Conviene deshacer un malentendido antes de nada: el abono no es comida. La planta fabrica su propio alimento con luz, agua y CO₂; el fertilizante solo aporta los minerales que necesita como materia prima. De ahí se deduce lo más importante de todo este asunto: si una planta de interior no tiene luz suficiente, abonarla no la hará crecer, la intoxicará. El abono acompaña al crecimiento, no lo provoca.

Dicho eso, en una maceta sí hace falta. Un ficus en el suelo de un bosque tiene metros cúbicos de tierra viva con hojarasca descomponiéndose encima. El mismo ficus en un tiesto de ocho litros vive en un volumen cerrado de sustrato inerte del que cada riego arrastra nutrientes por el agujero de drenaje. Sin aportes, ese sustrato se agota en pocos meses.

Plantas de interior en macetas junto a una ventana

Qué significan los números del envase

Todo fertilizante lleva tres cifras, el NPK, que son los porcentajes de nitrógeno, fósforo y potasio. Un 7-3-6 tiene un 7 % de nitrógeno, un 3 % de fósforo y un 6 % de potasio.

El nitrógeno construye hoja y tallo: es el que da verde y volumen. El fósforo interviene en la raíz y en la floración. El potasio regula el agua dentro de la planta, endurece los tejidos y mejora la resistencia a plagas y a la sequedad ambiental.

Para plantas de hoja (potos, monsteras, ficus, calatheas, helechos, dracenas) interesa un abono con el nitrógeno alto: 7-3-6, 9-3-6, cualquier fórmula donde la primera cifra domine. Para plantas que se cultivan por la flor (violeta africana, anturio, espatifilo, orquídeas, kalanchoe) conviene equilibrar o subir fósforo y potasio: 4-6-8, 6-6-6 o similares. Los cactus y suculentas quieren nitrógeno bajo, o se ahílan y se vuelven blandos.

Fíjate también en los micronutrientes: hierro, manganeso, zinc, boro, magnesio. Un abono barato que solo lleve NPK acaba provocando carencias en un cultivo de años. Los que indican "con quelatos" o listan micros en la etiqueta compensan de sobra la diferencia de precio.

Cuándo abonar y cuándo no

La regla general en España peninsular: de marzo a octubre. Es el periodo en que el día es largo y la planta crece de verdad. De noviembre a febrero, con menos de nueve o diez horas de luz y la que entra por la ventana muy debilitada, la planta se ralentiza aunque la calefacción mantenga el salón a 22 °C. En esos meses se suspende el abono o se reduce a una aplicación al mes muy diluida.

Hay una excepción que empieza a ser común: si cultivas con lámpara de crecimiento y mantienes doce horas de luz, la planta sigue vegetando y sigue consumiendo. En ese caso el calendario lo marca la luz, no el mes.

Casos en los que no se abona:

Planta recién trasplantada o recién comprada. Los sustratos comerciales llevan fertilizante de arranque para cuatro a ocho semanas. Añadir más es duplicar la dosis. Espera entre uno y dos meses tras el trasplante.

Planta enferma, con plaga o recién mudada de sitio. Una raíz dañada por exceso de riego no absorbe; el abono se queda en el sustrato subiendo la salinidad y agravando el problema. Primero se resuelve la causa, después se abona.

Sustrato seco. Nunca eches fertilizante sobre tierra seca: la disolución concentrada quema los pelos absorbentes. Riega primero con agua sola, espera unos minutos y aplica después el agua con abono. Es el gesto que más raíces salva y el que más se salta la gente.

Cuánto: menos y más a menudo

Los envases indican dosis pensadas para plantas en pleno crecimiento con luz óptima, que casi nunca es la situación de un salón. Un criterio que funciona: la mitad de la dosis recomendada, cada dos semanas durante la temporada de crecimiento. En términos prácticos, muchos líquidos concentrados salen a 1-2 ml por litro de agua; con 0,5-1 ml por litro vas sobrado.

Otra fórmula muy usada por cultivadores de plantas de hoja es abonar en cada riego a un cuarto de dosis, unos 0,3-0,5 ml/l. Da un aporte constante y bajo, sin picos, y se adapta solo al ritmo de la planta: si riegas más porque hace calor y crece, abonas más.

Pasarse tiene consecuencias peores que quedarse corto. Una planta subalimentada crece despacio y palidece, y se recupera en dos semanas en cuanto la abonas. Una planta con exceso de sales tiene la raíz quemada, y eso cuesta meses.

Tipos de abono y cuál elegir

Líquido. Es el más recomendable para interior. Se disuelve en el agua de riego, la absorción es inmediata y controlas la dosis exacta cada vez. Si solo vas a tener un producto en casa, que sea este.

