajos, no trepan.

Usos más frecuentes en el jardín

Es una planta versátil, y en climas secos rinde bastante más que las trepadoras de moda:

  • Cubrir vallas, celosías y muros. No se agarra sola: necesita alambres, malla o un enrejado sobre el que enrollarse. Sobre un muro liso no sube.
  • Pérgolas y arcos. Aquí luce especialmente porque las cabezuelas cuelgan a la altura de la vista y el perfume se concentra bajo la estructura al anochecer.
  • Setos informales y ocultación. Guiada sobre una malla de simple torsión, la tapa por completo en dos o tres temporadas.
  • Cubresuelos en taludes. Dejada libre, se extiende y sujeta el terreno, lo que resulta muy útil en pendientes secas donde otras plantas fracasan.
  • Jardín de bajo consumo hídrico. Es de las pocas trepadoras con flor que resiste bien un riego escaso una vez establecida, lo que la hace idónea para jardinería mediterránea o xerojardinería moderada.
  • Jardín para fauna. Atrae polillas nocturnas, abejas y abejorros, y sus frutos alimentan a currucas, mirlos y otras aves en otoño. Si te interesa un jardín vivo, esta planta trabaja para ti.
  • Maceta grande. Viable en contenedor de 40 litros o más, con soporte y algo más de riego. No es su mejor destino, pero funciona en terrazas.
Lonicera etrusca usada como planta trepadora en jardines

Cuidados de la Lonicera etrusca

Ubicación y exposición

Prefiere pleno sol o sol con algo de sombra en las horas centrales. Cuanta más luz reciba, más densa será la floración; a la sombra vegeta, se ahíla y florece poco.

Hay un matiz que marca la diferencia y que copia lo que hace en la naturaleza: le gusta tener el pie a la sombra y la cabeza al sol. En su hábitat crece con la base protegida entre piedras o al amparo de un arbusto, mientras los tallos suben buscando la luz. En el jardín se reproduce plantando alguna mata baja delante o cubriendo la base con un acolchado de corteza o grava. Reduce el estrés hídrico estival de forma notable.

Clima y resistencia

Es bastante rústica. Soporta heladas de -10 a -12 °C sin daños serios, lo que la hace apta para prácticamente toda la España peninsular, incluidos el interior y las zonas de montaña media. En los inviernos duros pierde la hoja y rebrota sin problema en primavera.

Por el otro extremo, aguanta bien los veranos calurosos y secos del interior y del sur, siempre que tenga la raíz establecida y algo de sombra en la base. También tolera la brisa marina moderada, así que sirve en jardines de costa.

Suelo

Poco exigente, y ese es uno de sus grandes atractivos. Vive en suelos pobres, pedregosos y calizos, que es donde muchas trepadoras ornamentales se cloroticen. Acepta pH desde ligeramente ácido hasta francamente básico.

Lo único innegociable es el drenaje. En terrenos arcillosos que encharcan en invierno acaba pudriendo el cuello. Si tu suelo es pesado, planta sobre un caballón elevado o incorpora grava y compost en el hoyo de plantación.

Plantación

El mejor momento es el otoño, de octubre a noviembre, para que las lluvias de invierno la enraícen antes del primer verano. La segunda opción es a finales del invierno, en febrero o marzo, evitando siempre los meses de calor.

Abre un hoyo del doble de ancho que el cepellón, afloja el fondo, mezcla la tierra con compost si el suelo es muy pobre y planta al mismo nivel al que venía en la maceta, sin enterrar el cuello. Riega abundantemente al plantar y coloca ya el soporte: es mucho más fácil guiarla desde el principio que desenredarla después.

Sepáralas 1,5 a 2 metros entre sí si quieres cubrir una valla larga.

Riego

Aquí se falla por exceso, no por defecto. Durante el primer año necesita riegos regulares para asentar el sistema radicular: una o dos veces por semana en verano, más espaciado el resto del año. A partir del segundo año, una planta establecida en suelo se mantiene con riegos ocasionales, un aporte generoso cada 10 o 15 días en pleno verano en el interior peninsular, y prácticamente nada en la cornisa cantábrica.

Riega abundante y espaciado, no poco y a menudo. Los riegos superficiales frecuentes producen raíces someras que después sufren en cuanto aprieta el calor.

En maceta la cosa cambia: allí sí hay que regar dos o tres veces por semana en verano, porque el volumen de sustrato es limitado.

Abonado

Muy moderado. Es una planta de suelos pobres y el exceso de nitrógeno provoca lo mismo que en cualquier trepadora: un montón de tallo largo y verde con muy poca flor.

Basta con extender una capa de compost o estiércol maduro alrededor del pie a finales del invierno, cada dos años. Si está en maceta, un abono para plantas de flor cada tres semanas de abril a septiembre, a media dosis.

Mantenimiento de la Lonicera etrusca

Poda

La Lonicera etrusca florece sobre madera del año anterior y sobre brotes laterales cortos, de modo que el momento correcto de podar es justo después de la floración, entre finales de julio y agosto. Podar en invierno elimina buena parte de la flor de la temporada siguiente.

