Cuando alguien busca un arce japonés y descubre que el suyo se le quema cada verano o se le hiela cada invierno, casi siempre acaba llegando al arce de Corea, Acer pseudosieboldianum. Es un arbolito de porte modesto, hoja palmeada muy elegante y un color otoñal que compite de tú a tú con los mejores Acer palmatum, pero con una resistencia al frío que los deja muy atrás.

Conviene aclarar desde el principio dónde está su virtud y dónde su límite, porque es una planta que se recomienda con demasiada ligereza. Aguanta inviernos durísimos, sí, pero no aguanta bien el verano seco y caliente de buena parte de España. Entender esa asimetría es la diferencia entre tener un ejemplar espectacular y perder dinero dos años seguidos.

Acer pseudosieboldianum, el arce de Corea, con su color otoñal

Qué es el arce de Corea

Acer pseudosieboldianum pertenece a la familia Sapindaceae y procede del noreste de Asia: la península de Corea, Manchuria y el extremo oriente ruso. Vive allí en el sotobosque de bosques mixtos de montaña, bajo la cubierta de árboles mayores, en suelos ácidos, profundos y con hojarasca. Ese origen explica casi todo lo que necesita en el jardín.

El nombre específico significa "falso sieboldianum", por su parecido con el arce japonés Acer sieboldianum. Se distinguen sin mucha dificultad por la flor: la del coreano es purpúrea o rojiza, mientras que la del japonés es amarillenta. También se confunde con Acer japonicum, del que se diferencia por tener los lóbulos de la hoja más profundamente divididos.

Descripción

Es un árbol pequeño de 5 a 8 metros, rara vez más, y con frecuencia de tronco múltiple desde la base, lo que le da un aspecto de arbusto arbóreo muy adecuado para jardines reducidos. La copa es redondeada y algo abierta, con ramificación fina y horizontal que dibuja una silueta muy limpia en invierno. Crece despacio: no esperes más de veinte o veinticinco centímetros al año en buenas condiciones.

La hoja es su gran atractivo. Palmeada, de seis a diez centímetros de anchura, con nueve a once lóbulos de borde doblemente aserrado, sostenida por un pecíolo largo y fino. Al brotar aparece cubierta de una pelusa blanquecina que se pierde con el verano. En primavera es de un verde fresco y luminoso, y ahí queda hasta que llega su momento.

Porque lo que justifica plantarlo es el otoño. La hoja pasa por el amarillo y el naranja hasta un escarlata y un carmesí intensos, con frecuencia con varios de esos tonos conviviendo a la vez en el mismo árbol. Es uno de los mejores colores otoñales de todo el género, y en zonas con noches frescas y días soleados de octubre resulta realmente notable.

Las flores son pequeñas, de un rojo purpúreo, agrupadas en corimbos colgantes que salen a la vez que las hojas, en abril o mayo. No son vistosas de lejos, pero de cerca tienen su gracia. De ellas salen las sámaras, esos frutos alados dobles de unos dos centímetros que en verano se tiñen de rojo y decoran el árbol durante semanas antes de secarse.

Dónde puede plantarse en España

Aquí está el asunto de fondo. Su rusticidad al frío es extraordinaria: soporta sin daños temperaturas de treinta grados bajo cero, muy por debajo de lo que tolera un Acer palmatum. Para la montaña, el interior frío y el norte peninsular eso es una ventaja enorme.

Su punto débil es el contrario. Necesita veranos frescos, humedad ambiental y suelo que no se seque. El calor seco de julio y agosto, con noches tropicales y aire reseco, le achicharra el borde de las hojas y le provoca defoliaciones prematuras. Si además el suelo es calizo y el agua de riego dura, la clorosis remata la faena.

Traducido a mapa: prospera bien en Galicia, la cornisa cantábrica, el País Vasco, el Pirineo, la Navarra húmeda y las zonas de montaña del Sistema Central e Ibérico, y en general allí donde crecen bien los rododendros, las hortensias y las camelias. En el interior de la Meseta y en el litoral mediterráneo es un cultivo difícil que exige sombra de tarde, suelo preparado, riego con agua de lluvia y bastante paciencia; en el sur peninsular no merece la pena intentarlo en suelo, y en maceta cuesta mucho pasar el verano.

Un dato útil para quien quiera arriesgarse: existen híbridos con Acer palmatum, seleccionados en Norteamérica precisamente para combinar la rusticidad del coreano con el vigor y la adaptabilidad del japonés. Cultivares como 'North Wind' o 'Northern Glow' son bastante más tolerantes al calor y al estrés que la especie pura, y para muchos jardines españoles son una opción más sensata que el arce de Corea silvestre.

Cultivo y cuidados

Ejemplar de arce de Corea cultivado en un arboreto

Exposición. Media sombra, o sol de mañana con sombra a partir del mediodía. En el norte húmedo tolera el sol pleno; en el resto, ni se plantee. Lo que más daño le hace no es el sol en sí, sino el viento seco y caliente, que deshidrata la hoja fina más rápido de lo que la raíz puede reponer y produce ese quemado marrón del borde del limbo que muchos confunden con una enfermedad. Plántalo al abrigo de un muro, un seto o árboles mayores.