Granulado de liberación lenta. Bolitas recubiertas que van soltando nutrientes durante tres a seis meses. Cómodo si viajas o tienes muchas macetas. Inconveniente: liberan según la temperatura y la humedad, así que en verano con calefacción residual o cerca de un radiador pueden descargar de golpe.

Barritas y pastillas clavadas en el sustrato. Son las más cómodas y las peores. Concentran todo el fertilizante en un punto, de modo que las raíces que tocan la barrita se queman y el resto del cepellón no recibe nada. Si las usas, clava dos o tres repartidas por el borde, nunca una junto al tallo.

Orgánicos. El humus de lombriz es excelente para interior: se aplica como una capa de uno o dos centímetros sobre el sustrato en primavera, no quema, mejora la estructura y aporta microbiología. También hay líquidos de humus, de algas y de guano. La pega de algunos orgánicos es el olor y, en el caso de los muy húmedos, que favorecen la mosca del sustrato.

Específicos. Merece la pena comprarlos para orquídeas (fórmulas muy diluidas, adaptadas a corteza), para cactus (nitrógeno bajo) y para plantas acidófilas como gardenias, azaleas o camelias, que además necesitan quelato de hierro con el agua dura habitual en buena parte de España.

Los remedios caseros, en su sitio

Circula mucho consejo sobre posos de café, cáscaras de huevo, agua de cocer verduras y pieles de plátano. Ninguno de esos materiales es fertilizante tal cual: son materia orgánica que necesita descomponerse antes de que la planta pueda usar nada. En el compostero funcionan; en una maceta de interior, poco ventilada, lo que hacen es enmohecerse, apelmazar la superficie y criar mosquitas del sustrato.

Las cáscaras de huevo, además, aportan calcio en forma de carbonato que tarda años en solubilizarse y de paso sube el pH, justo lo contrario de lo que quieren la mayor parte de las plantas tropicales de interior. El agua de cocción sin sal sí puede echarse, fría, y aporta algo de potasio, pero no sustituye a nada.

El único aprovechamiento casero realmente eficaz es el té de humus de lombriz o el propio humus sólido, y ahí ya estamos hablando de un producto compostado.

Cómo saber si le falta o le sobra

Síntomas de carencia: crecimiento parado en plena primavera, hojas nuevas más pequeñas que las viejas, color verde pálido general, hojas inferiores que amarillean de forma uniforme y se caen (el nitrógeno es móvil y la planta lo retira de lo viejo para dárselo a lo nuevo). Amarilleo entre nervios con nervios verdes en hojas jóvenes: falta de hierro, típica cuando se riega con agua muy calcárea.

Síntomas de exceso: puntas y bordes de las hojas secos y marrones con un halo amarillo alrededor, costra blanquecina sobre el sustrato y en el borde del tiesto, planta mustia aunque la tierra esté húmeda, hojas nuevas deformes o de color anormalmente oscuro. Las calatheas, marantas, dracenas y espatifilos son las primeras en avisar quemándose las puntas.

Aquí conviene aclarar otro malentendido frecuente: una hoja amarilla no significa casi nunca que falte abono. En interior, la primera causa de amarilleo es el exceso de riego, y la segunda, la falta de luz. Antes de coger la botella de fertilizante, mete el dedo en la tierra.

Lavar el sustrato: el paso que nadie hace

Los abonos son sales. Parte se absorbe, parte se queda acumulándose en el cepellón, sobre todo si riegas poca cantidad cada vez y nunca sale agua por abajo. Con el agua dura del grifo español, la acumulación va todavía más rápida.

Dos o tres veces al año, mejor coincidiendo con el inicio y el final de la temporada de abonado, conviene lixiviar la maceta: llevarla al fregadero o a la ducha y hacer pasar un volumen de agua equivalente a cuatro o cinco veces el de la maceta, despacio, dejándola escurrir por completo después. Arrastra las sales sobrantes y devuelve el sustrato a un punto de partida limpio. Es media hora al año y evita buena parte de los problemas de puntas quemadas.

Y recuerda que ningún abono sustituye al trasplante. Cada dos o tres años el sustrato pierde estructura, se compacta y se queda sin capacidad de retener nutrientes. Renovar la tierra es, en sí mismo, la mejor fertilización.

En resumen

Abonar plantas de interior es sencillo si se respetan unas pocas reglas: hacerlo solo cuando hay luz y crecimiento, de marzo a octubre; usar fertilizante líquido con micronutrientes, rico en nitrógeno para plantas de hoja y más equilibrado para las de flor; aplicar la mitad de la dosis cada quince días o un cuarto en cada riego; no abonar nunca sobre sustrato seco, ni en plantas recién trasplantadas, enfermas o estresadas; desconfiar de barritas y de remedios caseros sin compostar; y lavar el cepellón dos veces al año para arrastrar las sales acumuladas. Ante la duda, quédate corto: una planta con hambre se arregla en dos semanas, una planta con la raíz quemada tarda meses.


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