Trabajo a realizar en esa poda:

  • Retirar ramas secas, viejas o partidas.
  • Acortar en un tercio los tallos que hayan florecido.
  • Aclarar el interior de la mata. Las madreselvas tienden a formar un nido de tallos entrelazados que con los años se convierte en un colchón de leña muerta, refugio ideal para el pulgón.
  • Guiar y atar los brotes nuevos al soporte, mientras son flexibles.

Cada cinco o seis años conviene una poda de renovación: cortar a ras uno o dos de los tallos principales más viejos para forzar rebrotes desde la base. Se puede hacer al final del invierno asumiendo que ese año habrá menos flor, y la planta gana densidad y vigor. Rebrota con mucha facilidad de la cepa.

Si has heredado un ejemplar convertido en una maraña impenetrable, se puede rebajar drásticamente a 30 o 40 cm del suelo en febrero. Sacrificas la floración de ese año y recuperas una planta manejable.

Acolchado

Una capa de 5 a 8 cm de corteza de pino, paja o restos de poda triturados sobre la base cumple tres funciones a la vez: conserva humedad, mantiene la raíz fresca en verano y frena las malas hierbas. En clima mediterráneo es probablemente la intervención con mejor relación esfuerzo-resultado.

Plagas y enfermedades

Es una planta sana, pero tiene dos problemas recurrentes:

  • Pulgón: es el más habitual con diferencia. Coloniza los brotes tiernos y las inflorescencias en primavera, deformando las puntas y dejando melaza pegajosa sobre la que después crece negrilla. Se controla con jabón potásico aplicado al atardecer, repitiendo cada semana, o simplemente dejando trabajar a las mariquitas si el jardín tiene equilibrio. Evita insecticidas de amplio espectro: matarás también a los polinizadores nocturnos que esta planta atrae.
  • Oídio: manchas blanquecinas pulverulentas sobre las hojas al final del verano, favorecidas por el calor con noches húmedas y la falta de ventilación. La poda de aclareo lo previene mejor que cualquier tratamiento. Si aparece, azufre mojable aplicado con temperaturas por debajo de 30 °C.
  • Araña roja: en veranos muy secos y en ejemplares estresados por falta de agua.

La clorosis, tan común en otras trepadoras plantadas sobre suelo calizo, no suele afectarle.

Multiplicación

Tres vías, ordenadas de más a menos práctica:

  1. Acodo: el método más seguro. En primavera, dobla un tallo bajo hasta el suelo, raspa ligeramente la corteza en la zona de contacto, entiérrala unos centímetros sujeta con una horquilla o una piedra y mantén húmedo. En seis u ocho meses tendrá raíces propias y podrás separarlo.
  2. Esqueje semileñoso: en julio o agosto, trozos de 12-15 cm de brotes del año, sin las hojas inferiores, con hormona de enraizamiento, en mezcla de turba y perlita, en sombra y con humedad ambiental alta. Enraíza en 4 a 8 semanas con un porcentaje decente.
  3. Semilla: posible pero lenta. Extrae las semillas de las bayas maduras en otoño, límpialas de pulpa y siémbralas en bandeja al exterior; el frío del invierno les da la estratificación que necesitan. Germinan de forma irregular en primavera y tardarán tres o cuatro años en florecer.

Errores frecuentes

  • Regarla como si fuese tropical. Es la causa número uno de fracaso. Una madreselva mediterránea establecida y regada a diario acaba con la raíz asfixiada.
  • Plantarla sin soporte esperando que trepe sola. Es voluble, se enrolla; no tiene zarcillos ni raíces adherentes. Sin algo que agarrar, se queda tirada por el suelo.
  • Podar en invierno "para dejarla limpia". Se elimina la flor. La poda va después de florecer.
  • Abonar demasiado. Mucha hoja, poca flor.
  • Ponerla a la sombra. Sobrevive, pero no florece. Y la floración es la razón de plantarla.
  • Confundirla con la madreselva japonesa. Si lo que quieres es una planta contenida y ecológicamente adecuada al territorio, asegúrate de comprar etrusca o implexa, no japonica.

En resumen

La Lonicera etrusca es una trepadora autóctona, rústica y de bajo mantenimiento que florece de mayo a julio con cabezuelas cremas que viran a amarillo, perfuma al anochecer y produce bayas rojas ornamentales en otoño. Alcanza de 3 a 5 metros, resiste hasta unos -10 °C y prospera en suelos pobres y calizos siempre que drenen bien.

Sus requisitos son pocos: sol, soporte donde enrollarse, drenaje, base sombreada o acolchada, riego escaso una vez establecida y una poda anual después de la floración. Sus frutos no son comestibles, conviene recordarlo si hay niños.

Es, en definitiva, la opción sensata para quien quiera cubrir una valla o una pérgola en clima mediterráneo sin depender del riego constante, y una alternativa mucho más responsable que la madreselva japonesa.


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