Suelo. Ácido o ligeramente ácido, con un pH entre 5,5 y 6,5, profundo, rico en materia orgánica y bien drenado pero fresco. No tolera la caliza activa: en suelo calizo amarillea entre los nervios y va perdiendo vigor cada año. Si tu terreno es calizo, la única salida realista es el cultivo en maceta grande con sustrato para plantas acidófilas.

Riego. Regular y sin extremos. Ni encharcamiento —que le provoca podredumbre radicular con facilidad— ni sequía, que le hace soltar la hoja en pleno agosto. Riega con agua de lluvia o baja en cal siempre que puedas; el agua dura de red le va acidificando en contra el sustrato temporada tras temporada. Un acolchado de cinco o seis centímetros de corteza de pino, hojarasca o acículas mantiene la humedad, la raíz fresca y el pH bajo, y para esta especie es prácticamente obligatorio.

Abonado. Poco y de liberación lenta. Un abono para plantas acidófilas a la salida del invierno y nada más. El exceso de nitrógeno produce brotes largos, blandos, sensibles al viento y con peor color otoñal.

Poda. La mínima imprescindible: retirar ramas secas, cruzadas o mal orientadas, y poco más. Su porte natural es el mejor argumento del árbol y una poda dura lo estropea. Y un detalle importante: no lo podes a finales de invierno ni al principio de la primavera, porque los arces sangran savia con abundancia por las heridas en esa época. El momento correcto es el final del verano o el otoño, una vez caída la hoja.

Multiplicación

Por semilla es posible pero lento. Las sámaras tienen doble latencia, así que necesitan un periodo cálido y húmedo seguido de una estratificación en frío de tres o cuatro meses a unos 3-5 °C antes de germinar, y aun así la nascencia es irregular y se escalona a lo largo de dos primaveras. Se recogen en otoño, se les retiran las alas y se ponen en arena o vermiculita húmeda en la parte baja de la nevera.

Los cultivares seleccionados no se reproducen fielmente por semilla y se propagan por injerto, habitualmente sobre patrón de Acer palmatum. Al comprar un ejemplar injertado, fíjate en que el punto de injerto esté bien soldado y sin rebrotes del patrón por debajo.

Problemas frecuentes

El más grave es la verticilosis, causada por Verticillium dahliae, un hongo de suelo que obtura los vasos y provoca el marchitamiento repentino de una rama o de todo un lado del árbol, con la madera teñida de verdoso o pardo al corte. No tiene tratamiento curativo. Se previene no plantando arces donde antes hubo cultivos sensibles como tomate, patata, berenjena o algodón, y evitando heridas en las raíces.

Las podredumbres de raíz por exceso de agua o mal drenaje son la segunda causa de muerte. Un arce plantado en un hoyo de arcilla que actúa como bañera está condenado, por muy bien que se riegue.

Entre las plagas, cochinillas y pulgones aparecen de vez en cuando, sin llegar a ser un problema serio. Lo que sí se ve mucho es el quemado del borde de la hoja a partir de julio: casi nunca es un patógeno, sino estrés hídrico y viento seco, y se corrige con acolchado, sombra de tarde y riego más constante.

Cómo usarlo en el jardín

Por tamaño y por forma es un ejemplar aislado de primer orden en jardines pequeños: un solo pie bien colocado en un rincón de media sombra, con el suelo cubierto de helechos, hostas o musgo, resuelve una escena entera. También funciona bien en el borde de un macizo de acidófilas, junto a rododendros, azaleas, camelias y Pieris, con los que comparte exigencias exactas de suelo y riego.

Aguanta razonablemente bien la maceta grande, y esa es la vía práctica en terrazas y en zonas de suelo calizo. Necesita un contenedor amplio, sustrato acidófilo, acolchado y riego con agua blanda, y un trasplante o renovación del sustrato superficial cada tres o cuatro años. En invierno la raíz en maceta es bastante menos resistente que en suelo, aunque con la rusticidad de esta especie el margen sigue siendo cómodo en casi toda España.

Y tiene tradición como bonsái, favorecida por su hoja pequeña, su ramificación fina y ese color otoñal que en una bandeja resulta desproporcionadamente espectacular.

En resumen

El arce de Corea es un árbol pequeño, de crecimiento lento, hoja palmeada de nueve a once lóbulos y un otoño rojo excepcional, que soporta fríos extremos y encaja perfectamente en jardines reducidos y de media sombra.

Su condición es clara: suelo ácido, fresco y bien drenado, agua sin cal, protección del viento seco y sombra en las horas centrales del verano. Donde se dan esas condiciones —el norte húmedo y la montaña— es una planta agradecida y de larga vida. Donde no, conviene ser honesto y optar por un híbrido más tolerante o por otra especie mejor adaptada, antes que empeñarse en un ejemplar que pasará cada agosto al límite.


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